"Avería en los confines de la galaxia"

"Avería en los confines de la galaxia"

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"En una cafetería de al lado de mi casa hay una camarera muy maja. Oren, que trabaja en la cocina, dice que no tiene novio, que se llama Shikmá y que le gustan las drogas blandas. Antes de que ella empezara a trabajar ahí, yo no había entrado ni una sola vez, mientras que hora voy todas las mañanas. Me tomo un café solo y hablo un rato con ella. De cosas que leo en la prensa, de los demás clientes de la cafetería, de dulces. A veces hasta consigo hacerla reír. Y, cuando se ríe, me siento bien. Más de una vez he pensado en invitarla al cine, pero queda un poco raro invitarla así, sin más. Se invita a alguien al cine antes de invitarla a cenar o de pedirle que se vaya contigo en avión a Eilat. Que te inviten al cine no es algo que se pueda interpretar de muchas maneras. Es como decirle: «Te quiero para mí». Y, si ella no está por la labor y dice que no, puede llegar a resultar bastante incómodo. Por eso he pensado que es mucho mejor invitarla a un porro. Como mucho, dirá «no fumo», y entonces podré salir del paso con algún chistecito sobre fumetas, pedir otro café solo y seguir hablando como si nada".

Título: "Avería en los confines de la galaxía"

Autor: Edgar Keret

Editorial: Siruela

Keret ha publicado libros de relatos, una novela, cómics; traducido a treinta idiomas, varios cortometrajes basados en sus relatos, y su película "Jellyfish" (2018), en colaboración con Shira Geffen, fue premiada en la Semana de la Crítica de Cannes en 2007. Su trabajo como profesor en el Departamento de Cine y Televisión de la Universidad de Tel Aviv, le permite ser un especialista en la corta distancia, y sus compatriotas israelís se lo reconocen, comprando sus libros hasta convertirlo en superventas desde hace algunos años. Su habilidad para hacerlos es tal, que hay quien le considera poco menos que un mago.

"Mi amigo Tod me pide que le escriba un cuento que le ayude a llevarse a las chicas a la cama.

— Ya has escrito cuentos que las hacen llorar —me dice—, y otros que las hacen reír. Así es que ahora escribe uno que las empuje a meterse conmigo en la cama.

Intento explicarle que las cosas no funcionan así. Aunque es verdad que algunas chicas han llorado con mis cuentos, también hay algunos chicos que...

— Déjate de chicos —me corta Tod por lo sano—. Los hombres no me ponen. Te lo digo ya de entrada para que no te dé por escribir un cuento que me meta en la cama al primero al que se le ocurra leerlo. Tiene que ser solo para chicas. Te lo anticipo ya para ahorrarnos situaciones incómodas.

Entonces le vuelvo a explicar, lo más pacientemente que puedo, que la cosa no funciona así. Un cuento no es una pócima mágica ni un tratamiento hipnótico. Un cuento es, al fin y al cabo, algo que sirve para compartir con la gente lo que sientes, algo íntimo, a veces, hasta turbador, que...

— Genial —vuelve a interrumpirme Tod— , pues ponte a compartir con los lectores algo íntimo y hasta turbador que haga que las mujeres que lo lean se metan conmigo en la cama".

Keret se mueve bien en muchos terrenos: puede ser mordaz y cómico, tierno o fantástico. Sus personajes se enfrentan a la paternidad y a la familia, a la guerra y al juego, a la marihuana y a los pasteles, a la memoria y al amor. Siempre sorprende y a menudo conmueve.

El libro, recién publicado, también me excita, en este caso la curiosidad, sobre algo que resulta ser muy memorable para casi todo el mundo. Me refiero a la primera experiencia sexual. No me ha llevado mucho tiempo escudriñar las setenta y pocas biografías de mi biblioteca. La voy digitalizando desde hace cerca de cuarenta años y basta con tirar de buscador un rato. En más de la mitad, 49 de ellas, se incluye ese recuerdo. Tal vez algún día me anime a recopilarlas, pero lo lógico era elegir la que me ha inspirado, "Avería en los confines de la galaxia", que acabo de leer.

"La primera chica con la que me besé en la boca se llamaba Lila, que también es el nombre de una flor. Fue un beso largo y, si hubiera dependido de mí, habría durado eternamente, o por lo menos hasta que hubiéramos envejecido, nos hubiéramos marchitado y hubiéramos muerto, pero Lila lo interrumpió muchísimo antes. Nos quedamos callados un momento los dos y entonces le dije:

— Gracias.

A lo que ella me respondió:

— Eres un auténtico tarado, ¿lo sabías?

Y tras un breve silencio añadió:

— Ese «gracias» es para morirse. Nos acabamos de besar los dos. No es que yo sea una vieja tía tuya que te trae un regalito.

Le respondí:

— Pero no te enfades, si solo ha sido un «gracias».

Y ella, entonces, me dijo:

— Cállate, ¿vale?

Así que me callé. No quería enfadarla, a la primera chica que se había besado conmigo. Solo quería que se sintiera bien, pero no sabía cómo hacerlo. Después tampoco ella habló. Solo se quedó mirándome un poco y luego me desabrochó el cinturón de los pantalones y se puso a chupármela. Así, sin que viniera a cuento, en medio del recibidor del piso de sus padres, que en ese momento no estaban en casa. Seguí callado. Ya había entendido que no sabía comportarme en momentos como aquel, así que intenté hacer lo menos posible. Después de la mamada, follamos en el sofá forrado de plástico del salón. Cuando me corrí, esperamos unos cuantos minutos y volvimos a follar. Ella no se corrió tampoco la segunda vez. Dijo que no pasaba nada, que nunca se corría, pero que le resultaba muy agradable igualmente. Después dijo que tenía sed, así es que fui a la cocina y traje un vaso de agua para los dos.

— Es la primera vez que estás con una chica, ¿eh? — me dijo, acariciándome la cara.

Asentí.

— Pues eso es genial —añadió—, porque ese «gracias» ha estado completamente... Quiero decir, que he estado a punto de echarte a patadas de aquí. Pero, si es tu primera vez, es genial.

— Mi madre siempre dice que «gracias» es la única palabra en hebreo que no puede hacer daño —dije.

— Pues que te la chupe tu madre —exclamó Lila sonriendo, mientras yo pensaba para mis adentros: menudo día. El primer beso. La primera mamada. El primer polvo. Todo la misma tarde. Un milagro.

Yo era soldado, tenía diecinueve años, muy mayor ya para un primer beso, puede que hasta para una primera mamada, pero me sentía afortunado. Porque, aunque hubiera tardado tanto, por fin había llegado, y encima con una chica tan molona y con nombre de flor.

Lila me dijo que tenía novio. No me lo contó antes de que nos besáramos, porque un beso no es nada, aunque tengas novio, ni tampoco cuando me la chupó, pero entonces creo que fue porque tenía mi polla en la boca. En todo caso, cuando me lo contó, me dijo también que esperaba que yo no me fuera a ofender o algo así, porque le parecía que yo era un tipo sensible y raro. Le dije que estaba sorprendido, pero para nada ofendido. Al contrario. Que eso de que tuviera novio y que nos hubiéramos acostado hasta me parecía un poco un halago. Ella se río y dijo:

— «Halago» es una gran palabra. Tengo novio, pero es una mierda de novio, mientras que tú... Ya cuando nos besábamos he notado que eras virgen, y, digan lo que digan, un tipo virgen es siempre lo más".

Carlos López-Tapia

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