“El atlas del bien y del mal”

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En 1907 el estado de Indiana aprobó la primera ley de esterilización obligatoria de criminales, idiotas, imbéciles (no eran lo mismo) y violadores. Decenas de estados siguieron su ejemplo y se esterilizó a 60.000 estadounidenses. El término “eugenesia” lo había acuñado un primo de Darwin, aficionado a las reglas y a los ángulos, que aplicaba trigonometría a los culos de las negras, que estudió “científicamente” el efecto de las oraciones en la longevidad de los reyes británicos y que, nadie lo dudaría, era un hombre de bien.

Título: “El atlas del bien y del mal”

Autor: Tsevan Rabtan

Editorial: Planeta de Libros. Geoplaneta

La Historia es como el espacio exterior, enorme, la mayor parte en la más completa oscuridad, donde aparecen algunas partes iluminadas, en ocasiones ligeramente y en la mayoría de los casos irregularmente. Lo que ha hecho el autor peculiar de este atlas también peculiar ha sido iluminar fragmentos escondidos. A veces es una zona oscura de una historia bien iluminada, como en el caso de Lincoln, y en otras de una oscuridad profunda donde sólo se puede aspirar a echar luz sobre algo muy pequeño.

El viaje en 31 capítulos, o estaciones, o planetas, puesto que a menudo no parece estar contando historias del mismo planeta, tiene paradas en cada continente. En América, por contaros algún detalle, se detiene ante Cornelius Vanderbilt, el magnate que comenzó saltándose el monopolio en el Hudson de una compañía rival izando una bandera pirata, y que compró a jueces y políticos para declarar inconstitucionales esos monopolios, que luego buscó y consiguió.

“Es el primer hombre de negocios que se presentó en Hispanoamérica acompañado de infantes de marina, un tipo grande e iracundo que le regaló a una de sus esposas un yate, el North Star, de 82 metros de eslora, con el que recorrió el mundo, exhibiéndose como un hortera (…) Una gente, esta, que constantemente manifestaba su temor a Dios, pero que no se planteaba sino jugar sucio cuando se trataba de ganar un dólar. En su contienda por comprar el ferrocarril que unía el Erie con Nueva York, la línea férrea más importante del mundo, utilizaron a matones y a abogados que se peleaban lanzándose respectivamente las leyes de Nueva York y las de Nueva Jersey. Por si les parece que exagero, les diré que Drew, Fisk y Gould, en su guerra contra Vanderbilt por el Erie, tras el hundimiento de las acciones provocado por la venta a la baja de más de 100.000 títulos, sacaron de Nueva York 8 millones de dólares en un transbordador y los trasladaron a Fort Taylor, en realidad un hotel, rodeándolo de mandados de la peor calaña, armados hasta los dientes, incluso con tres cañones, y protegidos por cuatro lanchas, para evitar las represalias del Comodoro Vanderbilt, que rugía venganza.

Sí, fue bueno controlar a esa gente tan excesiva, tan hipócrita y tan convencida de su genio. Los de hoy han estudiado en mejores escuelas. Por eso han explicado tan bien que hay que socializar sus pérdidas. Ya no necesitan cien criminales y dos cañones para defender el dinero que han ganado…”.

Al detenernos en Inglaterra y su dedicación a contar excelentes mentiras sobre sus reinas para convertirlas en heroínas, nos cruzamos con el hijo del hombre que escribió “Los últimos días de Pompeya”, que, visto el éxito de papá, decidió publicar poemas, muy de la época, soporíferos e interminables, que gustaron sobre todo a la reina Victoria. Su propio padre le acusó de plagiar a George Sand, pero…

“En fin, si de su obra literaria se hubiese tratado, casi nadie se acordaría hoy de él. Desafortunadamente, también fue político, y debía estar bien relacionado, ya que, después de unos años de carrera diplomática, fue escogido para sustituir, como virrey de la India, al conde de Northbrook, un hombre demasiado independiente.

Quizás la razón fundamental de su éxito fuese su falta de talento o el despiste de sus superiores, que tardaron en darse cuenta de que estaba como un cencerro. Lo lamentable es que, nada más ser designado, Lord Lytton empleó todos sus recursos en dos tareas. Una fue el pozo que se recordará más tarde como Segunda Guerra Afgana. La otra tenía que ver con la imagen que nos queda de la India del siglo XIX, llena de lujo y derroche. Una imagen que olvida los perros y el mal. Lord Salisbury le pidió a Lytton que la asamblea que iba a reunir a todos los que eran algo en la India para aclamar a Victoria en su visita, fuese una demostración de poder y riqueza que impresionase incluso a los maharajás. Y cumplió.

Los fastos terminaron con un banquete al que asistieron 68.000 personas. Era Enero de 1877. Ese año y el siguiente la sequía mataba millones de hindúes, el hambre provocaba canibalismo, mientras se exportaban casi siete millones de toneladas de grano a la metrópolis”.

El atlas pasa por España, Francia, Italia, el norte de África y el África negra, la Isla de Pascua o un campamento de prisioneros australiano, sin faltar la China creadora de los hitos más impresionantes de la cultura de la humanidad hasta el Renacimiento.

El autor, Tsevan Rabtan, es el seudónimo de un abogado madrileño, arrebatado a un autócrata mongol, y que se reveló en internet hace años, merecedor de la popularidad que le ha dado en las redes su capacidad para la divulgación y hasta para la polémica informada. Un libro que hace disfrutar, a veces sonreír, a veces escandalizarse dignamente, en cada uno de sus 31 capítulos. Original, sorprendente con frecuencia y bien escrito.

Carlos López-Tapia

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