"Conquistadores y aztecas. Cortés y la conquista de México"

"Conquistadores y aztecas. Cortés y la conquista de México"

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La televisión distribuyó la serie "Hernán" hace dos años, con Oscar Jaenada como Cortés, pero la pandemia se llevó por delante, cuando estaba casi todo listo, la transformación de Javier Bardem en el aventurero extremeño a las órdenes de Spielberg. Llegó a haber tres proyectos para llevar a la pantalla la llegada de Cortés hace 500 años a Yucatán; y el inicio de la caída del dominio azteca y la sustitución de la cultura mesoamericana por la europea. Que unos pocos cientos de españoles acabaran con el poder azteca es una creencia que hoy no sostienen los investigadores más informados, entre los que destaca el hispanista alemán Stefan Rinke "porque los conquistadores, que utilizaron todos los medios para obtener beneficios, no lo consiguieron solos".

Título: "Conquistadores y aztecas. Cortés y la conquista de México"

Autor: Stefan Rinke

Editorial: EDAF

La caída de Tenochtitlán y los orgullos patrios al servicio de los nacionalismos a ambos lados del Atlántico sostienen una controversia que sólo es útil para los populistas que escamotean los problemas internos señalando enemigos exteriores. Es una técnica tan antigua como eficaz, pero también traspasa a menudo mentes poco informadas. El hispanista alemán recuerda en el inicio de su obra que: "En abril de 2017 el presidente de la televisión pública española (RTVE), José Antonio Sánchez, pronunció en la Casa de América de Madrid un discurso notable. Había sido invitado para decir algunas palabras con motivo de la conclusión de un acuerdo de cooperación entre la cadena de televisión y dicho instituto cultural, el cual ha sido responsable desde 1990 de expandir las relaciones con Latinoamérica. Sánchez aprovechó la oportunidad y afirmó que la conquista española del Imperio Azteca no había sido un acto colonial, sino más bien un logro civilizador y evangelizador. Al fin y al cabo, los españoles habían llevado iglesias, escuelas y hospitales al Nuevo Mundo y derrotado a un estado bárbaro y sediento de sangre. Con esto, Sánchez inició una vez más un debate que afecta a la sensibilidad nacional. En México, los defensores de las culturas indígenas prehispánicas vertieron numerosos comentarios al respecto. En su opinión, los verdaderos bárbaros fueron los conquistadores españoles, quienes destruyeron un imperio avanzado y floreciente".

Cortés no fue el héroe que él mismo describe en sus informes al emperador, y como muchos cronistas posteriores le definieron; pero tampoco fue el criminal que acabó con una cultura floreciente. El profesor Stefan Rinke, uno de los hispanistas más reputados del mundo, destruye muchos mitos en este libro, un relato neutral, con víctimas y verdugos sujetos a unas costumbres y una moral que no admite juicios oportunistas, ni exige perdones o responsabilidades modernas.

Es tan imposible entender lo ocurrido sin Cortés y sus hombres, como hacerlo sin los numerosos pueblos de Mesoamérica, como los tlaxcaltecas, interesados en derrocar al Imperio Azteca por diversas razones. Rinke dedica buena parte de su libro a contarnos el mundo mesoamericano, recurriendo a los hallazgos más recientes, y responde a muchas cuestiones. Emplea multitud de fuentes, dudando a menudo de ellas, en busca de explicaciones tanto de los conquistadores como de los indígenas.

Las dos sociedades que se encuentran poseen mucho en común. En ambas domina un concepto religioso poderoso que elimina a sus semejantes, ya sean enemigos o elegidos para el sacrificio, aunque los occidentales están alejados 1.500 años de sacrificios rituales, prohibidos por la cultura romana en la España cartaginesa, la Inglaterra druídica o los pueblos centroeuropeos. Durante los primeros años del siglo XVI, la población de España no llegaba a los siete millones de habitantes; de los cuales, los campesinos eran el 82%, los menestrales, artesanos y jornaleros el 12%; las clases medias (eclesiásticos, ciudadanos y campesinos ricos) el 3% y la aristocracia (magnates y altas dignidades eclesiásticas, nobleza militar y aristocracia ciudadana) no llegaba al 2%, pero ese porcentaje detentaba la propiedad o jurisdicción sobre todos los bienes raíces del país.

En el Imperio Azteca la situación no era muy diferente, en los dos casos las clases estaban muy definidas y era prácticamente imposible pasar de una a otra clase por el esfuerzo individual. La conquista de Tenochtitlán fue el resultado de una guerra mesoamericana, un levantamiento exitoso de grupos étnicos indígenas contra sus dominadores. Cortés y su hueste, en realidad, jugaron un papel menor en ella. El factor fundamental para el cambio de cultura nunca fueron las voluntades de unos y otros, sino los virus. Stefan Rinke demuestra que el factor vital para que las ciudades estado indígenas acabaran por aceptar a la larga el predominio de los extranjeros fueron las epidemias. Resultó ser una guerra de virus transmitidos en las dos direcciones. El que las razones de esta catástrofe demográfica fueran buscadas por ambos bandos en poderes sobrenaturales es una prueba más de su coincidencia evolutiva. En este sentido tampoco había diferencias entre europeos e indígenas. La «gran lepra» (Hueyzahuatl), como los nahuas llamaron a la epidemia, acabó con los mexicanos y sus enemigos en masa.

Hubo muchos malentendidos y ambigüedades en la comunicación, la cual se vio dificultada por la necesidad de traducir palabras y, mucho más difícil, conceptos subyacentes. Rinke ha logrado escribir un relato ameno, terrible en muchas ocasiones, para que nos podamos dar cuenta de ello, quienes estemos más interesados en comprender que en manipular.

Carlos López-Tapia

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