Cuaderno de viaje: Uspallata o el Tíbet de la Plata

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Querido diario:

Mi tío sigue de viaje y como no podía ser de otra manera se ha marchado “de los Apeninos a los Andes”. Deja el Festival de Venecia, porque ahora que llegan las estrellas hay demasiada seguridad en la ciudad, pero a lo mejor vuelve.

Querido sobrino:

Tras Siete años en el Tíbet, Jean-Jacques Annaud, típico caso de síndrome de personalidad compartida con Cecil B. DeMille, respiró aliviado cuando llegó a este valle de Uspallata donde recreó la capital del Tíbet.
El francés llevaba seis meses viviendo en la India cuando el Gobierno, presionado por China, que no quería ni oír hablar de semejante historia antirrevolucionaria, se desentendió del proyecto y canceló todos los permisos.

Argentina no aceptó las presiones e Pekín y Lasa, capital del Tíbet, encontró aquí el fondeo que ofrecen los Andes y que tiene “esa extraña belleza que puebla los sueños”, como cuenta en su libro el alpinista que encarna Brad Pitt.

Aerolíneas Argentinas y Lufthansa tienen los mejores vuelos a Buenos Aires por algo más de 600 euros. El avión hasta la ciudad de Mendoza sale por la mitad si se adquiere en Argentina. Una vez allí hay que coger un autocar para hacer 100 kilómetros hasta el borde de los Andes.

Uspallata es un pueblo con apenas 5000 habitantes y el último lugar por el que pasan los deportistas que inician el trekking de alta montaña. En el que era el único hotel del pueblo Daniel Gutiérrez comparte mi gusto por la carne poco hecha y, mientras la prepara, revive las imágenes de hace ya siete años. Tuvo que dar de comer a cientos de personas y animales, entre ellos 150 monjes tibetanos, varios cientos de extras bolivianos y un rebaño de yacs traídos ex profeso desde Montana (EEUU).

Juan Pizarro es un mozo fornido que tenía 17 años cuando fue contratado como agente de seguridad para proteger a Brad Pitt por 5000 pesetas diarias. No olvidará nunca el día en que una jauría de dos mil fans ultraenamoradas de Brad ocuparon el pueblo. Una de ellas se coló en el dormitorio de la casa alquilada para el actor, y éste obligó a contruir un muro de cemento de casi cuatro metros de altura.

El pueblo quiso prolongar el negocio y quedarse con los decorados para atraer visitantes y ofrecerse para futuros rodajes, pero los estudios de Sony lo consideraron un regalo muy caro y Lasa comenzó a desaparecer. Entonces un negociante local, Carlos Maza, actuó con rapidez, compró parte de los materiales usados en la producción y contruyó el Tíbet Café.

Una pagoda de columnas de piedra y techo rojo que aparece como un espejismo para los atónitos alpinistas que no conocen la historia. Dentro hay decenas de pequeños budas y por las paredes cuelgan todo tipo de molinillos de oración y muchas fotos del rodaje de una película que la mayor parte de los lugareños no ha visto porque el cine mas cercano queda a dos horas en coche. Desde que el libertador San Martín estableció su cuartel general en las vecinas bóvedas de Uspallata, otra de las atracciones de la zona, este pueblo no había vivido momentos tan intensos. Además de la pagoda y las fotos, en un zoo local quedan dos yacs de la película. El resto don recuerdos de dos meses que les valieron por siete años, paisaje y escalada.

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