“Cronometrados. Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo”

“Cronometrados. Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo”

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Es probable que tengáis cerca algún anuncio de relojes, de buenos relojes. Tened la curiosidad de localizarlo y mirar la hora que marca. Buscamos uno con manecillas. Abajo os resuelvo el motivo de esta petición. Surge del trabajo de uno de los divulgadores ingleses más populares, aunque ésta es la primera de sus obras traducida al español.

Título: “Cronometrados. Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo”

Autor: Simon Garfield

Editorial: Taurus Pensamiento

Simon Garfield tiene libros muy curiosos sobre los tipos de imprenta, sobre el mundo de los mapas o de las cartas que hemos dejado de escribir, a la espera de que un gurú mediático las vuelva “cool” y se pongan de moda. En este caso es el tiempo quien inspira el título de “Cronometrados”. Garfield nos sorprende llevándonos por zonas inesperadas; al fin y al cabo nuestra esencia es tiempo, así que hay mucho campo, pero no pueden faltar los relojes, incluso el del que se cuelga Harold Lloyd en su película muda más popular. No hablo de los clásicos detalles de los “Así se hizo…”, porque Garfield parte de William Carey Strother, un americano de Carolina del Norte que, desde que aprendió a andar, le gustó escalar. Era lo que los entendidos denominan un “trepamuros”. Empezó con los árboles, pero siguió y siguió subiendo, escalando agujas de iglesias y juzgados, cada vez más lejos y más alto. Tras un tiempo se convirtió en “la araña humana”, personaje al que terminaría entregándose por completo.

El tiempo permite hablar, por ejemplo, de los filibusteros políticos, como denominaban los anglosajones a los que entorpecían la promulgación de leyes; ya no se puede leer una enumeración de crustáceos, como se hizo una vez, pero todavía inspiró un episodio de “El ala oeste de la Casa Blanca”; también asistimos a la subasta de unas deportivas usadas por un velocista, que alcanzaron más de 300.000 euros, o a la historia de las cámaras Leica, porque en la fotografía analógica son muchos los factores que tienen que ver con la velocidad y la Leica fue la que primero hizo posible que el fotógrafo pudiera congelar e inmortalizar instantes precisos.

El autor va pasando de un tema a otro sin perder nunca el interés por las formas en que consideramos y valoramos el tiempo. Un buen trabajo de recopilación histórica, sobre todo reciente, que resulta muy instructivo y entretenido. Para comenzar su libro recurre a una anécdota con trasfondo filosófico:

“Estás sentado en un restaurante, a pie de playa, cerca de Alejandría. En la orilla un pescador lanza la caña con la esperanza de atrapar algo rico para la cena; un buen salmonete, quizá. Estás de vacaciones después de un año agotador. Tras el almuerzo paseas hasta donde se encuentra el pescador, que habla un poco de inglés. Te muestra su captura. No ha cogido mucho, pero no pierde la esperanza. Le preguntas por qué no se coloca en unas rocas cercanas que se adentran un poco en el mar. Desde ellas podría lanzar el sedal más lejos que desde su viejo taburete plegable. Así cumpliría antes con su captura diaria.

— ¿Y por qué iba a querer hacer eso? — te pregunta.

Le explicas que si pescara peces más rápido conseguiría una captura más abundante y no sólo se llevaría la cena a casa, sino que podría vender el excedente en el mercado. Con las ganancias podría comprar una caña mejor y una nevera portátil para el pescado.

— ¿Y por qué iba yo a querer hacer eso? —insiste.

Pues para capturar más peces, más rápido. Con la venta ganaría usted suficiente para comprar una barca. Así podría pescar en mar adentro y conseguir aún más pescado en un tiempo récord, gracias a esas grandes redes que usan los arrastreros. De hecho, usted mismo podría terminar comprando un arrastrero y todo el mundo le trataría de capitán.

— ¿Y por qué iba yo a querer hacer eso? —vuelve a preguntar con condescendencia.

(Empieza a resultar molesto. Vivimos en el mundo moderno, un mundo marcado por la ambición y por el culto a la celeridad, así que presentas tus argumentos con creciente impaciencia).

Si tuviera usted un barco pescaría tanto que, sin duda, se convertiría en un magnate del sector; podría fijar usted mismo los precios, comprar más barcos, contratar empleados y, por fin, haría realidad el sueño de cualquiera; jubilarse pronto y pasar el día sentado al sol, pescando.

— ¿Cómo estoy haciendo ahora mismo, quiere decir?”

El autor olvida o no considera el carácter de los alejandrinos, que desde tiempos faraónicos tienen a gala ser los más tocapelotas de todo el Mediterráneo, pero no me olvido del reloj del anuncio.

Garfield recoge una información publicada por The New York Times en 2008. El diario publicó que de los 100 relojes para hombre más vendidos en Amazon, todos, salvo tres, daban en su imagen promocional una hora aproximada a las 10:10h. ¿Por qué esa hora precisamente? Porque a esa hora el reloj parece sonreír.

En efecto, a las 10:10h, la esfera ofrece un aspecto agradable y equilibrado: el indicador de fecha, usualmente ubicado en la posición de las tres en punto, queda a la vista; las manecillas tampoco ocultan el logotipo del fabricante, normalmente ubicado en la parte superior de la esfera. Los relojes promocionales de Timex dan las 10:09:36h, aunque en los anuncios de la década de 1950 su hora era las 08:20h. La posición de las agujas se invirtió para evitar que los relojes tuvieran un aspecto apesadumbrado o ceñudo. Los relojes Mondaine muestran exactamente las 10:10h; los Rolex las 10:10:31h; los TAG Heuer las 10:10:37h; y Apple ha optado por las 10:09:30h, en los diales tanto analógicos como digitales. Las excepciones son pocas y se explican para evitar cubrir algún elemento de la esfera, como un calendario.

Carlos López-Tapia

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