20 años no es nada: Otoño de 1999

20 años no es nada: Otoño de 1999

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Querido primo Teo:

El milenio se nos escabullía entre las manos y nosotros nos dedicábamos a ir al cine. Bien es cierto que, aunque de aquellas todavía no lo sabíamos, la cosecha cinematográfica de 1999 acabaría pasando a la Historia como una de las mejores del cine moderno.

Aunque bien es verdad que no es que la película más recordada de todas aquellas estrenadas a lo largo de esos tres meses fuera precisamente un éxito de taquilla. “El club de la lucha” llegó a España el 5 de Noviembre, apenas tres semanas después de su decepcionante estreno en las carteleras americanas. Ese mismo día, en sesión de 20:00, fui a verla a los hoy desaparecidos Multicines Centro de Vigo. La sala estaba a tres cuartos de capacidad. Creo que nunca he asistido a ninguna proyección de la que desertara tantísima gente a medida que avanzaban los minutos. No menos de diez personas abandonaron la sala para no volver. Fox acabó perdiendo más de 25 millones de dólares con una película a la que la mitad de la crítica odió visceralmente. De ella dijeron que era fascista, peligrosa, una apología de la violencia, una oda a la masculinidad tóxica y un montón de cosas más, porque si hay algo en lo que se muestra especialmente hábil los críticos cinematográficos con ínfulas de sociólogos es en hacer el ridículo cada vez que tiene ocasión. Bien es verdad que la otra mitad se entregó incondicionalmente a la propuesta de Fincher. Las tablas de los medios especializados mostraban un divorcio total entre periodistas del gremio que daban una o cinco estrellas a este título. Ni que decir tiene a cuáles de estos profesionales ha acabado dando el tiempo la razón. “El club de la lucha” es una película casi unánimemente reverenciada en la actualidad. Una maquinaria juguetona y provocativa perfectamente engrasada. Una apuesta muy adelantada a su tiempo. La primera gran película del siglo XXI.

Y para darse cuenta de ello solo hay que recordar que “El club de la lucha” compartía cartelera con películas como “Novia a la fuga”, una comedia romántica anclada en los peores tics del género en los años 90. “Novia a la fuga” era una película que se diría creada en un laboratorio con el único objetivo de revalidar el éxito de “Pretty woman” (alfa y omega de la comedia romántica de la década), sólo que diez años después. Con ella compartía director, pareja protagonista e incluso actores secundarios. El resultado fue un gran éxito económico, sí, pero también una de esas películas que se empeñan en demostrar a los espectadores que al lugar donde han sido felices no debieran tratar de volver. La única aportación a la cultura popular de “Novia a la fuga” terminó siendo la popularización en Estados Unidos de la marca española Custo Barcelona, puesto que el personaje de Julia Roberts llevaba varias de sus camisetas durante gran parte del metraje de la película. Lo demás, fue un páramo. Todo lo que en “Pretty woman” funcionaba, aquí aparece acartonado, apolillado, carente de todo “timing”. Y es que del mismo modo que “Pretty woman” marcó la supremacía americana en la comedia romántica a lo largo de los 90, este mismo 1999 “Notting Hill” había confirmado la nueva fórmula de comedia romántica británica que reinaría en los próximos diez años. Cabe reconocerle, eso sí, la maldad de hacer interpretar a Julia Roberts (alfa y omega del género a lo largo de los 90) a una novia que se empeña en escapar por piernas (o incluso a caballo) de sus prometidos, dándoles plantón en el altar. La misma Julia Roberts que, en Junio de 1991, le hizo eso mismo a Kiefer Sutherland, fugándose a Irlanda con Jason Patric apenas tres días antes de la que estaba anunciada como “la boda del siglo”.

Rosa María Calaf fue la mayor inspiración de Richard Gere para el papel.

El cine español también se atrevió con su propia comedia romántica en el otoño de 1999, y el 19 de Noviembre llegaba a las carteleras “Sobreviviré”, otra de esas películas que en su momento pasó completamente desapercibida para crítica y público, pero que con el tiempo así sigue, pero a mí me gusta mucho. Y por eso la rescato aquí. Si uno solo de los lectores de este artículo se anima a verla y su visionado le causa la mitad de las sensaciones que me provoca a mí, ya doy por bien empleado el tiempo que me está llevando escribirlo. Porque puede que “Sobreviviré” no sea ejemplar en lo formal, pero la historia de esa viuda con niño que termina enamorándose de un bisexual transmite tanta verdad y cariño por sus personajes que uno no puede sino dejarse llevar por la misma. Y, veinte años después, permanece como una de las películas que mejor reflejan el espíritu de aquel final de los 90: los teléfonos, los pisos, la ropa, ese videoclub… constituyen una explicación perfecta de cómo era, a qué sonaba o cómo se movía esa España de cambio de siglo. Y no hay actores más representativos de ese momento del cine español que Emma Suárez y Juan Diego Botto, que por aquel entonces estaban en todas partes y derrochaban química y carisma.

Aunque, para actor español con carisma, un Antonio Banderas que, tras el éxito de “La máscara del Zorro”, intentaba labrarse una carrera en el cine americano como protagonista de blockbusters. Con escaso resultado. El 22 de Octubre se estrenaba en España “El guerrero número 13”, una superproducción de 160 millones de dólares de presupuesto que acabaría recaudando apenas 60 en todo el mundo. “El guerrero número 13” es una de esas producciones en la que todo lo que puede ir mal, va peor. Pero el problema principal fueron las sonadas desavenencias entre John McTiernan, su director, que nunca se caracterizó por ser un tipo de trato fácil, y Michael Crichton, el autor de la novela en que se basaba y a la sazón productor de la película. Desavenencias que se reflejaron en la sustitución del primero por el segundo tras el visionado del primer montaje ofrecido por el director. “Devoradores de cadáveres” (así se titulaba la película, al igual que el libro de Crichton) era, al parecer un filme oscuro, violento y primitivo que despertó cierto repetitivo movimiento intestinal expulsivo entre aquellos que habían puesto el dinero necesario para pagarlo, y que, por lo que fuera, esperaban obtener beneficios. Así que Crichton se dedicó a meter tijera e, incluso, llegó a rodar de nuevo alguna escena. De nada sirvió. El filme acabó llegando a las pantallas con mucho retraso y en una versión que cualquier espectador puede percibir como mutilada, llena de elipsis y de tramas y personajes que desaparecen caprichosamente. A pesar de ello, algo queda del pulso de McTiernan en muchos de sus mejores momentos.

-“Me encantó el libro ese que escribiste del parque de dinosaurios”.

Los rodajes problemáticos han sido un mal tan antiguo como el cine mismo. Así que Frank Oz (director) y Steve Martin (guionista y director) decidieron cachondearse bastante al respecto con “Bowfinger”, una divertidísima comedia coprotagonizada por un Eddie Murphy (en un doble papel) que nunca ha estado mejor. “Bowfinger” es una sátira plenamente disfrutable por el espectador medio, pero, a su vez, llena de guiños para aquellos que entiendan cuáles son los verdaderos destinatarios de sus dardos. Así, no es difícil entender que Kit Ramsey es un trasunto de Tom Cruise, que esa secta a la que pertenece es, en realidad, la Cienciología, o que esa actriz que no duda en acostarse con quien sea necesario para medrar es la forma que tuvo Steve Martin de vengarse de Anne Heche tras su ruptura sentimental. “Bowfinger” es una comedia de carcajada y sonrisas, sin apenas bajones de ritmo en sus ajustadísimos 97 minutos y una nueva muestra de que Frank Oz es uno de los mejores directores de comedia no ya del Hollywood reciente, sino, incluso, de toda la Historia del cine.

Harold Ramis fue otro grandísimo director de comedia que estrenó una de sus películas más reconocidas en aquel otoño de 1999. “Una terapia peligrosa” fue un gran éxito de taquilla que confirmaba que, tras “Atrapado en el tiempo” y “Mis dobles, mi mujer y yo”, Ramis se encontraba en plena forma. Curiosamente, también supuso el principio del fin de Robert De Niro como actor de prestigio. Esta nueva y desconocida versión autoparódica del intérprete fue muy aplaudida por crítica y público. Incluso arañó una nominación al Globo de Oro de mejor actor de comedia. Y ahí se acabó aquel intérprete que elegía sus proyectos con cuidado y se preparaba sus personajes con mimo. En el año 2000 ya coprotagonizaba “Las aventuras de Rocky y Bullwinkle” y “Los padres de ella”. En 2002 ya estaba estrenando “Showtime”. Entre todos le matamos y él solito se murió.

-“Y a partir de ahora no pienso aceptar ningún papel que no pudiera interpretar José Mota imitándome”.

Otro que vivía su crepúsculo como estrella era Harrison Ford, que el 19 de Noviembre estrenaba en España “Caprichos del destino”, probablemente una de las últimas ocasiones en las que su cara ocupaba todo el cartel de la película como único reclamo comercial. El resultado fueron unas pérdidas de casi 30 millones de dólares para Sony. “Caprichos del destino” era, tras “Sabrina (y sus amores)”, la segunda colaboración de Ford con Sydney Pollack en ese lustro en el que el director creyó que el intérprete de Indiana Jones era el mejor sustituto posible para el papel que históricamente había venido desempeñado Robert Redford en su filmografía. Dos colaboraciones y dos sonados fracasos. Y no es para menos, porque el Pollack de finales de los 90 ya había perdido completamente el pulso. “Caprichos del destino” partía de una premisa muy similar a la de “Avanti” pero, allá donde Wilder brillaba con toda su bilis y toda su dulzura (si creen que ambas características son incompatibles, háganse un favor y vean “Avanti”), Pollack se limita a aportar un tono plomizo y burocrático, confundiendo contención con pesadez. Probablemente los planos más interesantes de “Caprichos del destino” sean aquellos en los que la cámara se desliza por interiores vacíos en los que una pareja ha compartido su intimidad. Y esto no es precisamente algo bueno que destacar de una película protagonizada por una de las estrellas más carismáticas de toda la Historia del cine. Claro que, para aquel entonces, Ford ya se había divorciado, juntado con Calista Flockhart y puesto un ridículo pendiente en una oreja. Solo tatuándose “PITOPAUSIA” en la frente hubiera podido dejarnos más claro qué diablos le estaba pasando.

El mundo del cine estaba cambiando y otro que estaba a punto de descubrirlo era John Travolta, que el 22 de Octubre estrenó en España “La hija del general”, un sólido thriller militar. En realidad, el intento de Travolta de contar con su propia “Algunos hombres buenos”, pero con la distancia que va de Rob Reiner a Simon West. Travolta estaba a apenas nueve meses de dinamitar por completo su carrera, y el prestigio que había alcanzado en Hollywood tras su resurrección gracias a “Pulp fiction”, con el estreno de “Campo de batalla: La Tierra”. Durante el segundo lustro de los 90, Travolta llegó a encadenar varios éxitos comerciales y a gozar de cierto prestigio crítico cuando enlazó varias películas (“Atrapada entre dos hombres”, “Mad City”, “Primary colors”, “Acción civil”) que parecían construidas en torno a la posibilidad de conseguirle una nominación al Oscar que nunca terminó de llegar. “La hija del general” fue un fracaso comercial que hizo perder casi 40 millones de dólares a Paramount, pero, como decíamos, lo peor para Travolta todavía estaba por llegar.

Tiene gracia porque esto fue exactamente lo que también hizo James Woods con su carrera por aquel entonces.

El que también estaba viviendo el canto del cisne de su periodo profesional más exitoso era Arnold Schwarzenegger, que esas Navidades estrenó entre nosotros “El fin de los días”, un atípico blockbuster a medio camino entre el terror, el “fantastique” y la acción más descerebrada. “El fin de los días” era una película plenamente anclada en los terrores colectivos del cambio de milenio, orquestada en torno a la figura del diablo, un personaje muy presente  en el cine comercial de aquellos años. La crítica la destrozó, pero lo cierto es que, sin ser tampoco ninguna maravilla ni una película especialmente memorable, el espectador puede percibir que en la silla del director se sentaba un tipo con el oficio de Peter Hyams, lo que al menos garantizó ciertas ideas visuales de puesta en escena que convierten a “El fin de los días” en una de las películas más dignas del Schwarzenegger post James Cameron.

Otro realizador de oficio más que sobrado que estaba a punto de decir adiós al fervor del público era Renny Harlin, que venía de dos descalabros consecutivos más que notables: “La isla de las cabezas cortadas” (una catástrofe de tal magnitud que llevó a cerrar a todo un estudio, Carolco Pictures) y “Memoria letal”. En realidad, los descalabros fueron tres, ya que ambos fracasos le llevaron también al divorcio con Geena Davis, su esposa, cuya carrera nunca se recuperaría de protagonizar ambas películas. El caso es que el 17 de Diciembre, Harlin estrenó en España “Deep blue sea”, un típico blockbuster veraniego con tiburones asesinos que, por los caprichos de distribución de la época, llegó a nuestras carteleras en Navidad. “Deep blue sea” se convirtió en el último gran éxito de la carrera de Harlin, esencialmente por ser una película juguetona, gamberra, divertida y desprejuiciada que disfrutaba haciendo pasar todo tipo de absurdas y angustiosas situaciones a su reparto. El tiempo, además, no ha pasado por ella, más allá de algún plano digital bastante envejecido. De hecho, podría decirse que en la actualidad se la recuerda incluso con más cariño del que recibió en su momento.

Necesitaremos un brazo más grande.

Situación que también se da con “El gigante de hierro”, la apuesta animada de Warner que acabaría haciendo perder cerca de 60 millones de dólares a la compañía, situación que resulta incomprensible teniendo en cuenta el culto con el que cuenta en la actualidad. De hecho, “El gigante de hierro” ocupaba un lugar destacado en el homenaje que Steven Spielberg rindió a la cultura pop en “Ready player one”, 19 años después de su estreno. Lo cierto es que resulta fácil explicar el fracaso comercial de una película tan tierna, triste y melancólica; diríase que más dirigida a los padres que a sus hijos. Porque, aunque “El gigante de hierro” sea una despiadada crítica al papel desempeñado por las autoridades americanas durante la guerra fía, también es una celebración del clásico “american way of life” que en ningún momento terminó de conectar con unos niños deseosos de otro tipo de emociones distintas a la pena infinita que siente cualquier espectador con su tristísimo desenlace. Y, visto en perspectiva, tampoco fue mala cosa que el debut en la dirección de Brad Bird se saldara con semejante resultado, ya que eso le permitió dar el salto a Pixar, Estudio del que escribiría alguna de sus más prestigiosas páginas.

Y es que “Tarzán” fue la película que los niños españoles (y los de todo el mundo) querían ver por aquel entonces. El protagonista se deslizaba por las ramas de los árboles casi surfeando, las canciones de Phill Collins sonaban a todas horas en todas partes y la película se convirtió en el último gran éxito de Disney hasta que “Frozen, el reino del hielo” tomó el relevo 14 años después. Y eso que, vista en perspectiva, aunque yo ya lo pensaba por aquel entonces, “Tarzán” palidecía en comparación con los clásicos Disney de la primera mitad de la década, pero lo cierto es que era un producto lo suficientemente resultón como para resultar bastante digno en comparación con los estrenos que Disney tenía en cartera para años posteriores.

Todos están muy preocupados porque no entienden ni una palabra de lo que canta Phill Collins.

Aunque, para éxitos comerciales, el de “El proyecto de la bruja de Blair”, que llegó a las carteleras españolas justo a tiempo para Halloween, pero ya subida en la ola de un estreno veraniego americano en el que destrozó todas las expectativas. Su presupuesto rondó los 60.000 dólares y terminó recaudando en todo el mundo cerca de 250 millones. “El proyecto de la bruja de Blair” no solo reinventó el género del “found footage”, sino que fue el primer producto en beneficiarse comercialmente de una campaña viral en internet. Y más allá de ser una operación comercial muy exitosa, lo cierto es que es una película que se defiende por sí misma, y que, veinte años después, sigue teniendo una fuerza y una firmeza narrativa que para sí quisiera casi cualquier otra propuesta del género. “El proyecto de la bruja de Blair” es un viaje al centro de nuestros terrores más primarios (la noche, el bosque, la casa de la bruja, la mansión abandonada, la locura, la desorientación…) con un primer acto que se toma su tiempo en presentar a los personajes, un segundo acto que juega como pocos con los conceptos de espacio físico y tiempo y un tercer acto en el que el terror se desata y en el que el espectador debe intuir más que ver. Todo un clásico más allá de lo que opinen sus numerosos detractores.

Otra de las propuestas del otoño de 1999 que con el tiempo ha adquirido vitola de clásico contemporáneo fue “Ghost dog: El camino del samurái”. La película de Jim Jarmusch era una fusión entre el “noir”, el “polar” y el cine de samuráis, protagonizada por un lacónico Forest Whitaker. La película no fue mal recibida, pero su paso por las carteleras de todo el mundo fue más bien discreto. Con una sola excepción: Francia. El director neoyorquino se fue de vacío de la sección oficial de Cannes, pero, ese mismo año, la revista Cahiers du Cinéma destacó a la película como uno de los diez mejores estrenos del año, mención que probablemente sirviera como empujón para obtener una nominación a la mejor película extranjera en aquella edición de los premios César. Con el tiempo, “Ghost dog: El camino del samurai” fue convirtiéndose en una película de culto hasta el punto de ser considerada a fecha de hoy una de las piezas angulares de la filmografía de su director. Personalmente, considero muy meritorio lo que consigue Jarmusch en “Ghost dog: El camino del samurái”; jamás una película en la que se asesina a tanta gente había resultado tan aburrida.

El merchandising de “Ghost dog: El camino del samurái” no terminó de funcionar del todo bien por su escaso parecido con Forest Whitaker.

Ahora bien, si de asesinos despiadados hablamos, el rey de esta temporada cinematográfica fue Bond, James Bond. Pierce Brosnan volvía a interpretar, por tercera vez, al más famoso agente secreto del MI6. “El mundo nunca es suficiente” es considerada como un Bond menor, pero lo cierto es que su carrera comercial fue más que satisfactoria y que su disparatado argumento y reparto cumplen como garantía de entretenimiento. “El mundo nunca es suficiente” fue, además, especialmente celebrada en España porque la típica escena de prólogo de la franquicia transcurre en gran parte en Bilbao, con presencias estelares del Museo Guggenheim o la Ertzanintza. Escena, por cierto, en la que Brosnan saltaba a la calle desde un balcón porque qué otra cosa iba a hacer un británico en España.

Y fue viendo todas estas películas como los cinéfilos nos despedimos del siglo XX en España. Teníamos por delante no sólo un nuevo milenio, sino uno de los trimestres más cargados de buen cine que la cartelera española pueda recordar. Pero, claro, eso todavía no lo sabíamos…

Daniel Lorenzo

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Comentarios

Eva - 22.04.2020 a las 22:59

Enma Suárez en “Sobreviviré” es lo más! La mejor de Menkes-Albacete, y mira que me gustan, me pillaron en la época del insti y hacían un cine muy humano y mamarracho.
Infravaloradisima. Gracias🏳️‍🌈

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