In Memoriam: Deborah Kerr, la pelirroja besada por la playa

In Memoriam: Deborah Kerr, la pelirroja besada por la playa

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Querido diario:

Ha muerto una de las últimas leyendas vivas del cine de los 50 y 60. Ha muerto una gran mujer. Ha muerto Deborah Kerr a los 86 años. Mi fiambrera tiene el honor hoy de recibir a una de las mujeres más guapas que he visto en el cine y una de las protagonistas de la primera gran escena erótica de los 50. Hasta el nombre lo tiene sexy…Deborah…ay Deborah…Además, me ha tranquilizado que el paso a la fiambrera lo haya dado en su casa de Suiza y en paz. Es menos traumático.

Deborah Kerr nació en Helensburg, en Escocia, con el nombre completo Deborah Jane Kerr-Trimmer una mañana de 1921. Su padre fue un militar que sufría las consecuencias de las heridas ocasionadas durante la Primera Guerra Mundial. Siendo una joven tímida, descubrió la interpretación como un medio para expresarse. Su tía, que era una estrella de la radio, le consiguió algunos papeles en obras teatrales mientras era aún adolescente.

InMemoriamDeborahKerr_playa.jpgDurante una de estas interpretaciones Kerr fue descubierta por un productor de cine británico, quien la contrató para dos películas en 1941 (una de ellas el clásico de Gabriel Pascal “Mayor Barbara” junto a Rex Harrison). Kerr tuvo éxito y se convirtió rápidamente en una estrella del cine británico, interviniendo en títulos del calibre de “El coronel Blimp” (1943) junto a Anton Walbrook, “Separación peligrosa” (1945) al lado de Robert Donat o “Narciso negro” (1947) en compañía de Jean Simmons.
Poco después, la Metro-Goldwyn-Mayer la contrató debido a su carisma y belleza felina y Kerr intervino en varias películas que tuvieron una buena acogida y hoy son verdaderas joyas. Las más conocidas de aquél periodo son “Edward, mi hijo” (1949) con Spencer Tracy; “Las minas del rey Salomón” (1950) compartiendo cartel con Stewart Granger; “Quo Vadis?” (1951) junto a Robert Taylor o “El prisionero de Zenda” (1952) de nuevo con Stewart Granger además de James Mason.

Toda esa etapa de esplendor no impidió que Kerr se sintiera encasillada en cierto tipo de personaje femenino estereotipado, por lo que aceptó en 1953 actuar en “De aquí a la eternidad”, película en la que tuvo una escena con Burt Lancaster que en aquella época rozó el escándalo y con la que rompió su imágen de heroína virginal e ingenua. La película tuvo gran éxito y Kerr fue nominada, merecidamente, al Oscar como mejor actriz principal encarnando a una mujer no muy candorosa precisamente y alejada totalmente del patrón por el que estaban cortados casi todos los papeles femeninos de la época.

Remójate un poco con ella…

Vídeo

A partir de entonces Kerr empezó a demostrar su talento para papeles dramáticos ricos en matices y de sugerentes implicaciones emocionales, completados por la solidez adquirida en sus experiencias teatrales. Alternó toda clase de papeles en películas tan destacadas como “Julio César” (1953) compartiendo cartel nada menos que con Marlon Brando, James Mason, Greer Carson o Louis Calhern; “Vivir un gran amor” (1954) al lado de Van Johnson en una historia sobre una novela autobiográfica de Graham Greene revisitada en 1999 por Neil Jordan con buen tino en “El fin del romance”; o “El rey y yo” (1956) con Yul Brynner, también numerosas veces llevada a la pantalla (la última en 1999 con Jodie Foster).

InMemoriamDeborahKerr_Oscar.jpg

Posteriormente se decantó por la alta comedia con la adaptación de una exitosa obra de teatro; “Sólo Dios lo sabe” (1957) al lado de Robert Mitchum; la maravillosa “Tú y yo” (1957) o “Mesas separadas” (1958).
Los años 60 muestran que, pese a la calidad de sus interpretaciones y al éxito comercial de las películas en que interviene, los críticos y las academias de cine no parecen darse por enteradas. A destacar de esta etapa dramática y de madurez interpretativa “Otra vuelta de tuerca” (1961) y “La noche de la iguana” (1964).

Kerr estuvo casada dos veces, la última y desde 1962 con un importante dibujante de carteles con el que ha convivido hasta el final de sus días en los que la enfermedad del Parkinson hizo mella en ella. Enamorada de España (chapurreaba bastante bien nuestro idioma), pasó largas temporadas en Marbella en una casa esplendida y pegada al mar en el que contemplaba la gloria que la Academia de Hollywood nunca le dió, la nominó 6 veces al Oscar (todas esas nominaciones en un periodo de 11 años de filmografía) y Kerr nunca ganó la estatuilla recibiendo el Oscar honorífico como reconocimiento en 1994, pero ella ya sabía que la gloria la había alcanzado con sus películas sin necesidad de premio alguno. Seguro que para corroborarlo cantaría algo como esto, una canción de amor, recuerdos y despedida como la de “Tu y yo”….

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