Teatro para los del cine: “Romance de lobos”

Teatro para los del cine: “Romance de lobos”

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Querido diario:

Mientras esperaba el test del Dr Quintanilla, he fisgado en la mesa de la enfermera Elena. En la lista de ingresos estaba LASTRA. Un “psico” del teatro. Nos viene bien, porque hagamos lo que hagamos en el taller teatral para mejorar la expresividad, siempre nos sale parecido. En la del mes pasado monté “Eloisa está debajo de un almendro”. Pues bien, los zumbados de mis colegas la hicieron como si fuera del marqués de Sade. Sólo tienen dos registros, o Sade o Valle Inclán.
Le he propuesto a LASTRA que se encargue él, a cambio de la protección de “el Venas”. No pareció decidido hasta que entró en el comedor…. Y conoció a algunos de los chicos. Luego no ha tardado en decidirse.

Querido primo Teo:
Quien crea aún que el teatro de Valle-Inclán se resiste a la representación se puede acercar a ver Romance de Lobos (Teatro Español de Madrid, hasta el
15 de mayo). Un montaje que desmiente cualquier prejuicio y sobrecoge como un vendaval en la noche: con el verbo y con la luz y las tinieblas, con el sonido
y, sobre todo, con un portón que se erige en eje escenográfico; unas veces como mar o suelo de vértigo expresionista, otras como pórtico de Iglesia, retablo
de capilla, muro, portón de casa solariega y, al fin otras, como campo y agujero de remordimiento.

La historia de don Juan Manuel Montenegro -más que nunca un Don Juan en sus horas finales- nos alcanza como una tormenta de la España negra -con una pizca
de ginebra inglesa y deje galaico. “Soy el historiador de un mundo que acabó conmigo”, dice Valle en el programa repartido a la entrada de teatro. Sí,
asistimos al último acto de un señor feudal, dueño de vidas y haciendas, de un mayorazgo como los que Valle “conoció de rapaz”. Don Juan Manuel desafía
el orden natural y moral hasta que se hace presente la muerte, tratada aquí con la máxima irreverencia. Sólo entonces intenta redimir sus desafueros. A
la sombra del señor no crece más hierba que la de la servidumbre que adopta la voz de sirvientes, bufones, mendigos, locos, hijos de puta…sus fantasmas.

La obra comienza con Don Juan Manuel descabalgado por los espectros de la Santa Compaña, heraldos tenebrosos que anuncian la muerte de su bendita esposa
abandonada hace años en su Casa Grande por este fornicador que ha sembrado de bastardos la comarca. Don Juan Manuel parte contra viento y marea camino
de la Casa Grande donde sus cinco hijos ingratos, los lobeznos del drama, se disputan ya la herencia ante el cadaver caliente de su madre. Y viene entonces
la escena de la mortaja y la procesión de mendigos -dignos de Viridiana- que escolta al Señor: “La justicia de los pobres la haremos con el ímpetu de los
señores, cuando seamos cristianos”. Y después la impagable escena de la capilla familiar espoliada por dos de sus hijos, uno de ellos ¡cura! y llega el
Señor y abre la tumba y abraza a la muerta y reparte sus bienes y se quiere morir… Hay mucho más, incluidos los shakespeareanos diálogos entre el Señor
y el loco Fuso Negro. De Don Juan Manuel (Manuel de Blas) abajo, todos los actores -más de 30- están magníficos.

Se suele decir que toda gran obra crea su tradición, antes y después de ser escrita. Por si alguien necesita referencias, ahí van estas: en este Romance
de Lobos suena con furia el tenebrismo barroco y Quevedo y Don Juan y el Lear de Shakespeare y Goya y la necrofilia romántica y Buñuel y los oleos de Gutiérrez
Solana y Buñuel y Cela…Un cuento de ruido y furia contado por un escéptico. ¿Por qué no existe aún en este país una Royal Valle-Inclán Company?

De tu primo LASTRA

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