Mr Pinkerton y la guerra digital del Código da Vinci.

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Querido muchacho:

Ya no quedan huellas de los Oscar, menos mal que sólo son una vez al año, porque acaban sonando como ese tópico periodístico barato sobre las familias en Navidad, un montón de gente que no se soporta poniendo sus mejores sonrisas y un montón de fiestas, desayunos, cenas, meriendas y demás…¡ya deben estar a reventar!. Y un dicho dice que de grandes cenas están las sepulturas llenas. Bueno, seguramente eso lo sabes tú mejor que yo. Te preguntarás porque me intereso yo ahora por el mundo de las sepulturas.

Pues bien, estaba sumergido en Internet, a muchos metros de profundidad, concentrado en la pantalla y con los cascos puestos, cuando sonó un timbre lejano en mi interior. Pensé que se trataba del sexto sentido, una facultad que puede ser muy util en el mundo de la investigación privada. La señal no desaparecía y el peligro tampoco se evidenciaba…Hasta que me quité los cascos y descubrí que mi portera, la Rottweiler, llevaba cinco minutos clavando mi timbre. Al abrir me pidió desesperadamente que bajase al portal, que había algo que no podía manejar. Mientras bajábamos por la escalera iba persignándose continuamente, algo extraño en ella. Llegamos al portal y había… ¡un paquete en forma de ataúd! Lo primero que pensé era que me habías enviado algo de tu comida pero no, el ataúd llevaba otra dirección.

Pues bien, allí estaba el ataúd, que tenía como destinatario la sede de una distribuidora cinematográfica que estaba dos manzanas más arriba. Como no pesaba mucho supuse que no llevaba ningún cadáver en su interior así que creí que podría interesarte para guardar algún tentempié y me decidí a subirlo a casa. A la Rottweiler la convencí rápidamente, prometiéndola que lo iba a llevar a un experto en ataúdes, lo que no es del todo falso. Me lo subí a casa como pude y lo abrí.

Dentro venía otro ataúd más pequeño Era un ataúd de diseño. Tenía impreso imágenes de Jesús y los doce apóstoles al estilo de los retablos de las iglesias. Me fijé en que incluso venía firmado y en un lateral tenía la inscripción de una página web.

Llegó el momento de abrirlo. Dentro no había restos de ningún cadáver putrefacto ni nada parecido. Solo había un DVD de “El código Da Vinci”. Al reproducirlo aparecía una persona dirigiéndose a los encargados de distribuir la película en España, amenazándoles con distribuir esta copia pirata de la película antes de su estreno el próximo mayo. La película parecía la original, e incluso estaba doblada al castellano. Después de verla salía una página web en la pantalla donde según se decía se aclaraban de verdad los hechos que se contaban en el libro y la película. Por lo que he podido encontrar en Internet parece que es una página de miembros del Opus que rivaliza con otra por contar la mejor verdad sobre esos hechos.

Al menos no se puede negar que sean imaginativos. Por cierto muchacho, te voy a enviar el ataúd para que le des más uso que yo, aunque en páginas como esta verás que un ataúd se puede usar para muchas más cosas.

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