Howard Hughes: niño rico y pobre niño.

Howard Hughes: niño rico y pobre niño.

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Querido diario:

Hace años que superé el complejo de huérfano… en concreto la primera vez que vi “Psicosis”. Tenía cuatro años y estuve atacando enfermeras en la clínica cada vez que se me acercaban con tonito maternal. Luego comprendí que era bueno para mi integración futura en la sociedad, que no fuera necesario un examen psicológico para tener hijos. Si los psicopatas pueden hacer psicopatitos, seremos más y pasaremos más desapercibidos. Cuando mi tío me envió esto, comprendí que tenía otro motivo más para identificarme con Howard.

Hughes desarrolló una fobia a la suciedad y contaminación, bastante estudiada en la actualidad, que fue derivando en crisis que le llevaron al aislamiento, a no tocar nada sin protección, a andar sobre kleenex o guardar su orina. Era en parte el resultado de la protección desmedida a la que fue sometido de niño y adolescente.
Mientras el padre se dedicaba a jugar de noche y a viajar sin cesar de costa a costa para promocionar su taladro, su joven madre Aliene no dejó de mimar a Howard Jr., tratándolo como si fuera un delicado pura sangre destinado a ganar muchas carreras. Desde su más tierna infancia, Howard pasó muchas noches en el dormitorio de su madre, en una pequeña cama plegable. A la menor sospecha de fiebre, al menor síntoma de gripe o urticaria, los médicos llegaban corriendo a la casa sin que importara la hora que fuese.
En aquella época casi todas las madres habían abandonado ya los clásicos rituales Victorianos en lo tocante a la salud de sus hijos, pero Aliene seguía practicándolos. La madre repasaba exhaustivamente el cuerpo desnudo de su hijo, deteniéndose en los dientes, las orejas, los genitales, los codos y las rodillas. Comprobaba igualmente el estado de sus deposiciones en el retrete. Todas las mañanas se ocupaba personalmente de que tomara aceite de hígado de bacalao. Y a diario se ocupaba también del baño de su hijo, al que frotaba de las orejas a las puntas de los dedos de los pies con un potente jabón de lejía.
La suya fue una relación siniestra y turbadora, que un psicólogo tildaría años más tarde de “emocionalmente incestuosa”.
En 1910, cuando los beneficios de la compañía de maquinaria rondaban el medio millón de dólares al año, Hughes se mudó con su familia a una casa, la más chic del momento, que se encontraba en una zona llena de mansiones con pórticos de columnatas, en medio de suaves colinas de lujosos céspedes verdes. Así se unió la familia a la élite de la congregación de la catedral de Christ Church, mientras pasaba a ser incondicional del Club de Campo de Houston. Una familia patricia con un hijo único, hiper protegido y con algún talento extraordinario.

Continúa en “Talento más curiosidad”

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