Centenario Visconti: El gran baile de Luchino

Centenario Visconti: El gran baile de Luchino

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Querido sobrino:

Acabamos de abandonar la cripta donde los milaneses más crédulos piensan que descansan los restos de los tres Reyes Magos. El lugar tiene ese olor reconocible a polvo milenario, compuesto por aire enrarecido, ácaros en suspensión y cera quemada.
Que sean tres esqueletos falsos no tiene demasiada importancia a estas alturas, y Luchino Visconti me daría la razón. Los italianos tienen una expresión, “si non é vero, e ben trovatto”, equivalente a que si, algo no es verdad pero podría serlo, basta para que un espectador lo pueda creer y aceptar una fantasía. Es la esencia de la filosofía de un buen timador y del cine.
Luchino lo llevó hasta el extremo. Su perfeccionismo era tan irritante como valorado por quienes le vieron trabajar y lo “sufrieron”.
Tal vez el mejor ejemplo sea la gran secuencia del baile en “El gatopardo”.

Vídeo

Muchos palermitanos supieron que se estaba rodando una película al preguntar por aquellas furgonetas que transportaban kilos y kilos de flores frescas llegados a diario por avión desde San Remo. Se dirigían al viejo palacio Gangi, y eran parte del decorado para filmar la historia de la gran novela escrita por un aristócrata siciliano. El palacio se había reabierto excepcionalmente para acoger el rodaje del famoso baile en sus salones. Luchino se reservó un suntuoso apartamento privado, atendido por criados, desde donde hacía sus apariciones como un príncipe del Renacimiento, por la fastuosidad y por la autoridad que irradiaba. En el set era el amo absoluto, el último príncipe de la cinematografía. Entrar en aquel salón era como entrar en un templo, no se oía ni el vuelo de una mosca, y no es que faltaran, aunque en la escena que rodó no podrás ver ninguna. El rodaje de esta secuencia, sobrino, se ha convertido en una leyenda, salvo que en este caso la leyenda fue cierta.

Durante 48 días, desde las 7 de la tarde hasta el amanecer, el palacio resonó con la música que bailan el príncipe Salina y la Cenicienta, Claudia Cardinale! Con ellos los representantes más hermosos de la aristocracia palermitana. Todo en un “infierno” donde se suma la temperatura extrema del verano de Palermo a la de los arcos voltaicos de la iluminación. No sólo resultaba imposible pretender filmar antes del crepúsculo, sino que hubo que instalar un cuarto de lavar y planchar en la planta baja para poder limpiar los guantes blancos de los hombres, que se manchaban con el sudor al cabo de pocas horas.
100 figurantes, 20 electricistas, 120 costureras, 150 artesanos a cargo de los decorados, peluqueros y maquilladores. Los maquilladores se instalaban en el set a la una y media de la tarde y terminaban a las 6 de la mañana. “Por lo demás, todos acabamos aquejados de gastritis a fuerza de comer sandwiches, fumar y beber un café tras otro”, recordaba uno de ellos años después.
Antes de filmar, Visconti pasaba revista a todos y a todo.
“El set ofrecía un espectáculo asombroso -suele contar Claudia Cardinale a sus amigos- —. Luchino era exigente hasta la locura; no se le escapaba nada… ¡y ay si un pequeño detalle no era perfecto y auténtico! Mi vestido era fabuloso, pero el corsé también era auténtico y tan rígido que cortaba el aliento… También eran auténticas las sales y el perfume que llevaba en mi pequeño bolso de mano, en suma, todo, todo… El estudiaba cada detalle de una manera casi maniática, asistía a las pruebas de vestuario, al maquillaje; su meticulosidad era increíble… Al término del rodaje mi peluquera tuvo una depresión nerviosa, porque mi peinado era tan complicado que le llevaba más de dos horas en cada ocasión. Aquello fue extenuante para todos”.

Los nobles sicilianos, de cuyas casas habían salido prestadas las vajillas de oro y plata que estaban sobre las mesas, y que Visconti utilizaba para que se encarnaran a sí mismos, caían como moscas. Si el ambiente era sofocante, además era preciso cambiar cada hora las velas auténticas de la araña, y se añadía el calor de las cocinas instaladas cerca del salón de baile, para que las carnes asadas y otros platos llegaran todavía humeantes.
Filmar aquello fue toda una hazaña. Claudia Cardinale ya conocía a Visconti, Alain Delón también pero Burt Lancaster era un astro en el cenit de la fama, y Luchino lo recibió con desconfianza, lo sometió sin demora a un régimen de terror y no sólo transformó a aquel yanqui en un “gatopardo” fino y aristocrático, sino que además lo subyugó hasta cambiarlo para siempre. Burt llegó al set dispuesto para su primera escena. Un baile con Claudia que Luchino exigía que se bailara a la perfección. Le dolía mucho una rodilla y las cosas salieron mal. En cuanto Luchino lo advirtió, se puso a gritarle. Le dijo que no le importaba en absoluto toda aquella historia del “divo”, del esguince que había sufrido por tener aún la presunción de fingirse un joven deportista. Luego, le dio la espalda con el desdén de un monarca, cogió de la mano a Claudia Cardinale y se largó a su apartamento acondicionado diciendo al actor que comenzarían de nuevo cuando él estuviera preparado. Durante más de una hora Claudia y Visconti tomaron champaña y charlaron hasta que llegó su asistente, a avisarle de que Burt quería hablar con él.
Después se rodó la danza y aquél fue el comienzo de una amistad entre Visconti y Lancaster, que se basó en una entrega sin ninguna resistencia del actor a aquel cineasta cuyo equivalente jamás había visto en Hollywood. El ex acróbata de circo y vaquero inculto, adoptó en adelante y en su vida privada el modelo del aristócrata italiano. Si el deseo de Visconti de tener a Marlon Brando para el papel se hubiera cumplido! ¡Qué temperatura habría alcanzado aquel salón!

He de hacer algo sobrino, volverás a tener noticias y hasta entonces recibe un saludo de tu tío Anibal L.

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