Mr Pinkerton y los vampiros

Mr Pinkerton y los vampiros

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Querido muchacho:

Ya tenemos aquí los carnavales. Todo el mundo está convencido de que si tu trabajo es el de investigador, reunes las cualidades del mejor maquillador de Hollywood y las habilidades de un cirujano plástico brasileño. Yo no suelo disfrazarme ni preocuparme por los disfraces pero este año me han cogido en mi casa, no tengo ningún caso que me permita desaparecer y me han encargado elegirle un disfraz a mi sobrino preferido. Aunque tenía pensado comprarle un bonito disfraz de diablo cambié de opinión cuando mi angelito me mordió en la parte posterior del cuello dejándome las marcas de sus colmillos para el resto de mis días. Decidido, tenía que ser un buen disfraz de vampiro.

Comencé la búsqueda por el barrio gótico, en la agencia donde me entrenaron siempre insistían en comenzar por lo esencial aunque pareciera inutil. De gótico sólo encontré una catedral, un par de iglesias, y una prostituta especializada en necrófilos, maquillada como un personaje de los Monster y con dos italianos colgados del brazo que alabaron mi aspecto y me preguntaron en que tienda de disfraces conseguía mi ropa. Les mandé a que los sodomizaran en el círculo del infierno de Dante donde tuvieran esa especialidad y cambié de barrio.
Tuve suerte y encontré rápidamente una tienda de disfraces especializada en terror. Creía que la tienda estaba cerrada porque no había luz en el interior. No había nadie dentro. Al apoyarme en la puerta se abrió. Vi que tenían toda clase de disfraces de hombres lobo, Frankestein y demás monstruos de la noche. No estaban identificados, no es necesario. Nadie se confunde en estas cosas porque todos hemos visto películas sobre ellos.. Sin embargo no había ninguno de vampiro.

Un cartel con dos fotos, de Nosferatu y de Bela Lugosi
y con el lema “Vampiros”. Señalaba a unas escaleras que se dirigían en la penumbra hacia un sótano. Estaba iluminado por candelabros con velas de verdad, murciélagos de pega, chorretones de líquido rojo por las paredes y un montón de ataúdes abiertos, con los modelos de disfraces dentro. Todo muy bien ambientado pero sin nadie para atender. Me acerqué al único ataúd que estaba cerrado, cubierto casi en su totalidad por la oscuridad. Entonces empezó a abrirse, con el típico crujir de la madera vieja. Del ataúd salió una figura de la que parecía que brillaban dos objetos blancos a la altura de la boca…

Me quedé paralizado, se acercó lentamente hacia a mí y cuando ya casi podía sentir su respiración… se encendió la luz. Era el dueño de la tienda, un anciano con su dentadura postiza recién limpia, que había reparado la avería eléctrica que mantenía la tienda a oscuras. Resulta que además era el presidente de la Sociedad Española de Estudios sobre Vampiros. Compré el disfraz garantizado por la SEEV y salí volando de allí.

Al volver a casa pasé al lado de un banco, que a esas horas estaba ya cerrado y tenía una gran pintada roja en la persiana “vampiros”. En verdad la pintada tenía toda la razón, los bancos también son inmortales, tienen su propia cripta, te chupan la sangre cobrandote por usar tu propio dinero y te hacen sus esclavos con hipotecas a medio siglo. Y dan mucho más miedo que los de las películas. Dejé el disfraz de vampiro en un contenedor de obra. Le compraré a mi sobrino el de diablo. No quiero ser el responsable de que se haga economista.

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