Ingmar Bergman, símbolo del cine europeo

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Querido diario:

Cien soldaditos de plomo. Ese fue el precio que Ingmar Bergman tuvo que pagar por su primer proyector de cine. Su padre, un sacerdote luterano, había confundido los regalos de Navidad y había puesto el nombre del hermano de Ingmar, Dag, sobre la caja de latón con una manivela y una luz de keroseno que funcionaba como proyector de juguete. Tenía sólo ocho años y no le interesaba el ejército de plomo que le había dejado Papá Noel.

Desde entonces hasta su última película “Fanny y Alexander” dirigió más de cuarenta largometrajes, trabajó como actor, como ayudante de dirección, productor… incluso hizo las letras de las canciones de algunas películas, entre ellas las de “El séptimo sello”. Pero su gran pasión era, por encima incluso del teatro. En el teatro y en la literatura fue donde se refugió después de abandonar la dirección cinematográfica. Lo abandonó porque ya no podía darle más. Así lo explicaba con 71 años en una entrevista a El País Semanal:

“La felicidad fue “Fanny y Alexander”. Y eso es el cine: la búsqueda de la felicidad. Cuando encuentras la felicidad, ya está hecho. Es un instante, una imagen, pero llena como su fuera un siglo. Luego se va, y se va un siglo”.

Admirador de Almodóvar, decía que nunca había dejado de ser un niño. Se divorció cuatro veces y es viudo desde 1995. La muerte de su última esposa, Ingrid Von Rosen, fue el golpe más duro de su vida. Otro fue cuando le arrestaron por evasión de impuestos. Retiraron los cargos pero el episodio marcó tanto al director sueco que se mudó a Alemania, dolido por el trato recibido. A esos dos episodios dolorosos de su vida hay que añadir un tercero: cuando descubrió los crímenes nazis durante la guerra. Él había admirado de joven a Hitler y sólo cuando descubrió el genocidio rechazó al nazional-socialismo. De ahí salió “El huevo de la serpiente”.

La isla de Faro, junto a la de Gotland, casi a la misma distancia entre las repúblicas bálticas y Suecia, fue su última residencia.

Para ser un buen director de teatro, decía, sólo hay dos reglas: primero, cerrar la boca; segundo, escuchar. La primera parece muy fácil porque hasta los soldaditos de plomo de su hermano la cumplían. Él la cumplía en exceso: podía pasar años sin conceder una sola entrevista ni participar en una rueda de prensa. Ahora, muerto a sus 89 años, va a seguir cumpliéndola. La segunda, escuchar, ya no. Ni siquiera la salva de honor que sus despechados soldaditos de plomo le estarán enviando desde algún lugar.

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