Coleccionable Stephen King: Hecho un hombre

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Querido Teo:

A los 19 años King terminó el instituto que le dejaría algunos recuerdos que recuperar para sus futuras novelas. Se enfrentaba a la vida de adulto sin haber conseguido vender más que un par de cuentos, por valor total de 65 dólares. A la afición por escribir se había sumado otra: el cine. Pertenecía a la última generación de escritores que habían aprendido a leer y escribir sin “tele” en el salón. En su casa el aparato entraría tarde, él ya tenía once años, pero el impacto coincidió con unos años en que la ciencia ficción arrasaba en todos los medios. Su primer recuerdo televisivo es de una película de robots asesinos entregados a matar a los últimos supervivientes de una guerra nuclear. En la década de los cincuenta se extendió la conciencia del poder para destruir la tierra y alcanzar el espacio. “Con destino a la luna” fue la primera película de ciencia ficción de la década, y “Ultimátum a la tierra” de las que tuvo más éxito. En esta última era esencial el papel de un niño, y Hollywood sabía desde sus comienzos que el público infantil tenía más peso que ningún otro.

Entre los once y los diecinueve, el cine se convertiría en una gran pasión, aunque tan duradera que, el día en que su esposa sintió los primeros dolores de parto de su primer hijo King estaría en un autocine, viendo un programa triple de terror. Que se transformó en cuádruple cuando escuchó un comunicado de la dirección por la megafonía del estacionamiento: “¡SE RUEGA A STEVE KING QUE VUELVA A CASA! TU MUJER ESTÁ A PUNTO DE PARIR¡”.

Stephen tenía que aportar dinero a la limitada economía familiar, o al menos no suponer un peso para su madre, siempre dispuesta a realizar los trabajos más duros para pagar la educación de sus hijos. Los últimos meses de instituto los había compaginado con un trabajo en una fábrica textil. Acababa rendido cada día, tras las clases y ocho horas en un edificio de varias plantas situado junto al río contaminado de pueblo. Era un trabajo rutinario, mecánico, con un calor insoportable y donde el mayor riesgo o aventura era que las máquinas le cosieran una mano. La dirección de la fábrica decidió aprovechar una semana del verano para cerrar y acometer la limpieza de una planta sótano, que llevaba casi cincuenta años olvidada. Ofrecieron a los trabajadores voluntarios para la tarea una paga doble. King era un joven de instituto y no pudo optar porque las plazas las cubrieron los veteranos al regresar tras la semana de cierre, un compañero le contó que se habían encontrado con ratas del tamaño de gatos, y algunas tan grandes como perros.

ColeccionableStephenKingCondestinolalunaUnas semanas después, en una tarde aburrida de pleno verano, para entretenerse, comenzó y terminó un cuento titulado “El último turno”. Estaba inspirado en la historia de las ratas. Lo envió como había hecho con tantos otros. Solicitó algunas becas, y hasta consideró alistarse en el ejército. Un camino natural era estudiar para algo rápido y seguro, como era el trabajo de maestro de gramática y literatura. También adecuado para tener tiempo para escribir, a costa de un salario muy pequeño. Entonces llegó una carta de la revista Cabalier, bien colocada en los kioskos, respondiendo respecto a “El último turno”. Aceptaban el relato y le pagaban doscientos dólares. Era la cantidad que ganaba su madre trabajando muchos días a razón de diez horas diarias. !Era rico!. Pero sobre todo acababa de pasar a otra división del juego. Tenía veinte años y los siguientes cuatro los dedicaría a empaparse de literatura, cultura hippie, rock, drogas y sexo, aunque poco de lo último ya que conocería a la mujer que le aguantará toda su vida, y por fin a licenciarse como maestro.

Los cuentos publicados y cobrados caían con cuentagotas, y ni siquiera pudo encontrar trabajo de maestro al licenciarse. La necesidad de independencia le llevo a realizar trabajos de todo tipo, y él mismo relataría años después en sus memorias, algunos de los momentos más memorables de entonces: “…entré a trabajar en la lavandería New Franklin, donde el sueldo no era mucho mayor que el de hacía cuatro años, en la fábrica Worumbo. Las sucesivas buhardillas donde alojé a mi familia no tenían vistas al Sena, sino a algunas de las calles menos acogedoras de Bangor, las más propensas a que pasara un coche patrulla a las dos de la noche del sábado. La poca ropa de vestir que vi en New Franklin eran restos de incendios pagados por alguna compañía de seguros (solían componerse de ropa de aspecto normal, pero con olor de carne de mono a la brasa). Casi todo lo que metía y sacaba en las máquinas eran sábanas de moteles de la costa de Maine y manteles de los restaurantes de playa. Los manteles eran literalmente repugnantes. En Maine, cuando un turista va a comer al restaurante lo habitual es que pida almejas y langosta. Sobre todo langosta. Cuando llegaban a mis manos los manteles donde habían sido servidos tales manjares, echaban una peste de mil demonios, y muchos eran un hervidero de gusanos intentando subírsete a los brazos mientras cargabas las lavadoras. ¡Qué cabrones!. ¡Parecían darse cuenta de que pensabas hervirlos!. Supuse que me acabaría acostumbrando, pero no. Si los gusanos eran asquerosos, la peste a almejas podridas lo superaba todo. Llenando febrilmente los tambores con la mantelería de Testa’s (un restaurante de Bar Harbor), siempre me hacía la misma pregunta: ¿Por qué la gente es tan guarra?. ¿Por qué serán tan guarros los muy hijos de puta?. Aún había algo peor: las sábanas y manteles de hospital. En verano también había gusanos pululando, pero no se alimentaban de carne de langosta ni de almejas, sino de sangre. Cuando se consideraba que una bata, una sábana o una funda de almohada estaba infectada, la metíamos en unas bolsas («las bolsas de la peste negra») que se disolvían al contacto del agua caliente, pero en aquella época la sangre no tenía reputación de entrañar grandes peligros. Muchas partidas de hospital venían con suplemento como si fueran cajas de sorpresas con premios rarísimos. Una vez encontré un calientacamas de metal, y otra unas tijeras de cirujano (el calientacamas no servía de nada, pero las tijeras se revelaron perfectas para la cocina)”.

King no ha dejado de disfrutar desde entonces cada vez que recuerda estas imágenes de su pasado a los que todavía no las conocen. “Decoradas” o no por su talento de narrador, tenía las fuerzas necesarias para insistir en convertirse en escritor, aunque se comenzaba a apoyar demasiado en estimulantes peligrosos.

Carlos López-Tapia

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