“El cuerpo humano”

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¿Cuánto costarían los materiales necesarios para construir un humano? Probablemente, el intento más respetable y exhaustivo emprendido en los últimos años para dar con una respuesta sea el que realizó la Real Sociedad de Química del Reino Unido cuando, en el marco del Festival de Ciencia de Cambridge de 2013, calculó cuánto costaría reunir todos los elementos necesarios para construir al actor Benedict Cumberbatch (ese año Cumberbatch fue el director invitado del festival, y, convenientemente, resultaba ser un humano del tamaño apropiado). Según la RSC, el coste total de construir un nuevo ser humano utilizando al servicial Benedict Cumberbatch como plantilla sería de exactamente 96.546,79 libras.

Título: “El cuerpo humano”

Autor: Bill Bryson

Editorial: RBA

Durante años hubo un centro de investigación denominado Unidad del Resfriado Común en Gran Bretaña. Cerró en 1989 sin hallar una cura. En uno de los experimentos que realizaron, un voluntario llevó un dispositivo en las fosas nasales que goteaba un fino hilillo de fluido al mismo ritmo que la secreción de un resfriado común. Se reunió con otros voluntarios en una especie de cóctel simulado. Sin que lo supieran, el fluido contenía un tinte visible bajo la luz ultravioleta. Cuando ésta se encendió después de que hubieran estado relacionándose durante algún tiempo, los participantes se quedaron perplejos al descubrir que el tinte estaba por todas partes: no sólo en las manos, la cabeza y la parte superior del cuerpo de cada uno de ellos, sino también en los vasos, los pomos de las puertas, los cojines de los sofás, los cuencos de frutos secos y cualquier otro sitio que se nos pueda ocurrir. Por término medio, un adulto se toca la cara 16 veces cada hora, y en cada uno de esos toques el falso patógeno se fue transfiriendo sucesivamente hasta que casi todo y casi todos terminaron mostrando el resplandor salido del moco artificial.

Este caso lo menciona Bill Bryson en “Body”, publicado ahora en español como “El cuerpo humano”. Me entusiasma la manera de dar información de Bryson, tengo todos sus libros y alguno, “En casa. Una historia de la vida privada” por ejemplo, lo he releído total o parcialmente. De nuevo me ha enganchado de principio a fin y no he podido evitar prestar toda la atención cuando habla de virus, más de un año antes de la pandemia actual. “En un estudio realizado en la Universidad de Arizona, los investigadores untaron la manija metálica de la puerta de un edificio de oficinas y descubrieron que el «virus» tardó sólo unas cuatro horas en propagarse por todo el edificio, «infectó» a más de la mitad de los empleados y apareció prácticamente en todos los dispositivos de uso común, como las fotocopiadoras y las cafeteras”.

Bryson practica como nadie esa habilidad divulgativa que muestran los anglosajones en sus ensayos: Si infláramos un virus hasta que alcanzara el tamaño de una pelota de tenis, un humano en la misma escala tendría 800 kilómetros de estatura. Durante años se pensó que todos los virus causaban enfermedades, hoy sabemos que la mayoría no tienen ningún efecto en nosotros. De los cientos de miles de virus que se calcula que existen, según las estimaciones más razonables, sólo menos de 600 de los conocidos infectan a los mamíferos, y, de ellos, sólo algo más de 250 nos afectan, pero estas cifras cambian cada año, al ritmo en que la investigación encuentra virus nuevos.

Bryson menciona un trabajo reciente de Dana Willner, bióloga de la Universidad Estatal de San Diego, que investigó la cantidad de virus que hay en los pulmones de las personas sanas, un lugar donde no se creía que acecharan demasiado. Willner descubrió que el ciudadano medio albergaba 174 especies de virus, el 90% de las cuales no se conocían hasta entonces. Hoy sabemos que la Tierra bulle de virus en una medida que hasta hace poco apenas sospechábamos.

Bryson es un especialista en activar un recurso eficaz en sus manos: dejarse fascinar o sorprender por lo que nos rodea. En este caso su fascinación se multiplica porque no se trata de lo que nos rodea, sino de lo que somos, partiendo de los componentes que nos forman. Es capaz de hacerlo sin rehuir los términos científicos, pero manejándolos como un malabarista para que sean “consumidos” por el lector sin la menor señal de indigestión, y apoyándose en una documentación muy amplia.

“…este tipo de infestaciones pueden permanecer activas hasta tres días. Sorprendentemente (y según otro estudio), la forma menos efectiva de propagar gérmenes es besarse. Este método se reveló casi totalmente ineficaz entre un grupo de voluntarios de la Universidad de Wisconsin que habían sido infectados con éxito con el virus del resfriado. Tampoco a los estornudos y la tos les fue mucho mejor. La única forma realmente fiable de transferir gérmenes en frío es hacerlo físicamente por medio del tacto. Un estudio realizado en vagones de metro en Boston descubrió que las barras metálicas que se utilizan como agarradero constituyen un terreno bastante hostil para los microbios. En cambio, prosperan en las telas de los asientos y en los asideros y superficies de plástico. Al parecer, el método más eficiente de transferencia de gérmenes es una combinación de papel moneda y moco nasal. Un estudio llevado a cabo en Suiza reveló que el virus de la gripe puede sobrevivir durante dos semanas y media en un billete de banco si va acompañado, aunque sea, de un micropunto de moco. Sin los mocos, la mayoría de los virus del resfriado no podrían sobrevivir en papel moneda más que unas pocas horas”.

Bryson repasa nuestro cuerpo de arriba a abajo, desde sus superficies hasta los interiores todavía poco conocidos en su profundidad, porque llevamos dentro muchas cosas que todavía no sabemos para que sirven. “Un Bryson” no precisa de mi recomendación, pero por si se os pasó su publicación, vale la pena recordarlo.

Carlos López-Tapia

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