Centenario Visconti: La familia I

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Querido sobrino:

Hemos dejado los Alpes para visitar Milán. Se que estás recordando a Visconti y claridge ha deseado visitar algunos lugares que inspiran el recuerdo.

Luchino nació en la década más feliz que recordaba haber vivido el pueblo italiano, la primera del siglo XX, en una familia numerosa con unos padres que se amaban. Carla Erba, su madre, de origen plebeyo pero con una fortuna enorme y una educación exquisita, y su padre, Giuseppe Visconti, noble como el que más, y conquistador conquistado por la mezcla de sencillez y pasión de la joven. Le fascinaba ver aparecer en su exquisita esposa a la “plebeya” que se ajustaba el delantal y, arremangándose, ayudaba a la mujer del portero a hacer el risotto. Conservando además una elegancia y demostrando una cultura, que estaba lejos de alcanzar la reina Helena, de quien fuera dama de honor hasta los veinte años. Carla Erba, heredera de una fortuna inmensa y admirada por su extraordinaria belleza se casó por amor y no por conveniencia. De hecho rechazó una oferta de matrimonio del rey Pedro de Serbia, ya que estaba muy enamorada del conde Giuseppe y prefirió casarse con él.
Ambos cumplieron con brillantez el papel que les marcaba las costumbres de la época.
En el corazón de Milán, a dos pasos del Duomo y de la Scala, aún se resiste a la erosión el blasón ondulado con las serpientes, sobre una fachada en la via Ciño del Duca, restos del viejo palacio que, durante más de dos siglos, presenció el esplendor de la familia Visconti di Modrone.
Antes de que los precios aconsejaran venderlo y fragmentarlo, era una mansión de tres pisos tan inmensa, con tantas ventanas, que había varios criados especialmente encargados de abrirlas y cerrarlas.
El padre de Luchino no consideraba que un príncipe se manchara las manos por hacer los mismos, y a menudo mejores, negocios que cualquier burgués. Despreciaba el estilo indolente y parasitario de los príncipes a la romana, enseñaría a sus hijos que su nacimiento no les otorgaba todos los derechos. Giuseppe Visconti no sólo dirigía la firma de productos farmacéuticos Erba, financia jóvenes compañías de teatro, crea una fábrica de perfumes y productos de belleza, se lanza luego a la industria del mueble y la decoración vendiendo papeles pintados, muebles adornados con motivos de papeles pegados y barnizados y dirige la fábrica de dulces Pinocchio.
Fuera del trabajo se encerraba muchas horas en los andamios que hace instalar en sus mansiones, donde pinta frescos de gusto renacentista. Es lo bastante bueno para que un día el rey le pida que pinte un conjunto de personajes femeninos que desea combinar con una tela del siglo XIX que representaba a un grupo de hombres. Giuseppe imitó tan perfectamente el estilo del autor, que un experto encargado por la reina Helena de examinar las obras concluyó: “El auténtico es éste, se lo garantizo”, señalando la copia hecha por Giuseppe.
También dedica tiempo a su pasión por los disfraces, los juegos teatrales y mundanos, por las ciencias ocultas y por las sesiones de espiritismo, por los sueños que recomienda a sus hijos anotar.
Cuando está en Milán acude al consejo de administración de la Milano Films, junto a varios príncipes, marqueses y condes milaneses, se interesa por hacer películas de “calidad”, que suelen ser históricas y épicas. Cuando Luchino tiene seis años, no le interesa tanto ver “El infierno de la Divina Comedia” donde participa su padre, como cuando su padre les acompaña al cine Central, donde Luchino se apasionará por las primeras películas americanas de gángster.

Su padre acabaría por separarse de la madre, tras casi veinte años de armonía. Don Giuseppe recuperó las armas de su carácter seductor. Cuando creó su empresa de perfumes y productos de belleza, Gi Vi Emme, dicen que los nombres que dio a sus esencias y aguas de colonia, Condesa azul, Narciso enamorado, se inspiraban en sus conquistas; cuando lo nombraron edecán de honor de la reina Helena, se murmuró que era su amante. Vivió cada vez más tiempo en Roma, en la casa de la via Salaria que había mandado construir junto a la villa Savoia. Pero también se le atribuían aficiones homosexuales. Cuando falleció “don Zizi” Se habló mucho del número impresionante de jóvenes protegidos que se presentaron en el castillo de Grazzano. Y sobre como se les rogó, con educación pero también con firmeza, que se esfumaran.

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