Rosa de Tokio y II

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Querido diario:

En plena guerra americano-japonesa, radio Tokio se convirtió para los usamericanos en la radio enemiga cuyas locutoras despertaban sensaciones entre los soldados que iban del odio a la nostalgia. La emisora acabó teniendo más de veinte locutoras, casi todas nacidas en Usamérica, que encarnaban alternativamente a “Orphan Ann”, que fue rebautizada como Rosa de Tokio por los marines.
Terminada la contienda, unos periodistas norteamericanos viajaron a Tokio para hacer un reportaje sobre aquella “Rosa” que aparecía en cartas y relatos de los supervivientes. Les hablaron de varias chicas y una locutora les dio el nombre de Iva. La localizaron y le ofrecieron dinero por la entrevista. Iva lo necesitaba. Se había casado y el matrimonio no tenía recursos. Los periodistas le pusieron como condición que firmara una declaración diciendo que era la “Rosa de Tokio”. Hicieron la entrevista y luego entregaron el material reunido a la policía militar.
Iva fue detenida y encarcelada. Las otras locutoras habían renunciado a la nacionalidad estadounidense, pero Iva no, y por ese motivo el fiscal encontró; la forma de acusarla por traición a la patria. Se hizo una investigación a fondo y ni el ejército, ni el FBI, ni el Departamento de Justicia de EEUU, encontraron algo sólido para la acusación. El caso fue archivado y la pareja pensó que todo había acabado.
Iva quedó embarazada y pidieron el pasaporte para regresar con su familia y a su país.

Pero el periodista Walter Winchell, una especie de “cazador de brujas” con los escrúpulos de un retrete, la tomó como objetivo. La “Legión Americana” y los “Hijos e Hijas Nativos del Dorado Oeste” lanzaron campañas de protesta, mientras el alcalde de Los Ángeles le prohibía la entrada por “influenciar negativamente a los leales Japo-americanos.”
El bebé de Iva murió al nacer. Fue arrestada nuevamente en Japón y llevada a San Francisco, sin permitirle a su esposo, Felipe d’Aquino, portugués con ancestros japoneses, que la acompañara. De hecho nunca le permitieron el ingreso a Estados Unidos. En contra de su voluntad, la pareja se divorció en 1980 y d’Aquino murió en 1996.
Iva entró por fin en el puerto de donde había salido cuatro años antes. Fue recibida y encarcelada. Un tribunal Federal la acusó de traición, en la foto un agente del FBI detine a Iva a su llegada a San Francisco. El “circo” de la prensa sensacionalista y el revanchismo tampoco consiguieron ninguna prueba. Sus propios compañeros en radio Tokio, prisioneros de guerra norteamericanos, declararon con total convicción que no era una traidora. El mismo fiscal acabó reconociendo que había sido presionado para presentar el caso, y el jurado no era capaz de encontrar tampoco ningún motivo para una condena.
Entonces el juez les recordó que los tres meses del caso habían convertido el juicio en el más caro de la historia del país. (A valor de hoy, unos diez millones de dólares) y que tenían que dar un veredicto sin más dilaciones.
El veredicto la declaró inocente en 7 de los cargos y culpable en uno. Era culpable por hablar “delante de un micrófono sobre acciones relacionadas con el hundimiento de barcos estadounidenses”. La pena mínima era 5 años y 5 mil dólares de multa. La pena máxima para casos de traición era la pena de muerte.
La pena final aplicada a Iva, fue de 10 años y 10 mil dólares, además de ser despojada de la nacionalidad.
Cumplió seis años de los diez y en 1956, Iva Toguri fue liberada y deportada a Japón, donde se reunió con su esposo. El Departamento de Justicia reclamó el pago de los 10 mil dólares de multa y se lo cobró despojando a su padre de las tierras que le pertenecían cuando murió en 1972.
Ron Yates, periodista en el Chicago Tribune, encontró a acusadores de Iva que dijeron haber sido presionados por los fiscales para mentir. Ya como decano de la Universidad de Illinois, retomó el caso como un ejemplo de injusticia. Por fin, en 1977, el Presidente Gerald Ford perdonó de manera incondicional a Iva y le pidió excusas en nombre de la Nación, manifestando que estaba convencido de que fue falsamente acusada y condenada. La “Rosa de Tokio” pudo regresar a su país y vivió los últimos años en un lugar de Chicago. El cine la seguirá recordando y se hizo una película en los años cuarenta llamada “Rose of Tokyo” que, como le había ocurrido en la vida real, no le hizo justicia.

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