Centenario Wilder: Billy en Hollywood

Centenario Wilder: Billy en Hollywood

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Querido diario:

“El venas” se ha quedado ensimismado mirándose cómo las gotas de sudor hacen caminos en su piel. Cuando le da introspectivo es mejor dejarle a su bola y aprovecho para abrir el chip de Carlos L-T para mirar en su zona Wilder. Mientras se formatea me escucho este WilderyHollywood.mp3mp3…

El primer contacto real que tuvo Billy con Hollywood llegó en forma de telegrama. Un amigo de Alemania, Joe May, que había dejado su puesto en las altas esferas de la UFA, se había ido unos meses a París para saltar luego a Los Ángeles y convertirse en productor de la Columbia.

El telegrama era un contrato por la idea y el guión para un musical. El estudio le pagaría ciento cincuenta dólares a la semana para que escribiera el guión. Más importante aún, la Columbia le pagaría el billete de París a Los Ángeles, solo la ida.

Después de ser recibido por su hermano mayor en Nueva york, tomó el tren que le llevaría a Los Angeles, más de cuatro mil kilómetros. El “Twentieth Century” lo llevó hasta Chicago , y el “Chief” le trasladó hasta California. Desde Chicago se tardaban cincuenta y cinco horas en el Chief, que ya tenía fama de “hotel rodante para estrellas de cine”. Wilder atravesó el corazón del oeste americano -Dodge City, el cañón del Diablo, cruzando llanuras de maíz y desiertos vacíos y polvorientos.

Joe May esperaba a Billy en la estación y se lo llevó a su casa en Hollywood Hills, el primero de muchos lugares de Hollywood donde iría viviendo a lo largo de los años.

Aunque Billy no era un judío practicante, había vivido lo ocurrido en Berlín durante la ascensión de los nazis y en sus circunstancias necesitaba cualquier tipo de solidaridad. En aquel Hollywood Los principales directores no eran judíos, con la excepción de Lubitsch, tampoco había demasiadas estrellas judías: los hermanos Marx eran los más conocidos, pero sí que había tantos escritores judíos como los había habido en la Ufa. Entre ellos, algunos de los guionistas con más éxito

En aquel periodo de guionista su refugio fue el hotel Chateau Marmont. Incluso Billy y su primera esposa Judith vivieron un breve periodo en una suite del hotel, pero, por razones que nunca ha explicado, se trasladaron a la casa de la madre de Judith, en el 8224 de De-Longpre, en West Hollywood.

Por fin, al mismo tiempo que se estrenaba como director, en 1941, Judith y Billy se compraron una propiedad en el 9590 de la Hidden Valley Road, cerca de la cima del Coldwater Canyon. La casa estaba rodeada por un terreno muy amplio al final de un camino serpenteante, alejada hasta de la diminuta Hidden Valley Road, en pocas palabras: muy aislada. Aquella fue su primera casa propia.

Billy apreció la buena comida desde que pudo comenzar a pagarla, y siempre mantuvo su afición por los sabores centroeuropeos. A lo largo de su vida se movió por muchos restaurantes hollywoodienses de moda y por algunos de los que sobrevivieron muchos años. Pero no logró ir mucho al que más le hubiera gustado ver alcanzar el éxito, “El Danubio Azul”.

Joe May, el hombre que le había traído hasta Hollywood, vio cómo su carrera de productor se hundía y en un intento de ganarse la vida, decidió abrir un restaurante. Su esposa, Mia, que en tiempos había sido una de las principales estrellas de Alemania, era la cocinera. El restaurante tenía especialidades húngaras. Algunos de los viejos amigos de los May hicieron cuanto pudieron para atraer a mucha gente al “Blue Danube”. Billy mismo contribuyó al intento con tres mil dólares. El Blue Danube abrió la primera semana de abril de 1949. Cerró dos semanas después, tras un fracaso absoluto. Los May quedaron tan desilusionados que muy raramente se les volvió a ver en fiestas sociales.

“Dominick’s” era otro de sus restaurantes favoritos, donde se encontró por casualidad con Jack Lemmon para soltarle: “Tengo una idea para una película en la que me gustaría que intervinieras. Se trata de dos hombres que huyen de unos gángsteres, huyen porque corre peligro su vida, se disfrazan con ropa de mujer y se unen a una orquesta femenina”.

“Si cualquier otro me hubiera dicho eso”, comentó Lemmon después de que se estrenara “Con faldas y a lo loco“, “habría salido corriendo como una liebre. ¿Vestirme de mujer? Pero, como era Billy Wilder, dije: “Muy bien, lo haré si estoy disponible y, si no lo estoy, me encargaré de estarlo”.”

El local más clásico de Hollywood en los años 50 era el “Romanoff “, abierto por Mike Romanoff, un vividor que se hacía pasar por príncipe ruso blanco expulsado por la revolución bolchevique. En realidad era Hershel Geguzin, de Polonia o Lituania, hijo de un sastre, cuya única relación con el Zar fue cuando los soldados rusos detuvieron a su familia en una redada.

Era un hombre menudo que se mantenía erguido, siempre iba inmaculadamente vestido, llevaba las manos cruzadas delante del cuerpo y un bigote minúsculo subrayaba su bulbosa nariz sobresaliente. Detrás de la barra había un retrato suyo, al óleo, luciendo ropajes reales.

Se sentaba con los clientes importantes para contar, con un fuerte acento de Brooklyn, alguna anécdota personal como que había sido invitado a asistir a una gala benéfica, y que después de asegurarse de la categoría del asunto exigiendo ver la lista de invitados, había ido a buscarlo un cochazo, que le llevó a la gala y después a su hotel, donde descubrió que le prohibieron la entrada a su suite por deber todavía dos meses.

Mike había logrado hacer que su local fuera el más popular y siempre se encontraba a alguna estrella o director que dejaban sus cochazos aparcados en Rodeo Drive, no lejos de Sunset Boulevard, para cenar en el lugar que se definía como “antro adonde van Aquellos que Cuentan en la Industria”.

Billy Wilder y su futura segunda mujer, Audrey Young, cenaban allí una noche con Goldwyn y su mujer, cuando se acercó a la mesa un hombre muy alto, tambaleante, con un traje arrugado y manchado, que casi parecía un mendigo. Apuntó con el índice a Goldwyn y le espetó:
-. “Aquí estás, hijo de puta. Debería estar haciendo una película. Yo soy ese…”
Frances Goldwyn, la mujer de Samuel, sin levantar mucho la voz le echó:
-. “Váyase, viejo estúpido”.
Cuando el hombre se fue la mujer del dueño de la Metro preguntó a su marido si le conocía.
-. “Ese hombre era D. W. Griffith”.

Pero en Romanoff no sólo podía vivirse el drama de los “caídos” en Hollywood, sino también asistir a momentos de los que se recopilan para los libros de memorias como haría Huston:

“Se llamaba Evelyn Keyes. Había interpretado el papel de la hermana pequeña de Scarlett O’hara en “Lo que el viento se llevó”. Era joven, vivaz y agradable. Como antídoto contra mi depresión, la invité a cenar unas cuantas veces. Una noche, en Romanoffs, se inclinó sobre la mesa y dijo, sin que viniera a cuento:

-John, ¿por qué no nos casamos? Yo había tomado cócteles antes de la cena, vino con la cena, y ahora estaba en el coñac.
-Diablos, Evelyn, apenas nos conocemos.
-¿Se te ocurre una manera mejor de llegar a conocernos?
En eso tenía razón.
-De acuerdo -dije-. ¿Cuándo? ¿Dónde?
-Ahora mismo. Esta noche. Vámonos a Las Vegas.

Llamé a Mike Romanoff y le pregunté qué le parecía la idea. Mike era totalmente partidario. Tomé otra copa, y de pronto me oí decir:

-¡De acuerdo, hagámoslo! Mike se fue corriendo a su casa a traer un anillo de boda que alguien había perdido en su piscina, y yo llamé al piloto Paul Mantz, que trabajaba en el cine, y fleté un avión.”

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