Coleccionable Stephen King: El verdadero horror

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Querido Teo:

A los 19 años King se encontró con el alcohol. En el viaje de fin de estudios del instituto cogió la primera gran borrachera de su vida. el alcohol pasó a ser parte indispensable de su diversión, apoyado por un entorno favorable y pretendidamente libertario. “En Manhattan, tómate un Manhattan”, “El jueves, tonto si no bebes”, “El trabajo es el opio de la clase bebedora”, ya eran carteles frecuentes tras las barras de los bares. A finales de los sesenta se desbordó una opinión positiva hacia las drogas, no sólo por parte de los jóvenes en busca de diversión, sino también en forma de tolerancia y experimentación en capas sociales y profesionales más maduras. En los setenta fue el turno del LSD y la marihuana, para abrir las puertas a la cocaína en los años ochenta. King lo probó todo.

La progresión de su éxito le proporcionaba cosas que celebrar, aunque no lo necesitaba. Se convencía de estar usando “la defensa Hemingway”, empleada con frecuencia por los intelectuales creativos y que el propio King define así: “Consiste más o menos en lo siguiente, soy escritor, y por lo tanto muy sensible, pero también soy un hombre, y los hombres de verdad no se dejan gobernar por la sensibilidad. Eso sería de maricas. En conclusión, que bebo. ¿Hay alguna otra manera de afrontar el horror existencial y seguir trabajando?.”

A los 28 años King escribió “El resplandor”, sin darse cuenta de que había buena parte de su yo alcohólico en el protagonista. La primera alucinación de Jack Nicholson ocurre en el bar vacío del hotel vacío, cuando se cubre la cara con las manos y murmura que vendería su alma por una cerveza. Al levantar la vista está esperando Joe Turkel, que interpreta a Clyde, el barman del hotel, para servirle toda la bebida por la que suspira. En 1977 King estaba aún al principio de su carrera. Sólo había publicado “Carrie”, “Salem’s lot” y, bajo el seudónimo de Richard Bachmnan, “Rabia”. En unos años se llegaría a convertir en el “wunderkind” de la ficción de horror moderna, un Steven Spielberg literario con la misma capacidad de descubrir lo siniestro en el ambiente más vulgar. “Yo soy muy normal, y por eso se venden mis libros. No soy capaz de tener fantasía”, dice King. Brian de Palma había rodado “Carrie” con gran éxito, pero la mayoría de los intentos cinematográficos fallarán, y a King no le extraña: “Es difícil salvar el hueco entre la calidez de una novela que hace que los personajes parezcan merecedores de cariño, y  su colocación en poco tiempo y con poco detalle de su personalidad frente a todo tipo de horrores”.

ColeccionableStephenKingDrogas02El propio King descubrió con horror, y de repente, que se había convertido en un alcohólico. Una nueva Ley aprobada a principios de los años ochenta obligaba a separar latas y botellas en la basura. Las latas de medio litro de Miller Lite, su cerveza favorita, se tiraban en un contenedor de plástico que estaba en el garaje. Se recogían cada Lunes, y un Jueves por la noche, al salir a tirar unas cuantas, se sorprendió al ver que el contenedor estaba casi lleno. Creyó poder controlarlo y en 1985 ya se había sumado al problema alcohólico la adicción a otras drogas, pero siguió funcionando con relativa normalidad, como muchos consumidores de estupefacientes. Perdió su confianza hasta achacar al estado de alteración de las drogas su creatividad. Llegó a beber cada noche una caja de latas de medio litro, y confiesa sin vergüenza ni orgullo que apenas recuerda  haber escrito “Cujo”. Durante los cinco últimos años de bebedor siempre remataba las noches con el mismo ritual: vaciar en el fregadero las latas que quedaran en la nevera. Si no, tras acostarse, no tenía más remedio que acabar levantándose y terminar con las que quedaran.

En 1986, poco tiempo después de haber escrito “Misery”, su mujer llegó a la conclusión de que no saldría solo de aquella espiral descendente. Reunió a varios familiares y amigos en la casa, y, ante su marido, Tabby vació en la alfombra una bolsa de basura llena de cosas del despacho: latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, cocaína en bolsitas, cucharitas para coca manchadas de mocos y sangre seca, Valium, Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de NyQuil anticatarro, y hasta botellas de elixir bucal. Su esposa le dijo entonces que tenía dos alternativas: o hacer un tratamiento de rehabilitación o irse enseguida de casa. Le dijo que le querían ella y los niños, y que por eso no deseaba presenciar su suicidio. King diría después que había acabado por decidirse gracias a Annie Wilkes, la enfermera de “Misery”. Annie personifico para King la coca y la bebida, y pensó que estaba cansado de ser su escritor mascota. “En los peores momentos no quería beber ni estar sobrio, recuerda el escritor, me sentía desahuciado de mi propia vida. Al iniciar el camino de vuelta, mi máxima ambición era creerme a los que me prometían una mejora a cambio de tiempo. Y en ningún momento dejé de escribir. Me salieron muchas páginas sin garra, como de aprendiz, pero al menos salían”.  Se recuperó completamente y continuó adelante hasta que un paseo por las proximidades de su domicilio en Maine, estuvo muy cerca de acabar con él y sus historias.

Carlos López-Tapia

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