“Crisis. Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos”

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Cumplido el “trámite” de la reunión sobre la crisis climática en Madrid, los mejor informados sabían que los intereses de los grandes no permiten ir más allá y por ello os propongo el libro recién publicado de Jared Diamond. Es uno de los observadores globales más interesantes y divulgativo de las últimas tres décadas. Me cuento entre sus seguidores desde el primero de sus ensayos antropológicos y somos millones los lectores que caemos sobre sus libros en busca de una foto fija, siempre con un toque histórico estupendo, de la situación.

Título: “Crisis. Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos”

Autor: Jared Damond

Editorial: Debate

Hace ya quince años que Jared trató de convencer con hechos y datos de que o sostenemos juntos el planeta o caemos todos con él. En su libro “Colapso. Por que algunas sociedades perduran y otras desaparecen”, publicado en 2005, comparó las tensiones entre las fuerzas destructivas y las fuerzas constructivas con una carrera de caballos: una carrera entre el caballo del Apocalipsis y el caballo de la esperanza. No se trata de una carrera en la que ambos animales corren a una velocidad más o menos constante a lo largo de toda la distancia. Es una carrera que se va acelerando exponencialmente y en la que ambos caballos corren cada vez más rápido.

En “Crisis”, Jared recuerda la metáfora: “Cuando lo escribí, en 2005, no tenía claro qué caballo ganaría la carrera. Cuando escribo esto, en 2019, ambos caballos llevan los últimos catorce años acelerando. Nuestros problemas, especialmente el del crecimiento de la población y el del consumo mundial, han aumentado notablemente desde entonces. El reconocimiento internacional de estos problemas y los esfuerzos mundiales por resolverlos también se han incrementado notablemente desde 2005. Pero sigue sin estar claro qué caballo ganará la carrera. Lo que sí es cierto es que ahora nos quedan menos décadas para conocer el resultado de la carrera, para bien o para mal”.

Damond hace un esfuerzo por analizar lo ocurrido y lo que ocurre en media docena de países (Alemania, Chile, Tailandia, Australia, Japón y Estados Unidos) para ofrecer una teoría que ayude a comprender y, es el propósito de Damond, prevenir. Ataviado con los datos y las observaciones recogidas en los últimos años, se presenta como un ingeniero social ameno y tan preparado como siempre. Dedica también un capítulo al clima, como el primer problema del ser humano en estos momentos, por delante de cualquier inestabilidad política. Rompe con la convicción repetida una y otra vez, del supuesto precio barato de los combustibles tradicionales, y demuestra lo caros que son en la realidad. Lo hace sin caer en el extremo contrario, la bondad absoluta de las energías alternativas, pero evidenciando que son la mejor, si no la única, alternativa posible.

“Por supuesto, todas estas fuentes alternativas de energía conllevan sus propios problemas. En el sur de California, donde yo vivo, la generación de energía solar a gran escala ha supuesto a menudo la conversión de zonas de hábitat soleado del desierto en extensiones de paneles solares, lo que redunda en perjuicio de nuestra población de tortugas del desierto, ya en peligro de extinción. Los molinos de viento matan aves y murciélagos, y a los propietarios de parcelas cercanas, que se quejan de que los molinos les estropean la vista, no les gustan. Las presas hidroeléctricas de los ríos suponen un obstáculo para la migración de los peces. Si tuviéramos otros métodos para generar energía que fueran baratos y no causaran problemas, seguramente no destruiríamos el hábitat de la tortuga del desierto, ni mataríamos pájaros y murciélagos, ni le arruinaríamos el paisaje a la gente ni bloquearíamos las migraciones. Pero, como hemos visto, la alternativa (el empleo de combustibles fósiles) lleva asociados serios problemas, entre ellos, el cambio climático global, las enfermedades respiratorias y los daños derivados de la extracción de petróleo y carbón. Puesto que no tenemos la opción de elegir entre una solución buena y una mala, tendremos que preguntarnos cuál de todas las malas alternativas es la menos mala.

Tomemos, como ejemplo de este debate, el caso de los molinos de viento. Se estima que sólo en Estados Unidos provocan la muerte de al menos 45.000 aves y murciélagos cada año. A primera vista, parece un número enorme de pájaros y de murciélagos. Para poner esa cifra en perspectiva, consideremos también el cálculo que dice que los gatos domésticos que tienen permitido entrar y salir de las casas de sus dueños con libertad pueden acabar con la vida de unas 300 aves al año cada uno (sí, más de trescientas, no es una errata). Si se considera que la población estadounidense de gatos que viven en el exterior es de unos 100 millones, podemos calcular que deben de causar la muerte de al menos 30.000 millones de aves al año. En comparación, el número de aves y murciélagos (45.000) muertos anualmente a causa de los molinos de viento no parece importante. El peaje que se cobran los molinos de viento es equivalente a la actividad de sólo 150 gatos. Por lo tanto, se podría aducir que, si de verdad nos preocuparan tanto los pájaros y los murciélagos estadounidenses, deberíamos centrar nuestra atención en los gatos y no en los molinos de viento. Para mayor defensa de los molinos de viento en comparación con los gatos, recordemos que los gatos no nos compensan por el daño ocasionado a nuestras aves proporcionándonos energía, aire no contaminado y soluciones contra el calentamiento global, y los molinos de viento sí.

Esto ilustra que es posible defender los molinos de viento, la instalación de paneles solares en el desierto y las presas a pesar del indudable daño que causan, pues se trata de daños menos graves que los que ocasionan los combustibles fósiles. Por lo tanto, se podría considerar que suponen un equilibrio aceptable entre beneficios y daños en tanto que alternativa a los combustibles fósiles como fuente de energía. Sigue escuchándose a menudo la objeción de que los molinos de viento y la energía solar no son aún competitivos con respecto a los combustibles fósiles. Pero en algunas circunstancias sí lo son ya y la aparente ventaja económica de los combustibles fósiles es engañosa; Dinamarca, Alemania, España y otros países europeos mejoraron diseños de molinos de viento y hoy los emplean para generar gran parte de su electricidad; de nuevo, los métodos alternativos serían mucho más baratos si consideramos los grandes costes indirectos que tienen los combustibles fósiles.

A estas alturas, el lector probablemente esté preguntándose ya por la obvia y temida alternativa de la generación de energía nuclear, una cuestión de la que la mayoría de los estadounidenses, igual que muchos ciudadanos de otros países, no quieren ni oír hablar. Esto se debe a tres razones, aparte de las económicas: el miedo a los posibles accidentes, el miedo a que el combustible de los reactores nucleares pueda desviarse a la fabricación de bombas y el problema, aún sin solución, de dónde almacenar el combustible usado.
El recuerdo de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki lleva a muchas personas a asociar instintivamente los reactores nucleares con la muerte, no con la energía. De hecho, desde 1945 han sucedido, que sepamos, dos accidentes en centrales nucleares que produjeron víctimas mortales: el del reactor de Chernobyl, en la antigua Unión Soviética, donde murieron 32 personas en el acto y, más adelante, otro gran número indeterminado, a consecuencia de la radiación; y el accidente del reactor de Fukushima en Japón. En 1979, un accidente en las instalaciones y un error humano causaron daños en el reactor de Three Mile Island, en Estados Unidos, pero nadie resultó muerto ni herido y el escape de materiales radiactivos fue mínimo. Sin embargo, los efectos psicológicos del accidente de Three Mile Island fueron enormes y provocaron que durante muchos años se suspendiera la demanda de cualquier nuevo reactor para la generación de energía en todo el país.

El último de los temores relacionados con la generación nuclear es el problema sin resolver de cómo deshacerse del combustible usado de los reactores. En términos generales, ese combustible debería quedar almacenado para la eternidad, en un área lo más remota y geológicamente estable que sea posible, enterrado a mucha profundidad y sin riesgo de que puedan producirse escapes a causa de la actividad de terremotos o de filtraciones de agua. El lugar identificado hasta ahora como mejor opción para ello dentro de Estados Unidos es un punto en Nevada que parece cumplir todos los requisitos físicos. Sin embargo, tener una certeza total de que ese lugar resulta seguro es imposible, por lo que las protestas de los ciudadanos de Nevada han logrado bloquear la propuesta. Por este motivo Estados Unidos no tiene aún un lugar destinado a la eliminación de los residuos nucleares.

En consecuencia, como vimos con el problema de las aves y de los murciélagos muertos por la acción de molinos de viento, la generación de energía nuclear no está libre de desventajas. Y aun si no tuviera estas desventajas, tampoco cubriría todas nuestras necesidades energéticas básicas: por ejemplo, no pueden emplearse reactores nucleares para impulsar automóviles y aviones. El recuerdo de Hiroshima y Nagasaki, reforzado por los de Three Mile Island, Chernobyl y Fukushima, ha congelado las ideas de la mayoría de los estadounidenses y de personas de otros lugares en torno a la generación de energía nuclear. Sin embargo, debemos preguntarnos una vez más: ¿cuáles son los riesgos de la energía nuclear y cuáles los de las otras formas de energía? Francia lleva muchas décadas cubriendo la mayoría de sus necesidades eléctricas con reactores nucleares sin haber sufrido un solo accidente. Plantear la objeción de que puede que sí hayan existido algunos accidentes y los franceses los hayan ocultado parece algo improbable: la experiencia de Chernobyl demuestra que la emisión de radiactividad a la atmósfera desde un reactor dañado se detecta fácilmente desde otros países. Corea del Sur, Taiwán, Finlandia y muchos otros países han generado también grandes cantidades de electricidad con reactores nucleares sin sufrir accidentes significativos. Por tanto, debemos sopesar nuestro temor a la posibilidad de que se produzca un accidente en un reactor nuclear frente a la certeza demostrada de los millones de muertes anuales que provoca la contaminación del aire resultante de la quema de combustibles fósiles y las consecuencias enormes y posiblemente ruinosas del cambio climático global, también ocasionado por los combustibles fósiles”.

De nuevo Jared da un ejemplo de capacidad para conectar historia, hechos y un pensamiento original, en busca de un sentido común global. No tiene desperdicio. Leedlo porque os informará de la mejor manera posible.

Carlos López-Tapia

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