El Fantasma de la Ópera IV/V: El Primer Fantasma

El Fantasma de la Ópera IV/V: El Primer Fantasma

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (Sin votaciones)
Cargando…

Deja tu comentario >>

Querido diario:

Acabo de recibir noticias de mi tío Anibal contándome más cosas sobre El Fantasma de la Ópera.

Anteriores:
La casa del fantasma
El padre del fantasma
El fantasma viaja a Hollywood

Siguiente:
El fantasma hoy

IV / V : El Primer Fantasma

Querido sobrino:

Cuando el presidente de Universal enseñó a sus colaboradores el libro que contenía la historia del fantasma de la Ópera de París, nadie dudó de que se trataba de un papel para Lon Chaney. Su trabajo como jorobado de Notre-Dame lo había consagrado como “el hombre de las mil caras” y como un masoquista capaz de sufrir lo que fuera necesario para crear un personaje.

Llegaba al estudio varias horas antes para “embrutecerse” y había creado una giba moldeada con masilla cuyo peso oscilaba entre los 9 y los 50 kilos, dependiendo de quien lo cuente. Diseñó un arnés para sujetar la joroba, con cintas delante y detrás, que se enganchaban a un cinturón de cuero de forma que podía apretar las correas delanteras para obligarse a adoptar una postura encorvada. Para las deformidades de su rostro se acoplaba apósitos sobre los que aplicaba los productos necesarios para convertirse en un monstruo. Ya delante de la cámara, su caminar era tan tortuoso que -cuenta la leyenda- una vez acabado el rodaje, debía guardar varias horas de reposo absoluto para recuperarse de los dolores producidos por su conversión.

Lo cierto es que la creación de Quasimodo le agravó seriamente algunos problemas de espalda por haber estado tanto tiempo a cuestas con la pesada joroba y a fuerza de mirar por un solo ojo durante todo el rodaje, quedó impedido para utilizar gafas durante el resto de sus días. Nunca se había visto algo igual en una pantalla y Chaney había tenido un gran éxito, ahora el nuevo papel del fantasma sería menos exigente pero también le permitiría componer otro de sus grandes personajes.

Chaney celebraría así sus diez años en Universal, desde que había sido contratado como obrero para tareas diversas. Tenía treinta años cuando se había presentado como uno más para trabajar en la ciudad del cine recién inaugurada y necesitada de cientos de trabajadores. Había sabido llamar la atención desde el primer día de una manera muy eficaz: acudiendo al trabajo con unos extraños dientes en la boca y maquillajes extravagantes. Pero dejaba claro que él se lo tomaba en serio y en realidad no era ningún novato de la interpretación, ya hacía años que había apostado por convertirse en actor y poseía experiencia en el teatro ambulante.

Las dos personas que más habían influido en su adolescencia, su madre y su tío, eran sordomudas, y cuando no tenía más de nueve años su madre fue atacada por una enfermedad reumática que la condenó a vivir en la cama hasta su muerte.

Al terminar cada día, su madre le pedía que le hiciera un relato de todo lo que le hubiera ocurrido en la jornada y el pequeño empezó a desarrollar la capacidad mímica y gestual para poder hacerlo. Su rostro era como una película muda y aquella experiencia personal se fue convirtiendo en una capacidad casi mágica.

Aprendió a comunicar con la cara cualquier sentimiento, y con el cuerpo a reproducir los movimientos que definen a los individuos, y que hasta para ellos mismos, suelen pasar inadvertidos. Aquel contacto permanente con personas que ni hablaban ni oían, le convirtió en el mayor artista de la expresión corporal que ha existido.

Al cabo de los años, cuando Charles Laughton se preparaba para interpretar al mismo personaje de Quasimodo, se hizo proyectar varias veces el trabajo de Chaney, y comentó: “Cuando comprende que ha perdido a la chica su cuerpo lo expresa, es como si un rayo lo hubiese atravesado de arriba abajo”.

El nuevo papel del fantasma no era tan exigente desde el punto de vista del esfuerzo físico, pero también le permitiría crear un personaje marginado, otro de sus monstruos inolvidables que lleva apareciendo casi un siglo en cualquier obra de cine de terror que contenga fotografías. Chaney consiguió una vez más responder a la expectativa, aunque a costa de abandonar el Estudio que lo había encumbrado.

Cuando pidió cien dólares semanales de sueldo, se lo negaron y cogiendo todos sus trastos, se pasó a la Metro. Años después tuvieron que pagarle 2.600 dólares para que aceptara volver, pero “El fantasma de la Ópera” fue la última gran cinta de terror mudo porque, dos años después de su estreno, el cine sonoro terminó con el silencio y sus técnicas expresivas.

Long Chaney sobrevivió al cambio y cuando murió de cáncer en 1930, preparaba una nueva película y ya había asentado a su hijo, Long Chaney Jr, como el responsable de muchos de los monstruos que aterrorizarían a la siguiente generación desde las pantallas.

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

  • Nombre
  • Correo Electronico
  • Comentario