Cine en serie: “Red Riding”, una trilogía sobre la corrupción policial y el abuso de poder

Cine en serie: “Red Riding”, una trilogía sobre la corrupción policial y el abuso de poder

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Querido Teo:

En Amazon Prime hemos podido recuperar la trilogía británica “Red Riding”, adaptación en forma de películas para televisión de las novelas de David Peace, joven escritor considerado el James Ellroy británico que a finales de los 90 encontró un gran éxito literario con su conjunto de cuatro novelas pertenecientes a la saga “Red Riding” (“1974”, “1977”, “1980” y “1983”). Si bien la segunda no se adaptó en pantalla, por una cuestión presupuestaria, las otras tres sí que conforman un trabajo interesante y de aire malsano que se adentra en la corrupción del sistema policial y la amoralidad de los que lo rodean con el encubrimiento de determinados estamentos a raíz de la desaparición y asesinato de unas niñas pequeñas a lo largo de más de una década. Channel 4 fue la cadena que emitió con éxito la serie en Reino Unido consiguiendo por el primer capítulo 9 nominaciones al Bafta en 2010, incluyendo mejor serie de drama y ganando los premios de actriz de reparto (Rebecca Hall), vestuario y fotografía.

Tony Grisoni, habitual colaborador de Terry Gilliam se encargó del guión, en un proyecto que más que una serie, aunque bien mantiene el hilo de la investigación, no deja de ser tres películas diferentes de hora y media de duración en las que, manteniendo a algunos personajes, el protagonista de cada una de las entregas es distinto.

Si bien en 1974 vemos las pesquisas del petulante joven periodista Eddie Dunford (Andrew Garfield), en 1980 toma los mandos el honesto y proactivo detective Peter Hunter (Paddy Considine) y en 1983, de cara a la resolución del caso, emerge el agente Maurice Jobson (David Morrisey) al igual que algo de la dignidad del cuerpo que representa con el fin de evitar que se sigan tapando los desmanes de esa logia policial, cuyos miembros se hacen apodar los de “El Norte”, y que se tiene muy a gala hacer lo que ellos quieren.

La acción se sitúa en un Yorkshire obrero y deprimido económicamente con gente que malvive mientras otros imponen su ley. Un lugar en el que, en pocos kilómetros de distancia, ocurrieron ya dos desapariciones de niñas en 1969 y 1972, encontrándose algunas de las víctimas asesinadas brutalmente y con unas alas de cisne cosidas en las espaldas.

En 1974 vemos como el impetuoso periodista Eddie Dunford llega para ser cronista de sucesos del Yorkshire Post y va estirando el hilo a partir de un nuevo suceso que rodea a la niña de 10 años Clare Kemplay y, entre juergas y líos de cama, descubre el hilo que conecta las desapariciones con un importante constructor local llamado John Dawson (Sean Bean) mientras, cada vez, se introduce en el drama de la madre de una de las desaparecidas, Paula Garland (Rebecca Hall).

Julian Jarrold dirige un episodio rodado con estilo, con una ambientación exquisita y con una atmósfera de fatalidad sombría, neblinosa y humeante que busca la incomodidad por parte del espectador mientras el joven periodista comienza a introducirse cada vez más en arenas pantanosas movidas por unos tipos que no tendrán ningún escrúpulo en taparle la boca si es necesario, así como de encargarse de incendiar un campamento de gitanos sólo para que el terreno quede libre y se pueda edificar en él.

En 1980, seis años después, el caso sigue sin resolverse y llega al lugar un reputado detective de Manchester conocido por sus métodos rigurosos y, sobre todo, por el hecho de que no se casa ni se deja comprar por nadie como demostró investigando los sucesos ocurridos en la matanza del pub Karachi en 1974. Ante la intranquilidad de la población por el aumento de casos, recibirá el encargo de formar a un equipo para intentar resolver el caso del que ya se considera que es un asesino en serie.

Peter Hunter no sólo sufrirá las consecuencias de una trama difusa sino el hecho de que la propia policía no le vaya a ayudar de la manera que él espera, especialmente el desagradable Bob Craven (Sean Harris) que representa todo lo peor del cuerpo policial de Yorkshire. Primero para que no sea alguien ajeno al lugar el que se lleve el mérito y demuestre las incompetencias del estamento policial, y segundo por una posición corporativista que lleva a que los intereses ocultos deben de quedar bien tapados sin salir a la luz. Es en este capítulo cuando vemos que el principal escollo de la investigación no está en los actos del criminal en sí sino, sobre todo, en una policía que aplica más esfuerzos en esconder su podredumbre que en realmente encontrar la clave del caso.

Es en 1983 cuando la kafkiana investigación toma otro cariz cuando poco a poco se van desvelando en qué bando están jugando cada uno de los implicados, sobre todo en el caso de algunos de los jerifaltes del cuerpo como el comandante Harold Angus (Jim Carter), el comisario Bill Molloy (Warren Clarke) o el agente John Nolan (Tony Pitts).

Además de la colaboración una periodista que conoce cómo empezaron las pesquisas en el primer capítulo (Michelle Dockery), es fundamental la labor del citado agente Maurice Jobson, harto de mirar hacia otro lado, que en paralelo con el desaliñado abogado John Piggott (Mark Addy), el cual acaba de perder a su madre, comienzan a encajar las pistas de una trama que tiene falsos culpables, burocracia desesperante, intereses económicos, intensos interrogatorios, perversiones ocultas y casos de abuso infantil que provocan el escalofrío en el espectador y la necesidad de salvación para personajes rotos en vida por culpa de otros que se aferran al sustento de su abuso de poder o autoridad.

Es lo que sufren unos brillantes Daniel Mays como Michael Myshkin, discapacitado al que su madre sigue esperando fuera y que sufrió las consecuencias de un juicio cuestionable con el fin de cerrar el caso de una manera rápida y razonable para opinión pública, Gerard Kearns como su amigo Leonard Cole y Robert Sheehan como un joven chapero que no puede resistirse a buscar venganza al ya no tener nada que perder. En los tres capítulos también forma parte el imprescindible Peter Mullan como el reverendo Martin Laws de la que su alargada sombra va más allá de dar reparo y consuelo en la zona.

Si bien Julian Jarrold dirigió el primer capítulo, James Marsh y Anand Tucker se encargaron de los siguientes de manera respectiva aunando tanto cierta autonomía formal, cada una de las entregas fue rodada en 16mm, 35mm y HD, como sobriedad, atmósfera y visión de conjunto, a lo que contribuye el guión de Grisoni, ya que son sucesivas referencias y flashbacks las que conectan a las tres entregas además de algunos personajes como los de David Morrisey, Peter Mullan y Robert Sheehan, presentes en todas ellas.

“Red Riding” no es una serie fácil para el espectador ante su tono áspero y la presencia de personajes que van entrando y saliendo, no siendo hasta el último capítulo cuando conozcamos en verdad la función y papel de cada uno de ellos, más en una serie que apuesta por definir personajes grises y matices morales. Aun así su discurrir reposado, pero con suficientes giros e intriga, permite tener pendiente al espectador y que valga la pena el visionado de las tres partes para que el puzzle cobre sentido y que sea mucho más que una de desapariciones e investigaciones criminales siendo tan importante la resolución de la trama como reflejar el ambiente desolado que sirve de detonante y escenario de estos hechos. Un proyecto televisivo que dejó tres estupendas películas que también nos invitan a descubrir la literatura de su autor, el recomendable David Peace.

Vídeo

Nacho Gonzalo

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