Cómo ser Mr. Pinkerton

Cómo ser Mr. Pinkerton

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Hola muchacho:

¿Cómo está mi amigo más necrófilo?. Espero que soportando bien los calores de la celda. Dentro de lo que cabe es soportable, nada parecido a la ola de calor del año 2002, aquello sí que fue como revivir aquella película de “En el calor de la noche”…
Yo he pasado quince días un tanto angustiosos. Hace dos semanas se me presentó en la oficina un afamado productor de cine español diciéndome que querían hacer una película de detectives y que se habían fijado en mí como modelo. Muchacho, reconozco que aquello multiplicó por diez los puntos de mi ego. El barbudo productor me dijo que el personaje se llamaría Monsieur Pistergon, y su secretaria Magda; y que el detective sería encarnado por un actor desconocido llamado Jaime Roscón, y la ayudante por la afamada Maribel Verdú.

 

El productor me pidió que durante dos semanas, aquel actor desconocido fuese mi sombra, para que así pudiese captar al personaje, sus costumbres, sus modos, sus muecas… Es decir, las mías. Pensé en esta experiencia como algo divertido. Yo seguiría con mi rutina, pero con un actor a mi lado haciéndome preguntas sin parar. Sólo esperaba que el tal Jaime Roscón fuese un tío majo. Al saber que era desconocido, di por hecho que no me encontraría con un actor presumido y con el ego subido. Pensé incluso que igual hasta salía una bonita amistad de todo esto, pero… nada más lejos de la realidad.

A la mañana siguiente apareció el tal Roscón en mi oficina con un deje chulesco y provocativo. Se sentó en mi silla, apoyó sus piernas sobre la mesa y le exigió a Marga un café bien cargado. No tardé ni diez segundos en pedirle explicaciones por esa actitud, pero se defendió diciendo que así iba a ser el carácter del personaje, y que por tanto así tenía que mostrarse durante esas dos semanas. Me dijo que lo que necesitaba aprender era mi actitud en los momentos de acción, pero que mi refinado comportamiento no le interesaba ni lo más mínimo.
En ese momento tenía varios casos por resolver en proceso, pero para empezar me decanté por uno fácil que no requería mucha acción. Tenía que seguir a un trabajador en baja cuya empresa pensaba que era una lesión fingida. Durante dos horas seguimos por la calle al trabajador, que estaba en sillas de ruedas y era empujado por su señora esposa. En ese tiempo no dio señal ninguna de estar fingiendo, por lo que a punto estaba de dar por cerrado el caso. Aunque aún faltaba la provocación, es decir, provocar un hecho especial para ver cómo reaccionaba el posible falso enfermo. Se lo comenté a Roscón, y antes de poder hacer nada me dijo: “Déjamelo a mí, Pinkerton. Ahora vas a ver a Monsieur Pistergon en acción”. Y de repente se abalanzó hacia él y empezó a agitar la silla y a gritarle que se levantara de una pajolera vez. Con tanto ahínco le empujó que el pobre hombre cayó al suelo y claramente se vio que no podía levantarse por sí mismo. Después de eso, Roscón se volvió hacia mí y me dijo: “Este hombre no finge, Pinkerton. Vámonos de aquí”. 

Aquel suceso acabó con una llamada al orondo productor diciéndole que ya podía ir recogiendo a su actorcillo porque Mr. Pinkerton se desvinculaba del proyecto. Pero entonces me imploró que por favor siguiera adelante, que hablaría con Roscón para que no fuese tan impulsivo y no se metiera tanto en el papel. Finalmente acepté seguir con esta historia, pero estuve a punto de arrepentirme cuando vi a Roscón en el baño, descamisado, mirándose al espejo e imitando a Robert de Niro en "Taxi driver": “Are you talking to me?. Are you talking to me?”.

Durante tres o cuatro días el actor se comportó, y se limitó a observar y callar, aunque intentó dos veces llevarse a Marga a tomar una copa, a lo cual ella se negó. Al quinto día Roscón volvió a hacer una de las suyas. En esta ocasión, tenía que resolver un caso de recuperación de mascota perdida. Se trataba de un gato de gran valor, con un pedigree que se remontaba a la época de los Austrias. Averigüé que el felino no había sido robado, sino que andaba en un parque cercano persiguiendo a gatas en celo. Debía capturarlo sin hacerle el más mínimo rasguño, y me puse en acción. Durante horas estuve persiguiendo al gato red en mano, pero siempre acababa esquivándolo dando un salto. No se dejaba engañar por mis trucos, ni siquiera cuando imité el maullido de una gata en celo. En una de éstas que me senté bajo un árbol a descansar, me doy cuenta de que Jaime Roscón se sacaba una navaja suiza de su bolsillo y, con la pericia de un cazador apache, le lanzó la susodicha con la intención de que le diese en la cabeza con la empuñadura, quizás imitando a Cocodrilo Dundee. Pero la navaja alcanzó el objetivo por la parte afilada… El gato ingresó cadáver, y nada pudieron hacer los veterinarios por mantenerlo con vida.

De inmediato llamé al productor y le exigí que se llevaran a semejante loco de mi lado, que estaba arruinando mi buena fama y que aquello era inadmisible. Pero entonces me ofreció el 10% de los beneficios de taquilla una vez recuperado lo invertido… Muchacho, ese 10% me hizo visualizar el ático en Nueva York que tanto deseo comprarme y, a pesar de la pesadilla que era Roscón para mi carrera profesional, acepté tenerle conmigo cinco días más.

Le dije al actor que el siguiente caso implicaba un mayor riesgo, así que estaba prohibido cualquier interrupción o suplantación de mi persona. Sólo podía ver, oír y callar. Esa mañana tenía que seguir la pista de un hombre sospechoso de robar una valiosa joya. Podía tratarse incluso de un importante ladrón de guante blanco con malas artes. Sabía que ese hombre tenía intención de aparecer en una vieja tienda de vinilos del centro de Madrid. Sospechaba que en la trastienda se depositaban algo más que viejos elepés de Mocedades. Muchacho, aquel caso era culmen para mi carrera. Prácticamente era un caso para la policía, y yo les estaba ahorrando tiempo y trabajo. Durante esos momentos de espera noté a Roscón especialmente nervioso. Continuamente se rascaba la oreja, como si tuviese un exceso de cerumen, y parecía decir cosas entre dientes. No le di mayor importancia conociendo al personaje, así que seguí con lo mío, hasta que apareció un coche y de allí salió el sospechoso. En ese momento, Roscón cogió una piedra del suelo y lo tiró hacia el coche. El sospechoso le observó, sonrió y rápidamente se montó de nuevo en aquel Ford blanco huyendo de la escena de la acción.

Aquella actitud de Roscón me pareció muy sospechosa, y más aún la sonrisa que le dedicó el ladrón de guante blanco. Así que decidí registrarle por si acaso escondía un secreto bajo su sucia camisa amarillenta. Muchacho, no siempre consigo ser tan sagaz como para darme cuenta de las cosas en su momento. Aquel actor tenía en su oreja un pinganillo y en su solapa un diminuto transmisor. No tardó en rendirse y confesarme que él ni era actor ni se llamaba Roscón, sino que era un esbirro del ladrón de guante blanco, el cual se inventó la trama para tenerme controlado y así poder vender la joya robada con seguridad. Pero el transmisor se quedó sin batería, y el falso actor no pudo avisarle como es debido, por eso tuvo que tirarle aquella piedra.

Me sentí engañado y manipulado, muchacho. A veces peco de bueno e ingenuo. El famoso productor tampoco era el auténtico, sino un tipo que se le parecía tanto que creí estar siempre ante el auténtico. Monsieur Pistergon… menudo nombre ridículo para un detective de película.

¡Saludos!

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