Yo fuí un Mr. Pinkerton adolescente

Yo fuí un Mr. Pinkerton adolescente

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¡Hola muchacho!

Sé que en cuanto acabes de leer esta carta vas a ir directo a la dirección de tu clínica para pedir una plaza para mí, pues lo que te voy a narrar ahora puede llegar a cuestionar mi situación de cuerdo irremediable.
Paseaba por la céntrica Gran Vía un domingo por la tarde cuando, de repente, me topé con la chiquillería dispuesta a hacer cola para ir a ver una de las películas de estreno, en concreto "17 otra vez". Al enterarme de la sinopsis, no pude evitar gritar ante todos: “¡Otra película de adultos que se vuelven adolescentes!”. Creí que nadie me había escuchado, pero entonces un vagabundo que pasaba el rato sentado en uno de los bancos me hizo un gesto con la mano y me llamó. Acudí con cierta reserva, lo admito, pero me intrigaba su mirada y su sonrisa irónica. Y entonces me dijo: “¿Qué pasa, Mr. Pinkerton, acaso no crees que eso pueda ocurrir?”. Obviamente me extrañó que conociera mi nombre, pero el hombre no quiso decirme de qué me conocía. Tan sólo me dijo que si quería comprobar en mis propias carnes que era posible volver a ser adolescente, le acompañara. Acepté ir hacia ese callejón donde me llevaba porque ese día olvidé ponerme el reloj de oro herencia de mi abuelo, y porque para algo soy detective y no puedo dejarme arrastrar por un miedo supino.

El vagabundo, que se hacía llamar Héctor, me dijo que me metiera en una especie de cabaña hecha con cartones. Sabía que podía salir de allí cosido y trasquilado, pero había algo en su mirada que me hacía confiar en él. Me metí en aquel sucio camastro y me dejé llevar por la experiencia. Fue introducirme allí y empezar a notar un sueño profundo. Pensaba que me había drogado de alguna manera, pero de todas formas no había manera de parar ese oscuro sueño que se avecinaba. 

No sé el tiempo que transcurrió, pero al despertarme sentí un gran escalofrío. Miré a mi alrededor y luego observé mis manos y mi cuerpo. La ropa me quedaba holgada, y mis anchos brazos se habían convertido en enjutos y juveniles. No había rastro de Héctor, y no sabía qué hacer con esas pintas que llevaba. Me acordé de Tom Hanks en “Big”, y maldije mi maldita curiosidad. Muchacho, siempre fui un chico afortunado, y por suerte mi cuerpo se transformó, pero mi cartera seguía intacta. Así que me fui hacia un centro comercial de Callao con la intención de comprarme algo de ropa juvenil y una crema anti barrillos. Me quedé en el vestuario bastante tiempo, observando mi nuevo viejo cuerpo. Tanto tiempo que la dependienta se acercó y me dijo vociferando que ya estaba bien de hacer guarrerías y que saliera ipso facto de allí.

Y en esa situación se hallaba tu viejo amigo Mr. Pinkerton, muchacho. Un Pinkerton quinceañero caminando por la calle Fuencarral destino a su oficina, e intentando buscar la manera de que Marga me reconociera y creyese mi historia. Me acerqué a un viejo videoclub y alquilé varias películas con esta idéntica trama. “Viceversa”, donde un ejecutivo antipático intercambiaba cuerpo con su hijo interpretado por Fred Savage, el niño de “Aquellos maravillosos años”, o “De tal astilla, tal palo”, donde el adolescente de “Los problemas crecen”, Kirk Cameron, toma el aspecto de su padre, Dudley Moore. Al llegar a mi oficina, Marga me recibió como si fuera un ladronzuelo que se había colado para robar, y no dejó de darme escobazos hasta que le dije a gritos su número de la Seguridad Social y la cantidad de su paga extra prorrateada.

Marga se conmovió por la situación, y empezó a tratarme como si fuese mi hermana mayor. Me hacía la comida, me llevaba de tiendas y hasta a punto estuvo de inscribirme en un instituto de bachiller. Pasaban los días y empezaron a llegar pequeños casos que había que resolver. Marga atendía a los clientes mientras yo les escuchaba pegando la oreja en la puerta, y luego los resolvía sin grandes dificultades. El único escollo fue un policía que me pilló un martes entre semana en horario escolar. Me abroncó por hacer novillos y me dejó en la puerta de un colegio en Guzmán el Bueno. Debo reconocerte, muchacho, que los primeros días lo pasé bien con mi recuperada lozanía. Pero, pasado el elemento sorpresa, aquella situación me abrumaba: quería volver a ser el Pinkerton de siempre, aquel que se parece a Sean Penn y que impone respeto en las reuniones de detectives…

Así que mi objetivo era localizar a Héctor, quería recuperar mi espléndida madurez de arrugas de expresión y corbatas de rayas. Durante horas me recorría la Gran Vía y sus aledaños; preguntaba a los habituales de esa calle si le habían visto y todos decían que no, incluso que no le conocían. Por las noches llegaba a casa y Marga me preparaba una hamburguesa o una pizza para que se me pasara el enfado, y me ponía películas de Bud Spencer y Terence Hill para que me entretuviese y dejara de pensar en esta especie de condena. Marga me decía que viese las cosas desde un punto de vista más optimista, que disfrutara de la ventaja de tener un cuerpo joven con una mente madura y experimentada. Al día siguiente traté de hacerme amigo de la pandilla de quinceañeros de mi calle, pero sufrí un shock cuando me dijeron que para entrar en el grupo tenía que fumarme un cigarrillo del revés y beberme una maceta de calimocho en cuarenta segundos. Así que acabé yendo a un café y quise incorporarme a una tertulia sobre Edgar Allan Poe, pero me dijeron que pezqueñines no, gracias.

Caminaba cabizbajo por los jardines del Palacio Real, incapaz de encontrar mi sitio en el mundo cuando, de repente, se me escapó un grito de auxilio: “¡Quiero volver a ser adultoooooo!”. Entonces miré a un lado y vi a Héctor, el cual me miraba sonriente. Me fui para él exigiéndole volver a mi estado natural, y me dijo que no me preocupara, que le acompañara a su callejón y que todo aquello acabaría en breve. Al llegar, me pidió que me tumbara de nuevo encima de los cartones, y en poco tiempo volví a sentir ese sueño profundo y me quedé dormido en cuestión de segundos. Al cabo de unas horas desperté, me miré con ansiedad y… ¡de nuevo era el Pinkerton cuarentón!. Me fui corriendo a la oficina y abracé a Marga con ilusión. Pero ella se extrañó sobremanera, y me preguntó que si acaso venía de ver un capítulo doble de “Autopista hacia el cielo”. Claramente fui consciente de que ella no recordaba absolutamente nada de lo ocurrido, lo cual me hizo pensar que quizás es que, simplemente, no ocurrió nada, y que quizás fue todo un sueño. Me fui a mi despacho y, sentado en mi silla, noté que había algo en mi bolsillo, era una tarjeta de presentación que ponía: “Héctor. Vagabundo e ilusionista”

¡Saludos!

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