Hoy en la tele.

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Creo que hoy me enchufaré un rato al Canal TCM, los de los clásicos. Van a dedicar toda la tarde a la actriz Ann Miller, que ha entrado la semana pasada en mi libreta de compras gastronómicas… tengo que hablar con mi tío Aníbal.
Hace mucho que no me como algo de una de las actrices del musical más grandes que hubo. Me vendrá bien un toque de época dorada de los musicales cinematográficos.

Ponen cuatro de sus mejores largometrajes desde las cuatro de la tarde. Además, ponen antes de la película de las diez de la noche una entrevista exclusiva con ella, en la que recuerda los mejores momentos de su carrera y su relación con otras grandes estrellas del musical. Van a poner seguidas, “El amor nació en París”, “Bésame, Kate”, “Sexo opuesto” y “Un día en Nueva York”
Ann Miller era brillante y dinámica, sin llegar a la sicopatía de Benigni, claro.
Ha resistido la tía hasta los 84 años, y hasta el último día no dejó de presumir de ser capaz de alcanzar más de 500 taconeos por minuto en sus números de baile. No es tan popular como “las otras”, Ginger Rogers, Eleanor Powell o Cyd Charisse, pero es una de las mejores bailarinas de la historia del cine.
En realidad se llamaba Ann Collier y era de Chireno, un pueblo de Texas. Empezó a bailar de niña y en los años 40 y 50 era tan conocida que los estudios RKO aseguraron sus piernas por un millón de dólares de la época.
Pero no era una “pija” tejana, porque había empezado bailando en clubes nocturnos. Precisamente cuando estaba en uno de San Francisco, pasó por allí a meterse un pelotazo Lucille Ball. Se quedó tan impresionada por el talento de Miller como bailarina que la recomendó a los ejecutivos de RKO.
Yo la primera vez que la vi fue en el “Hotel de los líos”, con los Hermanos Marx, aunque me acuerdo sobre todo de “Besame Kate”. En 1956 se retiró del mundo del espectáculo, y nunca volvió a hacer una prota. La última vez que la he visto ha sido en el personaje de Catherine ‘Coco’ Lenoix en “Mulholland Drive”, de David Lynch, en 2001.
Cuando estuve en Washintong el año pasado, mí tío no quiso robar para mi sus zapatos de baile favoritos, a los que llamaba cariñosamente Joe y Moe, que están expuestos en una vitrina en el Museo de la Fundación Smithsonian.

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