Asesinos en serie: El otro destripador inglés

Asesinos en serie: El otro destripador inglés

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Querido diario:

Dentro de tres años Peter Sutcliffe, debería quedar libre de la reclusión en el ala hospitalaria de la prisión especial de seguridad de Parkhurst, en la Isla de Wight. Pero el destripador de Yorkshire, tiene pocas posibilidades de conseguirlo.

Ha sido atacado en tres ocasiones, en el segundo ataque intentaron ahorcarlo con unos audífonos, y en el último otro asesino intentó clavarle una pluma en el ojo y le rajó la cara con una taza rota. Aunque sobreviva hasta entonces, su estado psíquico aconsejará a las autoridades su traslado a otro centro vigilado.
El director Philip Borsos tomó muchos detalles del destripador para el guión de su película "Llamada a un reportero", ya que el caso provocó el pánico en el norte de Inglaterra, el mayor despliegue de la policía hasta la fecha, y una exhibición de errores sucesivos cometidos por los investigadores.

Peter William Sutcliffe nació en el verano de 1946 en una región industrial de Yorkshire, y tuvo una infancia amarga. Su padre trabajaba en un molino de harina y toda su pasión la dedicaba a la competición deportiva. Peter era el mayor de sus seis hijos y salió un debilucho que no cumplió sus expectativas de orgullo paterno.
Peter se refugió en su madre, en la sensibilidad femenina que le era mucho más cercana. Su introspección y su aspecto lo convirtieron en una víctima para sus compañeros de colegio hasta el punto de buscarse un refugio donde poder estar en el tiempo de las clases.
Dejó la escuela a los 15 años para trabajar con su padre en el molino, pero no duró ni en ese ni en la sucesión de trabajos alimenticios sucesivos, exceptuando el tiempo que estuvo como enterrador, donde nunca era molestado y no resultaba un trabajo rígido. Sólo se interesó con el tiempo por la mecánica de coches.
Saltando de trabajo en trabajo, a mediados de los años sesenta, a sus 20 años, Peter salía a tomar copas con los amigos. Se decidió un día a hablar a una chica que se llamaba Sonia, tenía 16 años y era hija de inmigrantes checoslovacos. En un primer momento al padre de Sonia no le gustó Sutcliffe, pero con el tiempo aceptó que era un chico trabajador, con dinero en el bolsillo y que trataba bien a su querida hija. A los padres de Peter tampoco les gustó Sonia, porque su personalidad era fría, era muy poco comunicativa y muy distante.
La pareja vivió con los padres hasta que Sonia sacó el título de maestra y pudieron reunir dinero para independizarse, mientras desarrollaba una fobia extrema que la llevaba a limpiar la casa sin parar, y a remodelarla cambiando muebles y enseres constantemente. Peter obtuvo por su lado la licencia para conducir camiones y encontró trabajo viajando por el país y el continente europeo.

AsesinosenseriePeterSutcliffeAutoretrato.jpgEl 10 de Octubre de 1975, en su ronda habitual, el repartidor de leche de un suburbio, vio entre la niebla un bulto tendido en el césped. Al acercarse encontró el cadáver de una mujer, tumbada boca arriba, con el pelo oscurecido por la sangre. La chaqueta y la blusa estaban abiertas, el sujetador desabrochado. Tenía bajados los pantalones pero las medias seguían en su sitio. Había recibido catorce puñaladas en el pecho y estomago. El apuñalamiento había sido postmortem.
Era Wilma McCann, una prostituta de 28 años. Fue la primera victima de Peter Sutcliffe que se había creado una buena imagen, excelente esposo, compañero de trabajo callado y atento. Pero también había dejado ver algo de su lado oscuro.
Gary Jackson, compañero en el cementerio comentó que robaba anillos y otras joyas a los cadáveres que enterraba y que era muy proclive a jugar bromas pesadas con los cuerpos. Su cuñado le acompañó algún tiempo a tomar copas por los antros de las zonas de prostitución de Yorkshire. Pero se hartó de él porque por un lado le comentaba sus hazañas con prostitutas, pero en su casa, en familia, criticaba a los hombres casados que lo hacían.

Trevor Birdsall se convirtió en amigo de Sutcliffe en la misma época que este conoció a su mujer y continuó siendo su amigo hasta la detención. Sabía perfectamente que le gustaban las prostitutas pero a la vez las odiaba. Su carta indicando la sospecha fue una de las miles recibidas por la policía, completamente desbordada por el caso.
Entre 1975 y 1978 Peter asaltó de manera brutal a 14 mujeres, cinco sobrevivieron milagrosamente. Las víctimas que murieron habían sido asesinadas con golpes de martillo en la cabeza. En algunos casos, arrastró el cadáver hasta un lugar más resguardado, donde se ensañaba con ellas apuñalándolas hasta 52 veces en pecho y espalda. No presentaban señales de violación, pero las primeras pruebas fueron marcas de sus dientes en la carne y también las huellas de sus botas, porque se desahogaba pateando a sus víctimas hasta cansarse. En una ocasión saltó encima del cuerpo de la mujer hasta romperle las costillas.

La policía creyó y difundió que se trataba de un asesino de prostitutas, al ver que coincidían los siguientes tres cadáveres. Se extendió la noticia de que había un nuevo destripador por las calles, pero no la colaboración entre las prostitutas y la policía. Aunque las chicas tenían miedo, la actividad en el barrio rojo de Yorkshire no se redujo.
Tras cinco ataques y nueve brutales homicidios el Destripador dejó de matar durante casi un año. Once meses sin que apareciera un nuevo cadáver tranquilizó a la gente y se barajaron todas las hipótesis llegando hasta el suicidio. Tal vez el destripador había muerto.
La realidad era que Peter estaba superando la muerte de su madre por un ataque cardiaco. Cuando volvió a matar con su martillo y el destornillador afilado, sorprendió y horrorizó a la ciudad. Su quinta víctima mortal, Jayne Macdonald, era una estudiante de 16 años. La población empezó a pedir la horca para el Destripador y a exigir resultados rápidos a la policía.
La policía se temió lo peor y se curó en salud, aunque tuvieran ya setenta retratos robots y que a cada asesinato aumentaran los detectives encargados del caso, advirtió a la población femenina, de que ya nadie estaba a salvo del destripador.

El 4 de Abril de 1979 mata a su décima víctima, Josephine Whitaker de 19 años, recepcionista. La alarma se convirtió en pánico. Era la segunda víctima que no se dedicaba a la prostitución. Cualquier mujer que paseara sola de noche corría peligro. Las autoridades lanzaron una campaña publicitaria que consistía en anuncios en periódicos y letreros espectaculares. Nadie imaginaba que el asesino era un camionero de Yorkshire, y que vivía en el barrio de Bradford, a pocos minutos de distancia de los cuarteles de la policía. La realidad era que la policía estaba sepultada revisando y procesando información acumulada tras 5 años de investigaciones. La informática permitía ya el uso de bases de datos y computadoras para ir descartando matrículas de vehículos frecuentes en las zonas de prostitución. Uno pertenecía a un camionero que vivía en Bradford, es decir uno de los coches de Peter.
Peter se ajustaba lo bastante a los retratos como para entrar en las rondas de interrogatorios. No una, sino varias veces. El 2 de Febrero de 1980 la policía le interroga por novena vez. No encuentran nada en su contra. Peter continúa matando y olvidándose ya de las prostitutas. Todavía tendrá tiempo para asesinar a Marguerite Walls, funcionaria de 47 años; y a Jacqueline Hill, una estudiante de 20 años.
En ese momento la clase media levantó la voz, grupos de feministas empezaron a manifestarse en la calle y el Ministerio del Interior se volcó dedicando cientos de agentes y oficiales a parar aquello.
Se recibieron más de siete mil cartas anónimas con información de posibles pistas y sospechosos. Entre ellas iba la del amigo de Peter, Trevor, que incluso dos semanas después de enviarla pasó a confirmarlo con una entrevista de la que se hizo el correspondiente informe policial y cuyos datos se introdujeron en el sistema informático.
Pero pasaron los días y Trevor dedujo que la policía lo había investigado y que Peter no estaba implicado.
La policía daba tumbos y había sido engañada por varias llamadas telefónicas y el envío de una cinta con la supuesta voz del destripador, que tenía fuerte acento ajeno a la zona. Todos buscaban a alguien con ese acento. Era una pista falsa, un envío habitual en casos de asesinos en serie de este tipo.

AsesinosenseriePeterSutcliffeesposa.jpgA fines de Diciembre de 1980, Peter había hecho una entrega en Sheffield, le había gustado la población así que regresó el segundo día del nuevo año, con el firme propósito de asesinar a una prostituta de la localidad. En el barrio adecuado localizó a dos de ellas, una de 24 y otra de 19 años. Ofreció diez libras por el "servicio", suficiente para el caso. Pero sin embargo la primera se negó, porque no le gustó la mirada de Peter. La otra aceptó, subió al coche y guió a Peter a un sitio tranquilo. Peter no se pudo excitar de inmediato así que comenzaron a charlar mientras estaban aparcados.
En esos momentos dos oficiales patrullaban la zona, vieron el Rover color café de Peter e inmediatamente sospecharon de lo que se trataba y bajaron de su coche a investigar a la parejita. Peter dijo llamarse Williams y ella dijo ser su novia. Sin embargo uno de los agentes la reconoció como una prostituta acusada previamente, así que la hizo descender del coche y en esos momentos, mientras se producía la identificación, Peter dijo que necesitaba orinar con urgencia y los policías le permitieron ir hacia unos arbustos cercanos. Peter aprovechó el trámite de rutina de los agentes para sacar su martillo y su cuchillo de la guantera, disimularlos en su ropa y dejarlos en un contenedor al que se había arrimado, confiando en que los policías no hubieran escuchado el ruido que hizo el martillo al tocar el fondo. Mientras tanto los policías solicitaron a la central que verificaran el número de la matrícula del Rover de Sutcliffe, y la respuesta fue que correspondían a un modelo Skoda. Peter admitió que las había cogido de un desguace de chatarra y reconoció su verdadero nombre, excusándose porque no quería que su esposa se enterara de que andaba con prostitutas. Peter y la chica fueron encerrados en celdas separadas al llegar a la comisaría, y Sonia fue telefoneada para que supiera que su esposo no llegaría esa noche a casa. Como el robo de las placas de matrícula correspondía a otra jurisdicción al día siguiente un oficial recogió a Peter para trasladarlo a otra comisaría, y allí Peter se deshizo de otra navaja que llevaba encima, escondiéndola en la cisterna del baño.
En ese punto los oficiales notaron que las características del detenido se parecían mucho a las del destripador, incluyendo que tenía los dientes incisivos separados.

El protocolo establecido para la captura del destripador incluía informar de cualquier incidente que involucrara prostitutas y conductores. Así se hizo y Peter permaneció a la espera de ser interrogado con más detalle.
Cuando uno de los policías que le había detenido junto a la prostituta regresó a la noche siguiente a cumplir su turno, se enteró de que Peter seguía retenido y que habían llegado detectives encargados del caso del destripador.
Recordó haber escuchado un sonido cuando Peter se había alejado a orinar y pensó que tal vez había soltado algo en el lugar. Inmediatamente regresó al lugar y al alumbrar la zona donde había supuestamente orinado Sutcliffe descubrió un martillo y un cuchillo.

Al saberlo Peter, lo reconoció todo. Siguieron mas de 20 horas de confesiones grotescas, incluyendo la respuesta a la pregunta más importante, la que todo el mundo se formulaba hacía cinco años, ¿por qué lo había hecho?
Peter dijo que en 1967 cuando tenía 20 años y trabajaba en el cementerio escuchó una voz cuando cavaba en la tierra. La voz lo fue guiando hasta una tumba, con una cruz donde estaban unas palabras escritas en polaco. Ahí la voz le ordenó asesinar prostitutas.
Tres psiquiatras confirmaron que Peter estaba loco, pero el juez del caso no aceptó sus opiniones médicas e instruyó específicamente a los doce jurados para que lo consideraran capacitado para distinguir el bien del mal.
El juicio duró sólo 14 días, con los martillos, cuchillos, sierras y el horrible destornillador que Sutcliffe utilizó para cometer sus atrocidades, a la vista de todo el mundo. El resultado obvio. Los miembros del jurado creyeron que Sutcliffe no estaba loco, y que si era un asesino sádico, culpable de 13 homicidios y merecedor de cadena perpetua.
Su estado mental se ha deteriorado y la última noticia que tengo es que suele estar incoherente.

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