Asesinos en serie: El gigante morboso

Asesinos en serie: El gigante morboso

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Querido diario:

Ya te he presentado a Robert Ressler, uno de los tipos que más sabe de los asesinos en serie, y el psicólogo que acuñó el término de serial killers. Su trabajo pudo costarle la vida en una ocasión. Entrevistaba a uno de los criminales más inteligentes y mortíferos de la lista preparada para el primer estudio científico sobre estos psicópatas. Era ya la tercera y última sesión, en una celda especial en el ala de alta seguridad de la prisión de California donde el entrevistado cumplía varias cadenas perpetuas por ocho asesinatos probados. La entrevista llegó a su fin.

Era la hora, pero el guardia de seguridad se retrasaba. El asesino miró fijamente al psicólogo, como había practicado desde la escuela, aterrando, siempre silencioso, a todos sus compañeros. Cerca de su mano, el psicólogo tenía un botón de seguridad, que debía pulsar en caso de emergencia. Tras varios segundos de silencio pesado. El asesino le habló: “La habitación está insonorizada, nadie puede escuchar tus gritos. ¿Y si de repente me vuelvo… loco? En cuanto apretases ese botón te haría pedazos… puedo desenroscarte la cabeza, colocarla sobre la mesa y recibir así al guardia”.
Entonces se dio cuenta de que lo que le decía el asesino era cierto. No había nada que le protegiera, y podía hacerlo porque nunca tendría la menor oportunidad ante un gigante de 2´10 metros, 150 kilos y una fuerza colosal.

Su nombre era Edmund Emil Kemper y nació en 1948 en California, y cumplía varios de los rasgos tradicionales: Padres odiándose, divorcio y una madre que envía a los hijos con los abuelos paternos; Ed no comprende y comienza su aislamiento y las ensoñaciones morbosas. A los ocho años juega a ser ajusticiado por sus hermanos en la silla eléctrica o en la cámara de gas. En cambio era el verdugo de las muñecas de su hermana, que decapitaba con una guillotina, después de mutilarlas.
A los 13 años decide pasar a seres vivos y atrae a los gatos de la familia. Logra inmovilizar a los animales y tras decapitarlos los descuartiza. Su madre encuentra los restos de uno en el armario, pero Ed ya es un adolescente con un tamaño y una fuerza superior a su edad. También su coeficiente intelectual es muy alto, de 145, que no alcanza más del 1 por ciento de la población.

A los quince años explota porque lleva tiempo “aguantando” que su abuela le reprima y le castigue más que su propia madre. Ed coge un rifle, le dispara y luego la apuñala varias veces hasta disipar su ira por la última regañina. Después le pega un tiro a su abuelo, deja el cadáver tendido en el jardín, se presenta ante su madre con gesto arrepentido y se lo dice: “La abuela ha muerto. El abuelo también”.
La policía acude y le detiene a los pocos minutos de que su madre les de aviso. Los siguientes seis años los pasa en una clínica psiquiátrica y a los 21 años está en la calle, a pesar de la oposición de los médicos.

Tardaría casi tres años, hasta 1972, en comenzar la serie que costó la vida a diez personas. Esa primavera cogió a dos autostopistas de 18 años, las llevó a un sitio apartado y las mató a puñaladas. Cargó los cuerpos en el coche y se los llevó a casa de su madre, con una Polaroid las fotografió, las descuartizó, les cortó la cabeza y enterró los restos en las inmediaciones. Lo repetiría cuatro meses después en circunstancias similares con una chica de quince años.
Las había matado tras hablar con ellas y confirmar que respondían a las características físicas y sociales “necesarias”: estudiantes del tipo que su madre le había prohibido tratar. Preferiblemente universitarias de “nariz levantada”, clase económicamente alta, que él veía arrogantes en su forma de hablar y en sus gestos.

AsesinosenserieEdmundEmilKemper02.PNGCuando pocas semanas más tarde se presentó al examen psiquiátrico regular al que estaba obligado, llevaba en el maletero la cabeza de su última víctima. Los peritos psicólogos concluyeron al terminar la entrevista que Ed estaba recuperado, que ya no suponía ningún peligro ni para la sociedad ni para él mismo.
Continuó con el rito de matar chicas, llevar los cadáveres a casa y luego descuartizarlos para enterrarlos, siempre después de haberlos violado! “Vivas, las mujeres se muestran distantes conmigo. No comparten nada. Trato de establecer una relación pero no la hay… Cuando las mato sé que me pertenecen. Es la única manera que tengo de poseerlas. Las amo y las deseo, las quiero para mí solo, que hagan una sola persona conmigo…”

Además en su locura justificaba lo que hacía con ellas! “Esas chicas son lo bastante mayorcitas como para saber lo que hacen, y sobre todo, lo que no hay que hacer, como es el autostop. Me desafían por el hecho de otorgarse el derecho de hacer lo que les venga en gana. Eso es lo que me molesta: se sienten seguras en una ciudad en la que yo no lo estoy…”

Finalmente llegó donde en realidad quería ir a parar: a su madre. El sábado de Pascua de 1973 le cortó la cabeza. Luego, para estar seguro de que estaba bien muerta, le arrancó la laringe y la metió en el triturador de basuras. Entonces decide entregarse a la policía que no tenía una sola pista sobre él, incluso lo consideraban un ciudadano de orden, que frecuentaba la cafetería donde comían, comentaban la falta de pistas sobre los crímenes con Ed, puesto que había intentado entrar en el cuerpo y hasta había sido novio de la hija de un capitán. Pero Ed se había quedado sin motivación, como les ocurre a muchos asesinos en serie, que no suelen seguir matando más allá de los treinta años.

Edmund Kemper fue declarado culpable de ocho asesinatos en primer grado, y cuando le preguntaron qué castigo merecía, contestó que “la muerte por tortura”. Pero la pena de muerte acababa de ser abolida en California, y aunque más tarde fue restablecida, Ed ya no podía ser ajusticiado y era uno de los inquilinos más populares de la prisión, conocido como “el gigante asesino”.
Ed había aceptado la entrevista con Robert Ressler y otro miembro del FBI con todo entusiasmo, y tras entregar sus armas y firmar un documento que eximía de toda responsabilidad a las autoridades de la prisión de lo que pudiera pasar en el interior, los dos hombres se encontraron cara a cara con aquel asesino de tamaño descomunal y gran bigote. En las dos primeras entrevistas Ed habló sin complejos de sus crímenes y motivaciones. La última y tercera, con la sola presencia de Ressler, terminaba con una distracción satisfactoria para Ed, que siguió mirando con fijeza al criminólogo hasta que se abrió por fin la puerta de la celda y entró el vigilante.
Ressler contó que no pudo reprimir un suspiro de alivio, y que la sensación de peligro e indefensión no se le pasó aunque al salir el criminal le hiciera un guiño cómplice y, sonriendo, añadiera: “Ya sabes que sólo bromeaba, ¿no?”

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