Conexión Oscar 2019: Festival de Toronto (III): “Beautiful boy”, “Boy erased”, “Ben is back” y “Obra sin autor”

Conexión Oscar 2019: Festival de Toronto (III): “Beautiful boy”, “Boy erased”, “Ben is back” y “Obra sin autor”

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Querido Teo:

Toronto ha proseguido con dos protagonistas en esta tercera jornada, dos de los actores más destacados de su generación (incipientes veinteañeros) que podríamos llamar “generación Lady Bird” teniendo en cuenta que aparecieron junto a Saoirse Ronan en la cinta de Greta Gerwig. Timothée Chalamet ha demostrado su talento en “Beautiful boy”, un drama paternofilial marcado por las adicciones a las drogas, y Lucas Hedges ha hecho doblete con “Boy erased” y “Ben is back” demostrando que el que sorprendió como sobrino de Casey Affleck en “Manchester frente al mar” ha llegado para quedarse.

“Beautiful boy” es la cinta que une a Steve Carell y Timothée Chalamet como padre e hijo que viven y sufren el mal de la droga y la adicción en el cuerpo del segundo y teniendo que luchar contra ese drama. Es lo nuevo del director belga Felix Van Groeningen (“Alabama Monroe”) que pretende volver a golpear el corazón con una dura historia familiar basada en las propias memorias de David y Nic Sheff que han sido adaptadas por Luke Davies (“Lion”) y que se centra en el dolor de un padre de ver como su hijo cae en el mismo pozo en el que él mismo estuvo a punto de ahogarse como adicto a las anfetaminas. Heredero de los dramas familiares de los 80 como “Kramer contra Kramer”, “Gente corriente” o “La fuerza del cariño”, con dos actores en un momento envidiable; Steve Carell demostrando sus dotes dramáticas (y sorprendiendo en esta faceta en cintas como “Foxcatcher” o “La última bandera”) y un Timothée Chalamet que ha emergido como uno de los actores que más alegrías va a darnos en el futuro tras su recital en “Call me by your name” y el desparpajo demostrado en otros títulos recientes como “Miss Stevens” o “Lady Bird”.

Como se esperaba “Beautiful boy” es un drama de crisis y redención con las drogas como ruptura de sueños y relaciones. Una cinta correcta pero menos rotunda y emocional que “Alabama Monroe”. Aunque la realización de Van Groeningen sabe seguir bien a los personajes llevando a cabo, como ocurría en su anterior película, esos saltos hacia atrás en el tiempo que permiten la comprensión emocional con los mismos, la cinta se sostiene por el trabajo de un Carell correcto en el tono, sobrio y reconocible como un padre que no sabe si ayudar a su hijo o dejar que él, el que siempre ha sido su ojito derecho, sea consecuente con sus actos y tenga que salir a flote por él mismo con el riesgo que ello conlleva. Por su parte, Timothée Chalamet sabe el potencial del papel que tiene en sus manos y sobre todo refleja muy bien el “mono” que sufre su personaje como consecuencia de su dependencia y cómo ello afecta a la relación de confianza con su familia. Chalamet, que se reveló a todos el año pasado con “Call me by your name”, y que ahora lleva a cabo una interpretación mucho más efectista más propia de un joven Pacino del Actor´s Studio que de la sutil contención que mantuvo durante el metraje de la película de Guadagnino, va a seguir dando que hablar este año en la carrera en la que es la mayor opción de Oscar de una película que no logra estar a la altura de la emoción que debería desprender la historia. Precisamente lo que más se achacó de Van Groeningen en “Alabama Monroe”, un sentimentalismo al que no importaba meter el ojo en el espectador, ha sido de lo que se ha quedado corto en esta ocasión sobre todo porque la historia no va más allá de la anécdota familiar y de esa lucha conjunta de padre e hijo que hace que todos los personajes que están a su alrededor (especialmente las mujeres a las que dan vida Amy Ryan y Maura Tierney) pasen muy desapercibidos como meros esbozos. Aunque tampoco podamos decir nada negativo en concreto de la cinta sí que es verdad que la sensación que deja es que la historia tenía unos mimbres que podrían haberse aprovechado mejor ya que sin Carell y Chalamet, que están ambos a favor de obra con dos personajes con claro sabor oscarizable sobre el papel, la película no termina de volar por sí sola lo que la empareja con texto digno de montaje teatral al basarse en el duelo actoral.

“Boy erased” es desde su concepción uno de los platos fuertes de la temporada y es desde ya una de las películas con más hechuras de Oscar de las que hemos visto por el momento. Joel Edgerton sorprendió como director con el thriller de suspense “El regalo” y ahora alcanza la confirmación con la adaptación de las memorias de Garrand Conley publicadas en 2016 sobre el hijo de un pastor de un pequeño pueblo en Arkansas que, tras confesar a sus padres su homosexualidad a los 19 años, fue enviado por éstos a un programa en el que, siguiendo 12 pasos y cumpliendo a pies juntillas los mandatos de la Biblia, se pretende erradicar esa tendencia sexual. Todo con el fin de seguir la que para sus padres es la buena senda y también para una comunidad que no haría más que marginarlo y denigrarlo. La historia real de la lucha de un hombre joven por encontrarse a sí mismo mientras es forzado a cuestionar cada faceta de su identidad rodeado de un entorno en el que no hay ni buenos ni malos, sino sólo gente que cree que hace lo correcto.

La cinta se revela como un gran y emotivo drama sobre el despertar sexual y aceptación de un joven gay enviado a terapia de reconversión, algo que el cine ha tratado poco hasta ahora ya que ha derivado de personajes armarizados y caricaturescos primero a los densamente complejos después pero ya con su condición revelada y sin intención de erradicarlo, más allá de moverse (o no) clandestinamente en sus relaciones. En esta ocasión estamos ante un ejercicio lleno de sobriedad elegante y arriesgada que la acerca más al cine europeo que al que nos suele venir de USA con escenas duras y sin cortapisas que narran la realidad de ese joven en un centro en el que se coarta de manera irracional e infructuosa una característica de la personalidad que no es sujeta a reseteo por mucho que así lo creyeran estas mentes preclaras. Y es que, además de los altibajos de la relación con unos padres, más auténticos que los idealizados por “Call me by your name” a la hora de abordar con su hijo el tema, y que se han criado con sus creencias, culturas y las enseñanzas de generaciones y generaciones que hablaban de homosexualidad como una traición a su especie, y que se resisten a aceptarlo a pesar de las evidencias y manifestaciones de su hijo, la película se adentra en el microcosmos de ese centro de terapia con sus personajes ambiguos y represivos, dogmáticos y tan poco científicos como humanos a abordar el tema, mostrando en una de las escenas el intento de una violación entre compañeros en un primer plano en un momento crudo y desolador como arrebato de rabia instintivo sobre lo que se quiere esconder, o incluso el intento desesperado del centro por tapar sus vergüenzas incluso cuando la situación ya ha llegado a tal extremo que el joven suplica salir de allí a toda costa siempre en pro de su interiorizada moral.

En definitiva el resultado es frustración, vaivenes de identidad que lleva a esas cuatro paredes a ser casi escenario de una nueva versión de “Alguien voló sobre el nido del cuco, y personajes que sólo piensan en cumplir lo que les han enseñado que es lo correcto en una propuesta formalmente arriesgada y con escenas más valientes de lo previsible como hemos reseñado. Lucas Hedges, Nicole Kidman y Russell Crowe llenos de fuerza y verdad deben ser nominaciones fijas al Oscar. El primero por la fuerza, naturalidad y verdad con la que aborda cada personaje, lo que le convierte en un actor inteligente, instintivo y nada viciado de tics o manierismos siendo un diamante en bruto para cualquier director haciendo fácil cualquier reto de los que se le están poniendo en una incipiente, pero ya brillante, carrera, y los segundos dando vida a unos padres que se mueven entre el amor a su hijo (que en verdad sólo acepta ir a la terapia porque su condición la vive con un sentimiento de vergüenza y de no haber cumplido las expectativas que sus padres tienen en él) y la incomprensión hacia algo que ven como antinatura y tara social para el desarrollo de su hijo dentro del modelo de comportamiento de su comunidad. Nicole Kidman sigue en un momento brillante de su carrera (no hay nada más que verla con ese doblete cinematográfico este año con “Boy erased” y “Destroyer”) y Russell Crowe recuerda al gran actor de presencia y magnetismo de sus inicios como un padre orondo marcado por la rectitud, lo que quiere proyectar de él en su hijo para que éste cumpla sus sueños proyectados como padre, y lo que proclama semana a semana en sus sermones en la iglesia. Un film que supone una “rara avis” dentro del cine USA que emociona sin efectismos bordeando por unos terrenos sólidos, equilibrados y que desprenden un tono y una gran sensación de verdad que, al contrario de la anterior cinta comentada, al tener más claro lo que quiere contar, y sustentar bien su desarrollado, el hecho de que los actores estén brillantes y el potencial que ya de por sí emana la cinta permita que se retroalimenten y conformen uno de los títulos del año y que, por otro lado, garantiza debate.

“Ben is back” de Peter Hedges es un drama familiar desarrollado en un fin de semana navideño en el que el hijo mayor vuelve a casa sin explicarnos muy bien porqué, sólo el hecho de que ha estado un periodo desaparecido víctima de sus contactos con las drogas y malas compañías. Rehabilitado y con el deseo de volver a reencontrarse con su familia, la cinta se sustenta sobre todo en la relación entre la madre y este joven, ya que el resto de la familia no mantiene lazos de sangre con ese Ben del título (salvo una hermana pocos años menor) al haber rehecho la madre su vida con otro hombre y formado una nueva familia, la típica USA con marido devoto, fiel y responsable, dos niños pequeños y un perro. El drama llega a ser un poco forzado, pasando en pocas horas del reencuentro familiar a una trama de criminales y cuentas pendientes con asalto de la casa familiar, secuestro del perro y corre que te pillo entre madre e hijo mientras el resto de personajes queda impávido de lo que se traen entre manos. Todo ello en un imprevisible fin de semana. Julia Roberts ilumina la pantalla, como es habitual, como una madre coraje en un papel en el no se permite el relajo y demuestra todo su potencial como actriz dramática, en su mejor personaje de la década junto a los de “Agosto” y en menor medida “Wonder”. De Lucas Hedges (dirigido por su padre) no podemos decir nada más allá de un talento que le convierte en uno de los más destacados de la nueva ola de relevo actoral que tantas alegrías va a dar al cine como avanzado representante de una generación preparada, metódica, alejada del salvajismo de los 80 y 90 y muy centrada en el respeto a su oficio con ademanes cercanos al prestigio actoral que da el teatro por delante de los cantos de sirena de la fama mal entendida.

“Obra sin autor” de Florian Henckel Von Donnersmarck es el regreso al cine alemán del director que patinó hace ocho años con “The tourist” tras haber ganado el Oscar para su país con “La vida de los otros”. En esta cinta, presentada en Venecia a competición, vemos como el artista alemán Kurt Barnert consigue escapar de la RDA a la RFA, pero que sigue atormentado por su niñez bajo el régimen nazi, y la posguerra en la Alemania comunista. Una historia trascendente, valiosa y con empaque que, aunque destaca en lo formal y en lo interpretativo con un tridente compuesto por Tom Schilling, Paula Beer y Sebastian Koch, se hace irregular, azarosa y llena de vaivenes al pretender abarcar tres horas a todas luces innecesarias a pesar de la buena premisa y contar con alguna escena poderosa sobre todo las relacionados con el proceso artístico, obsesivo e innato del pintor, y los recuerdos de una madre que han marcado su vida y personalidad como se permite subrayar la cinta finalizando de manera cíclica.

Nacho Gonzalo

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