“24 horas en la Antigua Roma”

“24 horas en la Antigua Roma”

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La estatua más fotografiada del mundo, la que más veces aparece en nuestras pantallas es una vestal; una mujer con diadema, con estola, que sostiene una antorcha en la entrada del puerto de la ciudad de Nueva York. La mayoría de los visitantes de la ciudad aprovechan la gratuidad del ferry que toma a diario Melanie Griffith en “Armas de mujer” para pasar ante la vestal que evoca a una mujer de hace 2.000 años.

Título: “24 horas en la Antigua Roma”

Autor: Philiph Matyszak

Editorial: EDAF

Es una constante el deseo de viajar al pasado para fisgar, aunque sólo sean 24 horas, en la ciudad que más cultura ha transmitido. Sólo lo permite el cine y la literatura, así que Philip Matiszak, que ya demostró su capacidad con “Los enemigos de Roma” en 2004, se acaba de dar ese gusto, del que podemos disfrutar ahora sus lectores.

El libro se divide en ese tiempo para abrir una ventana por cada hora del día, que para los romanos comenzaba al caer el sol. Son horas romanas, desconcertantes a los ojos actuales. ¿Qué haríais si tuvierais que colocar 24 horas por día pero la mitad tuvieran que tener luz y la otra mitad oscuridad? Lo mismo que hicieron aquellos antepasados. Estirar y encoger las horas según la estación, las doce horas del día muy cortas en invierno y muy largas en pleno verano. Fuera de la gran urbe no era importante, pero allá por el siglo II, cuando había alrededor de un millón de personas en Roma, las citas tenían que fijarse de alguna manera, y la forma era definir si era la hora sexta o la novena, que nos han legado esas dos horas como palabras en forma de siesta y rezo católico.

Como si poseyéramos superpoderes, o fuéramos un fantasma navideño de Dickens, observamos como un policía romano, un vigilante, combina su trabajo de bombero con la atención a una denuncia; las tribulaciones de un campesino con su carro intentando entrar en la ciudad; de un panadero ante la masa madre que ha de proteger de la competencia; a una esclava preparando el desayuno para ella misma, los amos y la familia, cuando familia era un término que designaba al conjunto de esclavos de la casa; a una esposa que pare otro hijo más, consciente de que tendrá que dar a luz cuatro si quiere asegurarse de que uno llegará a adulto; a un maestro de la EGB romana, que espera reunir a esa hora los suficientes alumnos para no tener que dar la clase en plena calle y justificar entrar con los chicos en una basílica protegida de la intemperie; a un senador corriente dentro del sistema de patrones y clientes que hacía funcionar los negocios; a una virgen vestal que sale a por agua a la fuente sagrada, preferible a el turno de madrugada cerca de la llama que jamás debe apagarse; a un gladiador victorioso, un comerciante de especias que sale a cenar, una joven que rompe con su novio, un abogado que aconseja, un cocinero que entra en pánico…. Y algunos personajes más que componen una especie de mosaico animado, entretenido e instructivo.

No es la primera vez, ni será la última, que un enamorado del mundo clásico nos propone este placer de concentrarnos, borrar la visión periférica, e imaginar otro tiempo, moviendo nuestra memoria en base a invenciones cinematográficas. Da igual, no es posible para un hombre moderno entrar en la psicología de un contemporáneo de Adriano o de Marco Aurelio, porque no podemos eliminar los valores aprendidos, que tendemos a convertir en sentimientos intemporales.

Matiszak resulta ser un buen guía, ameno, sobrio, evitando lugares demasiado comunes, y cinematográfico en muchos momentos. No se puede viajar más por menos del tiempo que lleva leer “24 horas en la Antigua Roma”. Un buen libro para cualquier público, incluidos los enamorados de la ciudad que contiene las raíces de buena parte de nuestra cultura occidental.

Carlos López-Tapia

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