Cannes 2018: Cóctel de referencias en el psicotrópico Los Angeles de David Robert Mitchell y un triángulo amoral de Lee Chan-dong expandiendo el relato de Murakami

Cannes 2018: Cóctel de referencias en el psicotrópico Los Angeles de David Robert Mitchell y un triángulo amoral de Lee Chan-dong expandiendo el relato de Murakami

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Querido Teo:

La 9ª Jornada del Festival ha continuado confirmando el gran año de cine que se está viendo en la sección oficial con un nivel notabilísimo en la que todas las cintas, en mayor o menor medida y con la excepción de Godard, nos han parecido interesantes y recomendables. “Under the silver lake”, concebida ya como película de culto de manera nada oculta, y “Burning”, un triángulo amoroso y amoral con la sed capitalista de fondo, han caldeado la sección oficial mientras que también nos hemos paseado por secciones paralelas con “Sofia” en Una cierta mirada y “Mirai” en Quincena de Realizadores.

“Under the silver lake” es la apuesta molona y desvergonzada de David Robert Mitchell siendo junto con la cinta de Spike Lee la exponente del cine USA este año en la sección oficial. En su tercera película como director, tras “El mito de la adolescencia” y “It follows”, ha reventado de modernidad una sección oficial habitualmente aborregada por la densidad y el clasicismo, no dejando de ser una buena noticia que el nuevo cine USA valiente y transgresor (lo mismo que si el año pasado se hubieran atrevido a meter en competición a John Cameron Mitchell con “How to talk to girls at parties”) tenga presencia teniendo en cuenta que las películas de la temporada alta de los Oscar, y las apuestas de los grandes Estudios, se reserven para Toronto y no quieren jugársela ante la prensa de todo el mundo en un certamen que no acostumbra a reconocer a las producciones USA. “Under the silver lake” es una de las bizarradas más locas del cine indie reciente pero termina conquistando sobre todo por su frescura genuina llena de referencias a la cultura pop de cómics, cine y música a cargo de un protagonista excitado por su sensual vecina y a la que va en su búsqueda cuando ésta desaparece tras una noche juntos conformando un thriller paranoico y excitante por un Los Angeles que nos lleva directamente al heredero del cine negro con estética pop ochentera y noventera y con claras referencias a “La ventana indiscreta” de Alfred Hitchcock, “Terciopelo azul” de David Lynch, así como directores como los Coen, Richard Kelly o la literatura de Thomas Pynchon pasando por el clasicismo de la femme fatale, los movimientos hippys, y una generación “millennial” en busca de encontrar su hueco y adicta al consumo cultural en diversos formatos, y es que el protagonista no deja de tener imágenes de películas clásicas en proyección en todo momento en ese apartamento tan asfixiante como burbuja del surrealismo que hay a su alrededor. Perfecto Andrew Garfield, en uno de sus trabajos más redondos y matizados, como un ni-ni (ni estudia ni trabaja) en permanente estado emporrado y realmente salido sexualmente en un papel realmente complejo en el que tiene que combinar su aire de pánfilo con la determinación de su aventura quijotesca y musical por un Los Ángeles noir y psicotrópico.

“Burning” de Lee Chan-dong ha pasado a ocupar un puesto muy alto entre nuestras películas preferidas de esta edición. El director vuelve a Cannes tras “Secret sunshine” en 2007 y “Poesía” en 2010 (que se llevó el premio a mejor guión) con una adaptación de un relato corto del eterno candidato a Nobel Haruki Murakami que reinventa su texto literario para sorprender al espectador y dejarlo atrapado en la butaca durante dos horas y media en lo que podría ser una apuesta más dentro de su género, a pesar de tocar varios, pero “Burning” es mucho más de lo que podría parecer. Lo que empieza como un tierno inicio romántico (con un reencuentro de dos jóvenes que no se veían desde niños siendo vecinos en esa época), sufriendo ella el desamor ya desde esa tierna edad al haber estado siempre prendada de él pero rechazada por éste, y se presenta como la gran oportunidad de vivir una gran historia de amor que le haga a ella sentir lo que siempre ha querido junto a la persona que siempre ha amado y de él de salir de su anodina y solitaria vida gris en la granja familiar, termina complicándose con la aparición de una tercera persona (Steven Yeun que interpretó a Glenn en “The walking dead”) que lleva a la película a los terrenos del cine negro y del thriller de desapariciones, con crítica también al capitalismo furibundo y caprichoso que es capaz de todo por salir victorioso, con la carta ganadora bajo su manga, y que lleva a comparar a uno de los personajes con el mito de un Gatsby del que se crítica que hay muchos surcoreanos que entran en esa definición, jugando con la sugerencia, lo que se intuye, el mito del falso culpable y la venganza como última salida (tan injustificable como necesaria) para que emerja a la superficie el dolor profundo, uno que hiela la sangre, te revuelve el cuerpo hasta hacerte vomitar e impregna toda la segunda mitad del relato del pesar por todo lo que una vida puede cambiar cuando alguno de esos vértices que sustentan una relación entre dos personas se rompe bruscamente, y de manera inesperada, por la aparición de un tercero que trunca con su insatisfacción y perturbación la vida de los demás. La atmósfera que consigue el film, entre el clasicismo y la modernidad con una puesta en escena magistral, y una música que es sinuosa y acertada compañera de lo que se cuenta a lo largo de esos paisajes agrestes que el protagonista recorre bien corriendo o bien en su furgoneta siempre con la amenaza del fuego como algo que sobrevuela, convierten a la cinta en una de las sorpresas de esta edición dejando al espectador pegado a la butaca y absorto en la pantalla en una cinta que se cocina a fuego lento y de manera reposada pero sin llegar nunca a convertirse en plomiza, sino en mucho más adictiva e intensa de lo que su aureola autoral y oriental podría prometer. Un final demoledor, y que refleja la angustia vital y todo el drama que hasta el momento lleva de manera sobria el protagonista durante su búsqueda, y que podría llevar al joven actor Yo Ah-in a llevarse premio, redondea una cinta impecable que eleva a su director habiendo sido capaz de coger el referente pero expandiendo sus límites construyendo una propuesta sobresaliente y que demuestra que las víctimas no son sólo las que nos dejan sino los que se quedan por el dolor y la pena que, de manera más o menos absorbida por los recuerdos de la memoria y del alma a lo largo del paso del tiempo, permanecerá como una losa durante el resto de la existencia. Además, la cinta tiene la inteligencia de no moverse en terrenos subrayados y de dejar preguntas abiertas tanto sobre el destino de los personajes como por las circunstancias que les ha promovido a actuar así, dejando libre al espectador para que asuma con inteligencia como recomponer las piezas en el camino para llegar tanto director como protagonista y espectador a la misma conclusión, lo que confirma el gran film del que estamos hablando habiendo sabido explotar al máximo todo lo necesario para construir una gran película y sin poder ponerle ninguna pega a esta cinta rica en detalles y en capacidad de debate. ¿El capitalismo nos lleva a la amoralidad sin retorno? ¿Es la inocencia ante el amor el punto más flaco ante la volatilidad de la misma y la enfermiza sociedad que nos rodea? ¿Está la venganza justificada? Y podríamos estar así un buen rato…

En Una cierta mirada hemos podido ver “Sofia” de Meyem Benm’Barek, una cinta sobre un embarazo de una joven y el convencionalismo de la tradición aunque suponga llevar a una serie de personas a la infelicidad. Decente pero sin trascender.

En Quincena de Realizadores ha conmovido el cine oriental con la nueva propuesta animada de Mamoru Hosoda, el realizador de “La chica que saltaba a través del tiempo” y “El niño y la bestia”. En “Mirai” el director vuelve explorar las temáticas familiares en la infancia a través de un niño que sufre el complejo de “el príncipe destronado” cuando su hermana pequeña llega a la familia suponiendo el caos organizativo para sus padres y el hecho de que sienta que la carga afectiva paternofilial ya no es sola para él. Una película sencilla, más cotidiana de lo que es habitual en este tipo de propuestas, pero que también juega con los viajes en el tiempo, las enseñanzas de los mentores del pasado como vía para salir adelante, y nuestras proyecciones del futuro para demostrarnos finalmente la importancia del valor de la familia y de los que están a nuestro alrededor siendo hasta algo tan iniciático como aprender a montar en bicicleta la mayor de las proezas. Una delicia que no necesita de una historia ni muy alambicada ni muy esforzada técnicamente para conmovernos de una manera universal y cercana sobre todo con un desenlace que se mueve entre el “Solo en casa” y “Canción de Navidad” a la hora de que a ese algo histriónico y acaparador de atención niño de 4 años se le caiga la venda de los ojos en su primer saltito (a pesar de su pronta edad) a la futura madurez que ya le vendrá con tiempo años después. Una delicia.

Nacho Gonzalo

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