El aperitivo para el viernes: “Gigi”

El aperitivo para el viernes: “Gigi”

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Querido diario:

Al comerme esto que han hecho los psicos de LQYTDiga para el Canal clásico de TCM, me ha dado un síncope hipnótico y mientras me convulsionaba junto a mi electro he recordado….

Una noche, en la primavera de 1951, Audrey Hepburn asistía a un cóctel en Londres. Le presentaron a un millonario atractivo e irresistible: James Hanson. Metro noventa y cinco, cabellera rubia y ondulada, sonrisa deslumbrante, veintiocho años, siete más que Audrey, heredero de una fortuna familiar de decenas de millones de libras esterlinas. Entre sus amigas estaban Joan Collins, Ava Gardner, y Jean Simmons. Añadió a su lista el nombre de Audrey. Pronto entablaron una relación formal que no hubo manera de ocultar a la prensa. La madre de Audrey, la baronesa dio su aprobación con la velocidad de un fórmula uno entrando en meta. Comenzó los planes para un enlace que proporcionaría a su hija estabilidad y seguridad.
Las doscientas cincuenta páginas de la novela “Gigi” ya estaban escritas, en un estilo irónico y demasiado escandaloso para los más puritanos. Gigi era una adolescente parisiense, a quien su madre, su tía y su abuela han educado para que se convierta en una estupenda cortesana, en la amante de algún rico. Las tres están convencidas de que es el camino más corto y fácil hacia una vida de lujo.
Yo lo flipo bastante cuando se mezclan la vida y el cine. Suele dar buenos resultados.
Audrey rodaba ese año en la riviera francesa una película de la que no queda recuerdo y donde no tenía un papel importante. Era un traje a medida para la hija de Gloria Swanson, que hizo su primera y última interpretación.
Una tarde el equipo de la película rodaba en el hotel de París. Mientras se filmaban las secuencias en el vestíbulo, entró una anciana que volvía de la playa en una silla de ruedas. La dama se detuvo un momento a mirar cómo se filmaba, luego le pidió al hombre que la empujaba que continuaran, y ambos se dirigieron a sus habitaciones.
La dama con pinta de excéntrica era la escritora francesa Sidonie-Gabrielle Colette, que firmaba sus obras sensuales y polémicas solo con su apellido.
Colette tenía setenta y ocho años y la artritis la obligaba a moverse en silla de ruedas, a guardar cama y a recibir cuidados continuos. Sin embargo, su mente seguía tan despierta como de costumbre, su percepción de cuanto la rodeaba era clara y su vista la de un halcón.
Su novela “Gigi”, publicada en 1945, se había llevado a la pantalla grande tres años después, se había transformado en teatro para Broadway y se preparaba ya otra versión en ese momento de 1951, aunque había un par de problemas: tras hacer pruebas a todas las actrices que interpretaban papeles de ingenua en Broadway no había habido forma de encontrar una Gigi, y según su contrato, Colette tenía que dar el visto bueno a la actriz que fuera a encarnarla.
Se lo dio a la chica que había visto aquel día en el hotel y así “gigi” convirtió a Audrey en estrella de teatro.

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