Cine en serie: “Los miserables”, una historia eterna y universal

Cine en serie: “Los miserables”, una historia eterna y universal

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Querido Teo:

Victor Hugo publicó en 1862 una de las obras capitales de la literatura universal como es “Los miserables”, adaptada en infinidad de versiones e incluso convirtiéndose en un hito del teatro musical que también fue llevado al cine en 2012 por (el tan cuestionado ahora) Tom Hooper. La BBC ha vuelto a sacar músculo y poderío con una nueva adaptación en forma de miniserie que nos adentra en las corruptelas humanas, la lucha de clases, el enfrentamiento entre el régimen antiguo y las ideas revolucionarias y, sobre todo, en el amor, el perdón y la redención. 6 capítulos dirigidos por Tom Shankland (nominado al Emmy por “The missing”) y adaptados en el guión por Andrew Davies, veterano ilustre detrás de producciones para la BBC como “House of cards”, “Little Dorrit” o “Guerra y paz”.

La historia de “Los miserables” es bien conocida por todos los que se han acercado al texto en algún u otro formato aunque esta adaptación destaca a un nivel sobresaliente porque no sólo es muy fiel sino que también tremendamente efectiva para el público general y que puede haber sido algo reacio a la obra, bien ante su densidad literaria o bien por el hecho de su ojeriza al musical que, al margen de su magisterio desde un punto de vista artístico, mutila y deja inconexas algunas de las tramas y motivaciones de los personajes imprescindibles para conocer la magnitud de la obra.

“Los miserables” comienza en 1815 y pivota sobre dos personajes que serán claves durante toda la obra. El primero es Jean Valjean, ex convicto condenado por robar una hogaza de pan, que ha cumplido su condena tras 19 años en prisión y varios intentos de fuga. Eso lleva al inspector Javert a obsesionarse con ese hombre que recibe el número de 24601 por parte de las autoridades penitenciarias  para incrementar su sensación de desconexión con el mundo real. Será el obispo de Digne el que le dé cobijo en su libertad condicional, en un momento en que nadie confía en él ni es capaz de darle trabajo, y siendo a través de unos candelabros que le regala donde pretende que sea el espejo en el que se represente y llegue a buen puerto el intento de redención de Valjean cuando éste, siendo consciente de hasta donde es capaz de llegar su carcomida alma, roba una moneda de 40 sueldos a un chico llamado Petit Gervais teniendo claro que desde ese mismo hecho reconducirá su vida hacia la nobleza, la solidaridad y la dignidad de su condición de hombre

Por otro lado, se nos presenta a Fantine, jovial y angelical costurera que tras enamorarse (y ser engañada por un apuesto joven llamado Felix) caerá en desgracia cuando sea abandonada por él y no pueda mantener a la hija fruto de su pasión común teniendo que dejarla a cargo de unos mesoneros en  Montfermeil, los Thénardier, que no dudarán en extorsionarla mediante cartas pidiéndole más y más dinero para su manutención lo que llevará a Fantine al abismo, perdiendo mucho más que su virtud, y teniendo que hacerse  cargo posteriormente de esa niña llamada Cosette el propio Valjean, eterno prófugo a pesar del intento de reinsertarse en la sociedad como hombre de bien, como patrono e incluso alcalde del pueblo de Montreuil-sur-Mer.

Por otro lado la Francia revuelta está muy presente en la acción de la historia ante la restauración monárquica entre 1815 y 1848 y la caída de Napoleón tras la batalla de Waterloo. El salto temporal nos presenta, además de a los personajes citados, a una Francia marcada por la insolidaridad y una pobreza congénita fruto del clasismo que, no obstante, también es el germen de las ideas revolucionarias de jóvenes y trabajadores que quieren ser ciudadanos, no meros súbditos subyugados al clasismo de la clase gobernante y de un rey que, debido al cargo que ostenta, no ha sido elegido por el pueblo.

Marius Pontmercy, hijo de un barón que luchó junto a Napoleón, y a cargo de un abuelo con ideas monárquicas, se enamorará de Cosette que compaginará ese flechazo con los aires de cambio que se respiran en la calle y en las triquiñuelas de un grupo de la población, representado por los Thénardier, dispuesto a sacar tajada. Esas barricadas que nacen en el germen de las conversaciones de taberna a ritmo de La Marsellesa y que se conciben como un legado para la Historia y nuevas generaciones por mucho que se sienta la batalla perdida.

Esta nueva adaptación de “Los miserables” da peso a algunos de los personajes y lugares que, por ejemplo, los que conocieron la obra a través del musical desconocían como es la aparición de Felix, el amante de Fantine y padre de Cosette, el convento en el que se refugian durante muchos años Valjean y Cosette antes de salir a descubrir París y dejar atrás una vida en la que sólo se han escondido, o el peso del apellido Pontmercy, representado en la lucha ideológica y personal entre el padre y el abuelo de Marius, y que explica el boato del final de la obra así como las contradicciones del enamorado joven con un origen muy diferente al de sus compañeros. Lo mismo en el caso de unos Thénardier que, aunque mantienen aquí algunos guiños cómicos de sus réplicas del musical, son el fiel diagnóstico de una sociedad corrompida en las clases bajas y en la que todo vale por el mero hecho de sobrevivir.

Una miniserie exquisita en su realización y que da ritmo y lustre a una historia que en ningún momento decae y que convence tanto a los que ya son conocedores de la historia como los que se aproximan a ella por primera vez. El reparto funciona a gran altura con el trío formado por Dominic West (Valjean), David Oyelowo (Javert) y Fantine (Lily Collins) que se hacen con aparente facilidad con unos personajes ya mitificados sabiendo captar la esencia de cada uno, como así ocurre también en la pareja de enamorados Marius (Josh O´Connor) y Cosette (Ellie Bamber), los Thénardier (Adeel Akhtar y Olivia Colman), Enjolras (Joseph Quinn), Éponine (Erin Kellyman) y Gavroche (Reece Yates) así como refuerzos de lujo como el Obispo de Digne (Derek Jacobi), Gillenormand (David Bradley) o Felix (Johnny Flynn).

“Los miserables” se disfruta y aunque ya seamos fans de la historia nos sorprenderemos a nosotros mismos recordando momentos, redescubrimiendo pasajes, recayendo en la importancia de diversos personajes que la serie reivindica o incluso tarareando algunos de los temas del famoso musical al haber sido éste el que, en realidad, ha interiorizado la historia de Victor Hugo para las más recientes generaciones. El último plano de la misma, además de sencillo pero enormemente representativo, da dimensión al título de la obra y en cierta manera un tono de amargura por esa miseria que por mucho que haya pasado el tiempo, entre guerras, distintos sistemas políticos y avances progresistas, no hemos todavía logrado atajar como sociedad.

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Nacho Gonzalo

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