20 años no es nada: Invierno de 1999

20 años no es nada: Invierno de 1999

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Querido primo Teo:

Comenzó en viernes el año 1999, como si el fin de siglo se hubiera conjurado con el fin de semana para dejarnos claro que esto se terminaba, que no daba más de sí. En Europa se acababa de instaurar el euro como moneda única para las operaciones intercomunitarias entre doce estados. Y en Estados Unidos Michael Jordan se retiraba del baloncesto y comenzaba el juicio al que se vio sometido Bill Clinton por aquel tema de la becaria, el puro, la mancha del vestido y aquella cosa tan posmoderna de “el sexo oral no es sexo”, que no dejaba de ser una reinvención del ya clásico “sólo la puntita”. En fin, todo claras señales de un cambio de ciclo que nosotros, por estar directamente imbuidos en ellas, no supimos interpretar. Es muy complicado percibir los síntomas de una época de cambio cuando uno está inmerso en ella. Como cuando uno escribe en Cinéfagos una sección periódica sobre el cine que se estrenaba en España hace veinte años y, apenas unos meses después, se encuentra publicando esos mismos artículos para los lectores de “El Cine de LoQueYoTeDiga”. Un cambio de paradigma importante que uno afronta con la misma ilusión con la que, en su adolescencia, entraba en la sala, cada fin de semana, para descubrir aquel estreno del que tanto se había hablado en Cartelera, Magacine o, y sobre todo, “El Cine de LoQueYoTeDiga”.

Y la primera película que desembarcó en las carteleras españolas en aquel 1999 fue “Very bad things”, una comedia negrísima, intento de golpe directo sobre ese sistema de flotación del sueño americano que se sustenta en la boda entre el quarterback y la jefa de animadoras y la esperanza de una vida en común en una casa con jardín. “Very bad things” era el debut como director de Peter Berg, hasta entonces un joven actor del montón, y, entre otros, estaba protagonizada por John Favreau, por aquel entonces otro joven actor del montón, lejos todavía de convertirse en el tipo que terminaría inaugurando el universo cinematográfico de Marvel dirigiendo “Iron Man”. Pero eran dos estrellas las que más relucían en el cartel de “Very bad things”, una en plena carrera descendente, un Christian Slater al que Hollywood se estaba cansando de dar oportunidades porque ya había descubierto que unas cejas picudas no son necesariamente sinónimo de ser buen actor, y otra que venía pidiendo paso y reclamando a codazos el hueco que se merecía, una Cameron Diaz que venía de encadenar los éxitos de “La boda de mi mejor amigo” y “Algo pasa con Mary” y que en esta película perpetuaba su estatus de mito erótico de los canallitas, porque, la verdad, es difícil lucir más guapa y ser más desvergonzada. “Very bad things” comenzó su carrera comercial con un estreno por todo lo alto en la sección oficial del Festival de San Sebastián. Y la destrozaron, claro. Estrenar “Very bad things” en un festival europeo es un poco como creer que es buena idea organizar una becerrada en un congreso de PACMA. La película no se pudo recuperar de aquello y fue un sonado fracaso internacional. Y es una pena, porque, probablemente, sea la película de aroma tarantiniano más inteligente y divertida de todas aquellas que se estrenaron entre “Pulp fiction” y “Snatch: Cerdos y diamantes”. Y creeme, se estrenaron muchas.

Como también se estrenaron muchas, demasiadas, películas con Robin Williams en los 90. Y “Patch Adams” fue una de las más celebradas. La historia real del doctor que pretendía curar con risas además de medicamentos dio lugar a una vergonzante película en la que los niños con leucemia son empleados por Williams como vulgar atrezzo para sus payasadas pretendidamente graciosas. Nada está bien en “Patch Adams”, ni el concepto ni la ejecución. Todos sabemos que Tom Shadyac no es un tipo precisamente talentoso, y de eso se sirve Robin Williams para llevar a cabo su necrófilo espectáculo, hasta el punto de que, al terminar la película, a uno no le queda claro si Patch Adams pretendía curar a sus pacientes con el don de provocar carcajadas o vergüenza ajena. Así, uno cree que los chavales encontrán alivio pensando que hay algo peor que ser un niño con leucemia, y es ser un médico con nariz de payaso. Todos deseamos morir viendo “Patch Adams”, quizás esa era la sensación que el pediatra quería hacer sentir a sus jóvenes pacientes. Puede que la muerte sea una putada, pero al menos es el final.

“¿Veis este muñeco? Pues es falso, como vuestras esperanzas de curación JUASJUASJUAS…”.

No fueron Williams y Shadyac los únicos acusados de pornografía emocional de entre todos los que estrenaron en España en el invierno de 1999. Roberto Benigni entraría como un ciclón en la cartelera española el 26 de Febrero con su fábula sobre el nazismo. “La vida es bella” se había estrenado en Italia en las Navidades de 1997, pero la progresión de su carrera internacional fue ejemplar. Se presentó en la sección oficial del Festival de Cannes de 1998, donde un jurado que presidía Martin Scorsese le concedió el Gran Premio del Jurado (la Palma de Oro, por unanimidad, además, sería para una propuesta en sus antípodas éticas y estéticas: “La eternidad y un día” de Theo Angelopoulos) y de ahí dio el salto a hacerse todos los “late nights” posibles en plena temporada de premios. Aquello acabaría con uno de los más memorables discursos de agradecimiento de los Oscar (“Me gustaría ser Zeus y haceros el amor a todos vosotros durante toda la eternidad en el Monte Olimpo”). El paso del tiempo ha hecho flaco favor a “La vida es bella” y al prestigio de Benigni, que ha terminado siendo recordado como el “one hit wonder” más cargante desde Steve Urkel o Edu, el niño de Vodafone. En la actualidad no te convalidan el carnet de cinéfilo cínico si no acompañas con un gesto de desdén cualquier mención a “La vida es bella”. Pero el público la sigue amando. Y las nuevas generaciones de espectadores que la descubren vuelven a hacerlo con esos mismos ojos grandes e inocentes que muestra en la película el bueno de Giosué. Puede que “La vida es bella” no sea emocionalmente honesta, pero está cargada de gran cine, y consigue que a cada lágrima le acompañe una sonrisa. Y logró triunfar en territorios donde Jerry Lewis y su “The day the clown cried” no se atrevieron a adentrarse. Y muy pocos profesionales de la comedia pueden presumir de algo parecido.

Aunque si una película de aquella temporada de premios, de casi cualquier temporada de premios, ha terminado siendo odiada, esa ha sido “Shakespeare in love”. Es probable que los Oscar de 1998 fueran aquellos que más en serio se tomó todo el mundo. Los primeros, los hermanos Weinstein, que orquestaron una campaña mastodóntica, como no se había visto antes, que llevó a una película de apenas 25 millones de dólares de presupuesto a arrebatarle el premio gordo a una superproducción de Steven Spielberg, que se había convertido en la segunda película más taquillera de su año, y que además estaba protagonizada por Tom Hanks. Y, en segundo lugar, todos aquellos aficionados que consideraron como un insulto personal que una comedia romántica, ambientada en el mundo del teatro isabelino y con personajes travestidos, terminara arrebatándole el Oscar a aquellos hombretones que se dejaron las tripas y salpicaban sangre directamente a cámara en la playa de Omaha. Lo cierto es que es cierto que “Salvar al soldado Ryan” es una película fabulosa, pero también que “Shakespeare in love” era un pequeño milagro que capturaba a la perfección todo lo leve y lo grave del dramaturgo al que homenajeaba, un artefacto de relojería perfectamente ajustado, en el que todo el equipo técnico y artístico funcionó incluso por encima de sus posibilidades para ofrecernos una película casi perfecta, que no es ya que no haya envejecido un ápice, es que hoy en día funciona incluso mejor que en el momento de su estreno.

“Total, que fui así a la reunión con Harvey Weinstein y va y me dice “Dios santo, cómo me gustan las portuguesas…””.

Y así, entre dramaturgos, campos de concentración y desembarcos, la que quedó olvidada en aquella ceremonia fue “La delgada línea roja”, otra película sobre la Segunda Guerra Mundial, pero que centraba su foco en el frente del Pacífico. “La delgada línea roja” era la tercera película de Terrence Malick, la primera que rodaba tras un parón de veinte años. Y es todo aquello que se puede esperar de un creador como Malick tras una maduración tan amplia: una maravilla contemplativa, evocativa, profundamente sensorial sí, pero, además, bastante más narrativa que todo su trabajo posterior. Todo Hollywood quiso salir en “La delgada línea roja”. Al menos todo el Hollywood masculino. Así hasta once nombres de grandes actores, muchos de ellos estrellas, aparecen en una grafía destacada en su cartel. Cuenta Adrien Brody que él rodó la película creyendo que sería el protagonista, y que solo se dio cuenta de que apenas aparecía en un puñado de minutos de sus tres horas de metraje en la premiere internacional. Al final, “La delgada línea roja” se fue de vacío de aquella ceremonia de los Oscar, y la película hizo perder unos cuantos millones a sus productores. Pero terminaría ganando el premio gordo del Festival de Berlín y sirvió para volver a poner en el mapa al cine de Malick para toda una generación. Hay triunfos que sólo se aprecian con el tiempo.

Aunque, si hablamos de fracasos comerciales que rondan las tres horas de duración, el invierno de 1999 fue el del estreno de “¿Conoces a Joe Black?”: un melodrama fantástico protagonizado por Brad Pitt y de 90 millones de dólares de presupuesto que en su fin de semana de estreno se quedó en tercera posición de taquilla, superado por una peli de Adam Sandler y por “Aún sé lo que hicisteis el último verano”. Y el caso es que, a pesar de su injustificada duración (y más siendo un remake de “La muerte de vacaciones”, una comedia ligera de los años 30 de apenas 80 minutos de metraje), resulta difícil no sentirse completamente hipnotizado por la belleza de Brad Pitt y Claire Forlani, el lujo de sus vidas, los bellos paisajes, la forma en la que él lame cucharadas de mantequilla de cacahuete y la mejor y más divertida secuencia de atropello jamás rodada. “¿Conoces a Joe Black?” fue una película de las de antes estrenada en una etapa de cambio, así que entró en la cartelera a contrapié y por eso terminó cayendo. Ni siquiera es una película clásica en sus formas, es más bien el equivalente cinematográfico a una de esas ancianas bien operadas, a la que uno ve con agrado, pero a la que enseguida detecta el olor a medicamento genérico y armario con un colgante de Polil.

Justo lo que NO debes hacer antes de cruzar una calle con mucho tráfico.

Al que todo esto de los tiempos, el sentido de la oportunidad y sutilezas por el estilo siempre le ha dado igual es a Gus Van Sant, al que Universal encargó un remake de “Psicosis” y allá se fue él a rodar un remake, sí, pero plano por plano (al menos eso se vendió en su momento, aunque, más allá del marketing, no fue exactamente así). Y cuando aquello se estrenó en España ya llegó con la aureola de rareza, de “hay que ver qué cosas tiene el bueno de Van Sant” y, sinceramente, fue la mejor forma posible de afrontarla. “Psycho” es un experimento que, de estar bien realizado, hubiera sido interesante para exhibir en el MOMA o en alguna otra parada del circuito museístico cinematográfico alternativo (si es que eso existe). Pero lo cierto es que costó 60 millones de dólares (y sigo sin entender en qué diablos se los gastaron), de los cuales perdió 45, tiene uno de los repartos más delirantes, menos motivados y peor escogidos de la Historia del cine y cada decisión que toma Van Sant respecto a la versión primigenia es para estropear su película y mejorar, por comparación, a la original. Un verdadero desastre.

También desprendía aroma hitchockiano la nueva propuesta de Manuel Gómez Pereira, “Entre las piernas”, un título que ya dejaba a las claras que la sutileza no era el fuerte de su cine. El bueno de Manolo había sido la gallina de los huevos de oro de la industria nacional durante el primer lustro de la década. Sus comedias, picantes pero deudoras de paradigmas clásicos, habían funcionado muy bien: “Salsa rosa”, “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”, “Todos los hombres sois iguales” o “Boca a boca”. “El amor perjudica seriamente la salud” había supuesto el primer toque de atención de su filmografía. Su película más ambiciosa y la primera que perdía dinero. Los tiempos estaban cambiando. Así que Manolo entendió, siete años después del estreno de “Instinto básico”, que lo que se llevaba ahora era el “sexy thriller”. Utilizó su tirón para reunir a Victoria Abril, Javier Bardem y Carmelo Gómez como cabezas de cartel (por aquel entonces aquello era un trío de reyes) y se lanzó a adaptar una novela de Joaquín Oristrell, su guionista de confianza. Y aquello no funcionó, porque aquello era un disparate sin sentido, sin química, sin misterio y sin erotismo. Manuel Gómez Pereira iniciaba su cuesta abajo sin frenos a la espera del descalabro que llegaría en 2001 con “Desafinado”.

-“Y, sobre todo, no le digas nada a David Trueba. Tú di sólo que somos amigos.
-¿Qué dices, Viggo?
-Nada, ensayo para el futuro…”.

Pero los espectadores de 1999 no teníamos tiempo para compadecernos de nuestro querido Manolo, porque si un solo director monopolizó las conversaciones cinéfilas aquel invierno ese fue James Whale, que por aquel entonces ya llevaba más de 40 años muerto y enterrado. El motivo de aquel súbito interés por el bueno de Whale fue el estreno de “Dioses y monstruos”, una crónica ficcionada de sus últimos meses de vida. La película fascinó a la crítica desde su primer pase en el Festival de San Sebastián y fue considerada como la opción de verdadero prestigio para los cinéfilos pata negra de aquella temporada de premios. Finalmente ganaría el Oscar al mejor guión adaptado y lanzaría directamente a jugar las grandes ligas a un Ian McKellen que ganó el premio a mejor actor en Donostia y fue, durante gran parte de la carrera, favorito a la estatuilla dorada al mejor actor. Otro que vio cómo su carrera se disparaba a partir de ese momento fue un Bill Condon, su guionista y director, que ha ido dando tumbos desde entonces pero que todavía conserva cierto marchamo de elegancia y calidad gracias, tan solo, a esta película.

Marchamo de elegancia y calidad que, por cierto, también intentó adquirir Chris Columbus con el estreno de “Quédate a mi lado”. El bueno de Chris venía de hacer feliz a toda una generación con “Señora Doubtfire” o las dos primeras entregas de “Solo en casa”. Y, tras el pinchazo comercial que supuso “Nueve meses”, decidió que había llegado el momento del prestigio. “Quédate a mi lado” era un melodrama adulto sobre la mujer con peor suerte de la historia, una Susan Sarandon a la que su marido, interpretado por Ed Harris, abandonaba por Julia Roberts para, a continuación, descubrir que se está muriendo de cáncer. Todo ello enfocado desde el punto de vista de ceder los bártulos de la maternidad a aquella por la que te han sustituido. La crítica la trató con condescendencia, acorde con el encasillamiento de su director y el reparto plagado de estrellas. Y lo cierto es que se agradece que, precisamente, su tono no sea especialmente grave y apueste por la emoción más que por el sentimentalismo. Cabe señalar al respecto la escena más recordada de la película, aquella en la que el personaje de Sarandon hace playback del tema Ain´t no mountain high enough acompañada por sus hijos, y que sirvió para volver a poner de moda la canción de Marvin Gaye durante cuatro o cinco años. También es cierto que en 1999 “Quédate a mi lado” se interpretó como un melodrama más o menos infantilizado, pero que, de estrenarse hoy, y dado el panorama reinante, sería recibida como una película que poco menos que recupera el tono del cine de Dreyer. El público convirtió a “Quédate a mi lado” en un éxito a pesar de que en su estreno en USA se quedó en segunda posición de taquilla, justo por debajo del otro estreno estrella de la semana: precisamente “Patch Adams”; el fin de semana de la pañoleta y la metástasis.

“Mamá, vamos a usar los peines para cantar porque mucho me temo que en un futuro próximo no los vas a usar para otra cosa…”.

Pero si había algo que en los 90 causaba más muertos que el cáncer ese era Mel Gibson. El bueno de Mel comenzó su cuesta abajo como icono de la acción con “Payback”, un negrísimo thriller de venganza, extremadamente violento y dueño de un sentido del humor soterrado que casa bastante mal con el tono de la propuesta. “Payback” era el debut tras las cámaras de Brian Helgeland dos años después de esa montaña rusa que supuso para él ese 1997 en el que ganó el Oscar y el Razzie por los guiones, respectivamente, de “L.A. Confidential” y “Mensajero del futuro”. Y en esta ocasión al bueno de Brian le salió cruz. “Payback” no terminó de funcionar en taquilla y haría perder más de 20 millones de dólares a la gente de Paramount.

Aunque la que fue una verdadera máquina de perder dinero fue “Pleasantville”, el debut de Gary Ross tras las cámaras. La película, que en España fue anunciada como la cinta con un mayor número de efectos especiales de la Historia (y suponemos que se refería al coloreado parcial de muchos de sus fotogramas), es una bellísima fábula sobre la nostalgia y las libertades. Puede que su tono, pretendidamente ligero, jugara en su contra. Que la gente prefiera sermones graves cuando se hace referencia a temas graves. Pero lo cierto es que el paso del tiempo le ha sentado especialmente bien a una película que ya fue bien recibida por la crítica en el momento de su estreno y que siempre gozó de cierto culto, sobre todo en el mercado americano. Y que incluso rascó 3 nominaciones al Oscar (dirección artística, vestuario y banda sonora), algo muy extraño para una película con semejante aureola de fracaso en el momento de su estreno.

-“Su lengua ahora tiene color
Y por eso la duda me arrolla
Mi diagnóstico como doctor
Es que es porque se ha comido una…”.

Y si “Pleasantville” era una película que miraba al pasado para hablar del presente, “Tienes un e-mail” era su némesis, una historia que miraba al futuro pero que, inconscientemente, nacía ya vieja. Y si bien es cierto que hizo muchísimo dinero (recaudó más de 250 millones de dólares y costó 65), la sensación que dejó tanto entre crítica, como en público, como en la industria, fue la de ser un relativo fracaso. Y es que el reencuentro de Meg Ryan, Tom Hanks y Nora Ephron tenía la difícil misión de hacer olvidar (valga la paradoja) a “Algo para recordar”. Y si las expectativas ya eran especialmente elevadas, dados los antecedentes, reencontrarse intentando remakear “El bazar de las sorpresas”, una de las más celebradas comedias de Ernst Lubitsch, puede que no fuera la mejor de las ideas. Resulta curioso porque ese mismo 1999 también se estrenaría “Novia a la fuga”, el reencuentro de los responsables de “Pretty woman”, y la sensación fue exactamente la misma. Como si el público de la comedia romántica hubiera cambiado demasiado a lo largo de la década y ya no recibiera con el mismo entusiasmo todos los códigos que le enamoraron cinco años atrás, mientras, al mismo tiempo, no tenía reparos en echarse en brazos de “Notting Hill”, la fusión perfecta entre la comedia romántica británica y americana. O a lo mejor fue algo tan sencillo como que el público, que suele acertar, de entre las tres películas prefirió la buena.

Y el público también acertó convirtiendo en un éxito a otro reencuentro: el de la taquilla con Pixar, en “Bichos”, su segunda película tras el éxito de “Toy Story” tres años atrás. Y eso que en su carrera comercial “Bichos” tuvo que vérselas con “Hormigaz”, el debut en la animación de la recién nacida DreamWorks y que, sospechosamente, también tenía como protagonistas a pequeños insectos. “Bichos” era muy superior, en historia (que remakeaba sin disimulo a “Los siete samuráis”), animación y planificación. Y puede que en la actualidad pase por ser una de las películas originales de Pixar menos recordadas por el gran público, pero sigue siendo todo un prodigio de imaginación, ritmo y narrativa. Una maravilla que merece ser recuperada. Y ese Kevin Spacey que pone su voz a un villano que se dedica a atormentar a pequeños seres, toda una profecía.

Gran homenaje al Paco Martínez Soria de La ciudad no es para mí.

Otra que pasa por ser una de las películas menos recordadas de su autor es “Celebrity”, la apuesta de Woody Allen tras su magistral “Desmontando a Harry”. Y si bien es cierto que en la fecha de su estreno resultaba una sátira sobre el mundo del famoseo cultural de Nueva York, quizás demasiado alejada de los parámetros del espectador europeo medio, lo cierto es que el paso del tiempo, y la globalización de esta farándula, le ha sentado especialmente bien. En la actualidad pasa por ser una película visionaria, amarga, triste y, paradójicamente, mucho más divertida de lo que se dijo en su momento. Su resultado en nada desmerece a momento creativo especialmente dulce que vivió Woody Allen en los 90. Y Kenneth Branagh es todo un acierto en su papel protagonista como sosias del propio Allen. Por no hablar de ese Leonardo DiCaprio, recién salido del éxito de “Titanic”, divertidísimo como esa estrella descontrolada de la que, en su momento, se dijo que era él mismo.

Y este fue el panorama con el que el espectador español se adentró en 1999, un año que estaba destinado a cambiar el cine para siempre y que pasaría a la Historia por la excelencia y trascendencia de muchas de sus películas. Pero, claro, eso por entonces aún no lo sabíamos. Todo aquello sucedería en los siguientes meses…

Daniel Lorenzo

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