Conexión Oscar 2020: Festival de Toronto (V): “Historia de un matrimonio”, “Los dos Papas”, “El jilguero” y “The kingmaker”

Conexión Oscar 2020: Festival de Toronto (V): “Historia de un matrimonio”, “Los dos Papas”, “El jilguero” y “The kingmaker”

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Querido Teo:

Quinta jornada del Festival de Toronto en el que hemos tenido dos apuestas de Netflix que poco a poco va lanzando sus apuestas cinematográficas para un otoño bastante movido. Todos los titulares se los lleva la exquisita “Historias de un matrimonio” de Noah Baumbach que continúa con su recorrido de buenas críticas tras Venecia y Telluride.

“Historia de un matrimonio” llegaba con unas críticas excelentes tras su paso por el Festival de Venecia y, aunque finalmente se fuera de vacío dentro del consenso que es la decisión de todo Jurado, en Toronto ha despertado las mismas sensaciones y es que Noah Baumbach vertebra su obra más personal pero también más madura heredando la forma de hacer un tipo de cine deudor de los 70 y que ya ha recibido comparaciones con algunos de los mejores títulos del primer Woody Allen, el clásico que mostró en el cine el lado más descarnado de un divorcio en “Kramer contra Kramer” o incluso una cinta anterior del propio Baumbach, “Una historia de Brooklyn” (2005). Un guión preciso y rico en los diálogos y réplicas dando alma a sus personajes. Apabullante en su sencillez y rotundidad que se inicia con un prólogo magistral que presenta las rutinas y vidas de ambos personajes, él (Charlie) coreógrafo y ella (Nicole) actriz, que poco a poco van minando su relación de la que pende el bienestar de su hijo pequeño y el modo de vida que hasta ese momento han mantenido en el que los dilemas, sueños e inseguridades de este gremio en el que trabajan es el día a día en sus conversaciones y preocupaciones.

Adam Driver y Scarlett Johansson no pueden estar mejor dando humanidad y hondura a unos personajes complejos, ambivalentes y temerosos de lo que está por venir con momentos de lucimiento para ambos ya que ambos aúnan momentos de egoísmo por haber minado la relación pero también otros en los que despiertan compasión. Es de alabar como Baumbach maneja con brío y frescura la relación entre los personajes, y es que en otros títulos de su filmografía las ínfulas indies coartaban en cierta manera las relaciones entre ellos llegando en ocasiones a la petulancia, pero aquí el timing actoral de los actores funciona de manera milimetrada tanto en el gesto, el equívoco y la réplica como se puede ver en esa escena en la que entran en juego la madre y la hermana del personaje de Scarlett Johansson cuando está a punto de llegar el de Driver o cuando éste tiene una herida en el brazo en la visita de una asistente. Aunque la actriz alcanza uno de sus trabajos más complejos y redondos, y es que hacía tiempo que no se le veía tan bien casi desde el principio de su carrera, Adam Driver puede lucirse metiéndose al público en el bolsillo incluso con el número de Being alive del musical “Company” que resuelve con magisterio y que no está puesto por casualidad porque es esa soledad y ese punto de inflexión en su vida en la que todo lo que ha construido amenaza con dinamitarse, aunque también tenga un momento con su hijo entre sollozos que conmueve al espectador con suma naturalidad y verdad.

Por su parte, Laura Dern interpreta a la abogada del personaje de Johansson y, aunque recuerda mucho a su Renata Klein de “Big little lies”, se reserva algunos de los mejores momentos de la cinta incluso con un alegato feminista tendente a la ovación del público y que le lleva ser una escena muy potente que redondea un trabajo con posibilidades de Oscar ya que es en la categoría de actriz de reparto y en la de guión original donde la cinta tiene mayor terreno ganado aunque no queremos dejar de mencionar el trabajo de otros nombres como Alan Alda, Merritt Wever, Julie Hagerty o Ray Liotta, así como la deliciosa música de Randy Newman que baña de elegancia e incluso carácter juguetón al que es el punto de consagración de un director que, como los buenos vinos, ha llegado a su punto justo de maduración con un trabajo impecable, universal, emotivo y duro pero también sumamente entretenido gracias a ese guión que se mueve a ritmo del tic tac de un reloj suizo. Una cinta que se recordará con el tiempo y se estudiará a la hora de mostrar en el cine lo que es el desmoronamiento casi imperceptible pero real de lo que fue una relación llena de amor, proyectos en común y sueños pero que día a día ha terminado engullido por la rutina, la convivencia difícil y, en realidad, los intereses distintos de cada uno de ellos.

“Los dos Papas” es un título más dentro de las apuestas de Netflix para la próxima temporada pero todo parece indicar que estaremos ante un título que quedará eclipsado por “El irlandés” e “Historia de un matrimonio”. Fernando Meirelles en la dirección y Anthony McCarten en el guión se centran en ese periodo de transición en la Iglesia católica que va desde la rectitud e inflexibilidad de la vieja escuela representada por Benedicto XVI y los aires más extrovertidos y sociales de Francisco I, el primer Papa latinoamericano. Es precisamente este último el que se podría considerar protagonista de una cinta que se adentra en sus años de juventud en los arrabales de su país donde ejerce su misión de fe e incluso tiene que elegir entre llevar a cabo una vida mundana con una mujer o cumplir el mandato que Dios le tiene reservado. La cinta no se adentra en diatribas religiosas sino que es el contraste de personalidad de dos hombres, que dentro de la misma institución, tienen diversas formas de ver la vida marcados por sus experiencias. Vemos a un Benedicto cansado ante la responsabilidad que le ha tocado llevar a cabo, y que llevará a su renuncia, y a un Francisco dicharachero apasionado del fútbol de su equipo San Lorenzo y que descubre al otro Papa música como la de ABBA o The Beatles.

No hubiera tenido mucho sentido convertir la historia de estos pontífices en una “buddy movie” pero el problema de ello es que no saca partido a la épica que podrían tener algunos momentos, como los sucesivos cónclaves, la lucha de las diversas facciones por los pasillos o el lado más personal de ambos. Al final queda un conjunto teatral demasiado anecdótico sostenido en el trabajo de dos grandes actores que, no obstante, estando muy bien no tienen tampoco el suficiente material para sacarle partido más que el peso que los personajes tienen ya de por sí. Al final son las conversaciones de dos colegas de profesión sólo con la diferencia de que son servidores de la iglesia a la que han abrazado toda su vida. Anthony Hopkins lleva a cabo uno de sus trabajos más lucidos y alejados de artificio y tics actorales en años mientras que Jonathan Pryce sobresale dominando el inglés, el español y el italiano, los idiomas en los que tiene que desenvolverse en la película pero no pueden hacer más ante un guión de Anthony McCarten que ha encontrado anteriormente mejores trabajos dándole Oscar a las interpretaciones que llevaron a cabo Eddie Redmayne, Gary Oldman y Rami Malek por algunos de los personajes (reales) que ha escrito recientemente para el cine. “Los dos papas” es una película que se ve bien pero que no trasciende y que a buen seguro se diluirá como un azucarillo tanto en la carrera de premios como dentro del amplio catálogo de la plataforma que le acoge.

“El jilguero” es uno de los pocos fiascos que se han podido ver en un certamen que habitualmente suele encumbrar más que estrellar pero la adaptación de este premio Pulitzer, ya de por sí parte de un material complejo a la hora de ser llevado al cine como consideran los que lo han leído, es una de las cintas que se ha caído de la carrera antes de que haya empezado. Dos horas y media para una apuesta que venía avalada por la dirección de John Crowley, que ha sido de los pocos que ha logrado volver a llevar el clasicismo a los Oscar con la sorprendente nominación de “Brooklyn” a mejor película en 2016 (por un lado justa pero por otro lado improbable para estos tiempos más crípticos). La adaptación del premio Pulitzer de Donna Tartt es alargada, plomiza y confusa ante un desarrollo más filosófico que narrativo pero en un drama personal, el del niño traumatizado por la muerte de su madre en un atentado terrorista en el Museo Metropolitan de Nueva York, que no logra transmitir nada al espectador, y eso que tiene tiempo para ello en su alargado metraje.

Formal, torpe y sin el poder embriagador del texto original y eso hace que si bien la elegancia formal está presente (a destacar la fotografía de Roger Deakins) no lo está de la misma manera a la hora de conmover ante saltos en el tiempo que no ayudan, en una ambición en su planteamiento que no le hace bien, y unos actores tan perdidos como sus personajes en un batiburrillo de duelo en la infancia, drama personal de desarraigo y sentimiento de culpa, tributo al poder del arte y mafias rusas. Ansel Elgort está más perdido que un dromedario en el suelo polar pero su versión infantil, tan cariacontecida como repelente, es un punto en contra de una película en la que también vemos a Nicole Kidman, Sarah Paulson, Jeffrey Wright, Luke Wilson, Finn Wolfhard y Denis O´Hare entrando y saliendo de escena en una cinta que recuerda a “Tan fuerte, tan cerca” y “Wonderstruck”, no precisamente para bien.

“The kingmaker” ha sido un cambio de tercio llevándonos a este documental de Lauren Greenfield que pudo verse en la sección oficial fuera de concurso del Festival de Venecia. Centrado en la figura de Imelda Marcos, matriarca del clan que tras haber gobernado Filipinas junto a su marido apoya la llegada de su hijo a la vicepresidencia del mismo. Un retrato sobre la corrupción y los estragos de las figuras anquilosadas de las dinastías de poder en una mirada a una mujer y a los suyos que, intentando transmitir su razón, muestran una visión tanto nostálgica como atroz de lo que ha vivido el país. 100 minutos que entran muy bien tanto por su vertiente política como por el hecho de mezclar en la figura de Imelda los aires de diva trasnochada y de embaucadora que se aprovecha del don que tienen los de su estirpe a la hora de acrecentar populismos y eternizarse en el poder, ser unos animales en escena carismáticos para su pueblo y magnéticos para la pantalla. Para los interesados en figuras políticas a nivel internacional en los últimos años, y porque no siempre está de más conocer realidades desconocidas por titulares de otros países más mediáticos, es un trabajo imprescindible.

Nacho Gonzalo

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