Howard Hughes: talento mecánico más curiosidad.

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Querido diario:

Mi tío sigue con su serie de este personaje tan especial como yo… pero con más reconocimiento hacia su psicopatía. Algún día podré hacerme mi propia celda, con mis propios vigilantes, mi propio laboratorio, camisas de fuerza personalizadas y cosas así. Cuando es uno mismo el que prepara su cárcel, molesta menos.

Comenzó a mostrar muy pronto que se trataba de un niño con ciertos talentos destacables. Howard convertía los juegos más elementales de la niñez en auténticos experimentos.
Una tarde estaba jugando con un columpio grande y alto en el jardín de su casa con varios amigos. Mientras el resto probaba a ver cuál era capaz de subir más alto y lanzarse al suelo, Howard iba haciendo cálculos tras cada salto. Calculaba la curvatura del punto en que cada cual podía aterrizar. Quería conocer al dedillo la mecánica de todas las cosas.
A los once años, construyó la primera emisora de radio que hubo en Houston, para poder comunicarse con los barcos que surcaban las aguas del golfo de México. Recogía y grababa los comunicados, e incluso acertó a interpretar que los sonidos obedecían al código Morse, y entonces lo aprendió en una sola noche. “Al día siguiente ya se había puesto en contacto con los oficiales de los barcos.
Tres años después, tenía catorce, se presentó en el concesionario de los automóviles Stutz, en el centro de Houston, para ver el modelo Bearcat.

En 1919, el Stutz Bearcat era uno de los coches más fascinantes que se habían construido en Norteamérica. El vendedor que le observaba recuerda que dio varias vueltas en torno al automóvil reluciente , como si estuviera sumido en hondas cavilaciones, y por fin, se dirigió a uno de los vendedores, y le dijo:
-Quiero este vehículo. ¿Será tan amable de enviármelo hoy mismo a casa, por favor?
El vendedor, asintió sobresaltado y se introdujo en la trastienda, desde donde llamó a Howard Sr. para obtener su aprobación. Cuando supo que costaba 7.000 dólares, que por aquel entonces era una suma muy considerable-,la potencia del vehículo y su velocidad punta, que era nada menos que 140 kilómetros por hora, Howard Sr. se limitó a preguntar:
-¿Ha dicho mi hijo para qué lo quiere?
-Sí, señor -contestó el vendedor-. Ha dicho que lo quiere desmontar y armarlo de nuevo él solo.
-Pues muy bien -dijo el Gran Howard, como se le llamaba entonces-. Que lo envíen hoy mismo.
Howard desmontó el automóvil, y en menos de un mes volvió a montarlo.

De tu tío que te quiere, Anibal.

Sigue en “Hoy se hubiera curado con una pastilla”

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