Cine en serie: “Mary me mata”, la decisión a la hora de encarar el final

Cine en serie: “Mary me mata”, la decisión a la hora de encarar el final

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Querido Teo:

Lo que significa eutanasia en griego es “muerte dulce”, un deseo tan común como complejo de conseguir. El gobierno español ha conseguido los votos suficientes para empezar a debatir algo que acabó hace 1.500 años con la sustitución del paganismo por el cristianismo. La vida pasó de ser propiedad de cada ciudadano a ser del Dios cristiano. El suicidio pasó a ser delito y otro tanto la cooperación con el enfermo terminal. En la Roma clásica el mercado de bienes, servicios había pocos, funcionaba con criterios capitalistas en todo, menos en dos cosas. El grano imprescindible a partir de que la ciudad alcanzó varios cientos de miles de personas…. y el opio.

Roma fue la primera ciudad del Mediterráneo en asumir alguna responsabilidad sobre sus ciudadanos, Atenas no lo hizo nunca, y aplicó un “precio político” al pan, llegando a distribuirlo gratuitamente. Comer era lo primero y morir lo último. El opio, del que se aseguraba la cantidad necesaria para cubrir las necesidades sin que se disparara el precio, permitía acabar sin dolor con una frecuencia que sólo podemos suponer, porque no se recopilaron datos de algo tan cotidiano como para que Tácito o Tito Livio pensaran en su importancia. Se conocen casos de crisis por falta de pan, varios. De falta de opio ninguno.

Los cuidados paliativos actuales no incluyen ejecutar la voluntad de un enfermo que desea irse antes de que el deterioro y el dolor fuerce a los médicos a aumentar la dosis necesaria para primero dormir, y luego detener el corazón. La poca naturalidad con la que se enfrenta la muerte en la mayor parte del mundo es una idea que comparte Mary Harris, doctora en un hospital canadiense que en su tiempo libre ayuda a personas con enfermedades terminales que desean poner fin a sus vidas, pero sólo puede hacerlo de forma clandestina, con drogas que consigue en el mercado negro.

Mary está divorciada, tiene dos hijas, un “socio” en su tarea de “ángel de la muerte”, un cirujano plástico que ha perdido la licencia pero no la humanidad, y una enfermera aliada en el hospital. La muerte tiene un precio y para Mary es la mitad de lo que le cuesta a un extranjero recurrir a Suiza, donde el suicidio asistido se practica desde la mitad del siglo pasado y es legal desde 2006, cuando la ley reconoció que “toda persona en pleno uso de sus capacidades mentales tiene el derecho a decidir sobre su propia muerte”. Las “asociaciones” Exit, Dignitas y Eternal Spirit facilitan el suicidio asistido con servicios algo distintos. Si eres suizo o residente, bajarte del mundo sale por unos 1.000 euros, y si eres extranjero unos 10.000.

Según Exit, antes de llegar a ese punto, intentan reconfortar al paciente para ayudarle a esperar la muerte natural. En su caso suelen llegar del deseo a la ejecución una de cada cuatro personas interesadas porque saber que es posible elegir morir en cualquier momento da a muchas personas la fuerza para esperar.

La muerte se produce de forma rápida, sencilla e indolora: una solución de unos 10 gramos de pentobarbital de sodio mezclada con un zumo que debe ingerir por sí mismo y en pleno uso de sus facultades. Si no fuera así, se trataría de una eutanasia, y no de un suicidio asistido y el proceso sería totalmente ilegal a ojos de la legislación suiza. Un matiz sutil pero fundamental a nivel legal y administrativo. Un hecho indiscutible es que la demanda no cesa de crecer.

Cada capítulo de “Mary me mata”, candidata a nueve categorías en los últimos premios televisivos de Canadá, nos pone ante casos concretos y ante nuestra propia manera de pensar, al tiempo que avanza la vida y los problemas a los que esta doctora se enfrenta, y la cárcel no es una buena opción para una madre divorciada con dos hijas, una ya adolescente, que empieza a darse cuenta de que ocurre algo anormal… que debería serlo mucho menos.

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Carlos López-Tapia

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