Desmontando a Sigmund: El cine como educador psicosocial

Desmontando a Sigmund: El cine como educador psicosocial

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Querido Teo:

Negar la influencia de los medios audiovisuales en nuestra educación en general, hoy día resultaría ridículo. Quizá alguien pueda defenderlo argumentando que lo que aparece en las pantallas es sólo el reflejo de lo que realmente sucede en nuestra sociedad. Argumentar esto, en ocasiones, es muy sencillo. Como cuando algunos amigos me comentan que conocemos otros amigos comunes que se comportan tal y como lo hacen los protagonistas de “Jersey Shore”. La cuestión es quién formó la mentalidad, tanto de los protagonistas del reality-show como la de la gente de la calle que no es grabada y sí requerida de cierto histrionismo para resultar más comercial. En realidad sólo se ha dado un paso más hacia la falta de rubor a la hora de reconocer ese tipo de valores. Hace tiempo que sobrepasamos el punto del “todo vale” con tal de que suene la caja. A través de la industria audiovisual, la cultura dominante, se ha encargado, durante décadas, de tratar de orientarnos hacia qué tipo de pareja elegir, qué tipo de música escuchar, qué comer, en definitiva de qué tipo de vida tener. Conforme las modas se han ido agotando, y han dejado de ser rentables porque, en el fondo, la gente no es tan tonta como la pintan, se han ido abriendo otras alternativas. No olvides que en todo esto ha tenido un papel fundamental el condicionamiento clásico y operante que te he nombrado en anteriores artículos.

Pero hagamos un recorrido histórico más detenido…

Piensa en los años cincuenta, sesenta y buena parte de los setenta, por ejemplo. Escojamos un icono femenino. Bueno, no, cojamos al icono por antonomasia, nuestra adorada Marilyn. ¿Recuerdas cuál era su papel más común? Exacto. Rubia, algo ingenua, cazafortunas. Y ella porque era especial. La mayoría de los papeles femeninos iban acompañados de un indudable “segundoplanismo” a la sombra del rol masculino, viril, con pelo en el pecho, entrado en años, de principios rectos y algo conservadores. Si bien es cierto que de vez en cuando aparecía alguna “heroína”, lo era sin renunciar a sus cualidades y a su personalidad más femenina y, qué demonios, siempre podía resolverse con un “francamente querida, no me importa”.

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Aun así, había una “resistance” si recuerdas. Mmm, sí, esos franceses, tan modernos a la vanguardia cultural y filosófica de Europa, que nos mostraban que los roles de género eran flexibles, y que ambos sexos debían dejar rienda suelta a su libertad. Godard, Truffaut, la Nouvelle Vague, etc…. También visiones alternativas venían desde otras regiones nórdicas como la de Bergman. Woody Allen recogiendo sus influencias en algún rincón de Nueva York.

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Y así llegamos a los ochenta, y algunos métodos empezaban a estar caducados. Surgía el entusiasmo por lo tecnológico, lo futurista, la ciencia ficción, las lentejuelas y los accesorios, pero en realidad surgía el reciclaje y lo vintage, un renacimiento moderno que, a posteriori, es lo único que nos ha quedado. El redecoro de lo ya existente y que se había quedado un poco olvidado. La ciencia ficción ya había tenido su primer boom hasta en la serie B estadounidense de los años cincuenta. Ahora sólo había que aplicar los efectos especiales de la época.

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Aunque se mantuvo el rol del macho más macho, con mayor hipertrofia muscular, cada vez de la mano de Stallone, Schwarzenegger, Van Damme y compañía, desde mediados de los ochenta, durante toda la década de los noventa, y hasta hoy día, ha surgido la figura del “Next door boy”. Ese chico de al lado, del mundo real, tirillas, chiquitín, que pese a sus limitaciones físicas, gracias a su intelecto, su liderazgo, o su talento diverso en artes, deportes o ciencia, y a base de mucho romanticismo y comprensión hacia el género femenino, consigue conquistar a la vecina de la que lleva años enamorado, o simplemente a su amor platónico, porque ella, que es una chica muy inteligente de gran moral, respeta y valora lo que realmente importa en un hombre. A veces parece que no lo consigue, pero es que simplemente miraba a la equivocada.

Este Peter Parker o Michael J. Fox, parodiado en tantos de los principales masculinos de Allen, ese por momentos Dawson, encarnado en nuestros días por Ted Mosby o Leonard Hofstadter.

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Cualquiera de estas ideas generales sobre la vida ha procurado fundamentarse en una u otra estética. Desde luego, aquí también se ha tenido que recurrir también una y otra vez a la revisión de clásicos.

La estética no se reduce a los atuendos. La preocupación acerca de qué rostros son los más atractivos, por ejemplo, apuesto a que ha suscitado el interés de estudios sobre la simetría rostral o la proporción áurea facial que tal vez ya conozcas. Al parecer los rostros con una determinada simetría parecen informar positivamente de la salubridad y genética de quienes los poseen. En realidad esto no termina de estar comprobado en su totalidad. Lo que parece que no admite discusión es la de la sólida relación que establecemos entre un rostro X y una determinada situación o sensación positiva. Para esto hay patrones universales como las expresiones faciales que manifiestan cada emoción estudiados por Ekman o Izard. Estos investigadores descubrieron que en distintas culturas el gesto facial en respuesta a una emoción determinada es el mismo. Estirando el estudio se ha llegado a sospechar que existen rostros que en estado neutro transmiten confianza y otro tipo de sentimientos positivos, así como lo contrario. No obstante, existen también patrones subjetivos, menos enrevesados, que quizá expliquen todo de una manera más sencilla. Si asociamos a una persona con cualquier rostro a un comportamiento atractivo, agradable o beneficioso, que nos genere emociones positivas, sentiremos dichas emociones cuando nos encontremos con otra persona de rostro parecido, o que comparta algún rasgo físico.

Apelando a este argumento, algunos anteriores, y a mis propios fetichismos, descubrí que tal vez no sólo yo sentía tales atracciones, y que muchos se han encargado de sacarles partido.

Es probable que muchas de las producciones cinematográficas, de pequeño o gran metraje, para uso en salas o doméstico, no tenga como meta principal la educativa, ni el adoctrinamiento. También es probable que muchas sí. Desde luego lo que es innegable es que a quién sea que gobierne este mundo le conviene tener a la gente entretenida a la par que controlada y que a muchos directores les resulta complicado no tratar de ofrecer su particular moraleja de la vida.

En cualquier caso, entiendo que la meta principal del equipo de producción y dirección de un film es la de vender su producto. Para ello han de procurar contentar y conquistar a la mayor cantidad de gente de diferentes condiciones. Gente a la que el sistema económico ha procurado, al mismo tiempo, venderle todo tipo de necesidades cuyo alivio implique gasto de uno u otro material. Ropa, maquillaje, gimnasios, esteroides, guitarras eléctricas, discotecas, casas, monovolúmenes, todoterrenos, etc… Al final queda reducido a una especie de “metacomercio”, donde la imagen y el sonido, son siempre un recurso.

Adrián Ramos Domínguez

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