El cine más erótico: “Historias de Filadelfia”, la química elegante

El cine más erótico: “Historias de Filadelfia”, la química elegante

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Querido primo Teo:

Es posible que te extrañe encontrarte en esta sección calentorra a este clásico del Hollywood dorado. No nos hemos vuelto locas (o más locas de lo que estamos) ni nos hemos confundido de sección. Quizá la película no venga a la mente cuando pensamos en películas con un marcado componente erótico pero contiene una de las escenas con más temperatura, más sexys y, a la vez, más elegantes y fascinantes de la historia del cine.

Pero primero déjame que te cuente algo de esta mítica película, dirigida por George Cukor en el año 1940 cuya verdadera alma mater e impulsora fue Katharine Hepburn. A pesar de haber ganado un primer y tempranero Oscar como mejor actriz por “Gloria de un día” (1933), la Hepburn había caído en “la maldición de los Oscar”, encadenando una serie de sonoros fracasos en taquilla que llevaron a que las productoras la calificaran (junto a otras estrellas) como “veneno para la taquilla”. Intentando lavar su imagen, decidió irse a Nueva York y recuperar prestigio y popularidad en el teatro, apostando por llevar a las tablas una obra de teatro. Una obra escrita por Philip Barry, amigo personal de la Hepburn, y hecha por éste a su medida, inspirándose en la propia personalidad de la actriz. La obra se convirtió en un gran éxito en Broadway, alcanzando las 417 representaciones, además de una exitosa gira por el país. El personaje de Katharine, Tracy Lord, se avenía perfectamente a la imagen que tenía la Hepburn de mujer altiva y arrogante, fría e indomable, antipática para el público. Pero en la obra, en cierto modo, se veía estremecida y superada por los acontecimientos. Probablemente, eso era lo que la gente quería ver de ella; que también era humana y vulnerable y que sufría. Las críticas para Hepburn fueron excelentes, así como para sus compañeros. Le acompañaron sobre el escenario dos actores que alcanzarían renombre: Joseph Cotten (como Heaven) y Van Heflin (como Connor).

Pensando en que su traslación a la pantalla grande podría ayudarle a eliminar su “venenosa” fama en relación al box office, su amante por aquel entonces, el magnate Howard Hughes, compró y le regaló los derechos cinematográficos de la obra. La Hepburn logró convencer a L.B. Mayer y venderle a su vez dichos derechos por 250.000 $, conservándose la capacidad de elegir al director, al guionista y al reparto de la película, además de derecho de veto en el guion y, por supuesto, el papel protagonista femenino. Es decir, conservó el control fundamental de la película. Así, la Hepburn eligió como director a su gran amigo George Cukor (con el que ya había trabajado anteriormente en cuatro ocasiones), a Donald Orden Stewart como guionista y, como co-protagonistas, a Cary Grant (será su cuarta y última aparición conjunta en pantalla. Hepburn quiso a Spencer Tracy; Cukor sugirió a Grant) y James Stewart (con el que trabajará por primera y última vez).

La historia es la siguiente. Tracy Samantha Lord (Katharine Hepburn), una mujer divorciada de clase alta, se va a casar con un rico y aburrido hombre hecho así mismo (John Howard). Dos días antes de la boda aparece en la casa familiar su ex marido, C.K. Dexter Haven (Cary Grant), acompañado de dos presuntos amigos del hermano de Tracy. Bajo esa máscara, se esconden dos periodistas, un hastiado reportero cuyo sueño es ser escritor, Mike Connor (James Stewart), y una sarcástica y realista fotógrafo, Liz Imbrie (Ruth Hussey). Ambos trabajan para una revista sensacionalista que chantajea a la familia Lord para que les permita cubrir la boda a cambio de no sacar a la luz los devaneos amorosos del patriarca de la familia. A partir de aquí la trama se enreda con las dudas de Tracy, el descubrimiento del amor por parte del periodista Mike Connor y las variadas extravagancias de la familia Lord.

“Historias de Filadelfia” es lo que se ha denominado una “comedia sofisticada”, muy cerca de la screwball. Divertida y fresca, con un toque de picardía en los diálogos, a pesar de lo cual se podría afirmar que la sensualidad de la película se acumula en un momento o episodio muy concreto. Un momento casi mágico que se inicia con la soberana pero “elegante” borrachera que cogen juntos Katharine Hepburn (una abstemia solemne) y Jimmy Stewart (un solemne descreído). Las burbujas y la chispa del champán les contagian dando comienzo a unos fascinantes siete minutos de película, llenos de química y sensualidad. Ambos comienzan un juego de flirteo plagado de palabras y miradas chispeantes que van subiendo de intensidad, pese a sus mutuos, escalonados y aturullados intentos por mantener la compostura. El cenit es un cruce de reproches y confesiones sentimentales que (con beso incluido) terminan en un chapuzón nocturno que parece ser el inicio de algo más. Lo que parece confirmarse cuando ya casi despuntando el día aparecen juntos, en albornoz, ella en los brazos de él, tarareando una canción aún con el rastro del champán en sus ojos. Un champán que nunca tuvo unos efectos más deliciosos. Ni más volátiles.

Vídeo

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Fue la única película en la que Hepburn y Stewart aparecieron juntos en pantalla. Una pena, casi una desgracia, viendo su extraordinaria química. Jimmy ganó su primer (y “único”, tela) Oscar, como actor principal. La película se llevó también el de mejor guion. Y la Hepburn, volvió a ser nominada al Oscar, no se lo llevó (terminaría ganando otros tres, récord hasta hoy inalcanzado), pero inició una etapa dorada en la que borró de un brochazo su pelea con la taquilla asentándose como una de las grandes estrellas femeninas de Hollywood.

Tus primas Ananula y Rodasons

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Comentarios

David - 09.07.2014 a las 20:41

¡Genial que hayáis logrado colarla en esta sección!

Una de mis películas favoritas, y además, por razones personales, una de las películas que más me emocionan, pese a que pueda parecer raro…

… tanto, creo como calificarla de erótica. O no, posiblemente en su momento la escena que mencionáis lo resultara… O no, que antes de los 40, y más aún antes de mitad de los 30, en EE.UU. eran verdaderamente liberales.

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