“El desafío del cinéfilo”

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Se completa una edición inglesa de listas cinéfilas de todo tipo y calidad, con una segunda parte cuyas cualidades y defectos son los mismos, destacando la curiosidad que se despierta por volver a ver cine olvidado o ver por primera vez títulos que no estuvieron al alcance en el mundo pre-Internet.

Título: “El desafío del cinéfilo”

Recopilador: Richard T. Kelly

Traducción de Joan Sardà

Editorial: Ediciones Robinbook (Colección Ma non troppo)

Nota de la Redacción: Tras “Sólo para cinéfilos” se continúa con la lista en esta versión española que ha partido la obra original en dos entregas. Mike Figgis, Steven Soderbergh o los hermanos Coen son algunos de los nombres que exhiben su amor y humor ante el cine. El repaso al enfoque de las listas no deja dudas sobre el sentido de la obra que se organiza por temas como, por ejemplo, el sexo (diez películas de una interesante sensualidad. Las diez escenas de sexo más convincentes en una película que no sea porno. Las diez utilizaciones más gratuitas de sexo y desnudez en la obra de Paul Verhoeven), o el uso de las drogas (diez viajes muy malos, tío. Los diez mejores borrachos cinematográficos. Diez películas que hacen atractivos los cigarrillos). Pronto al recorrer las listas se descubre que los opinadores son buscadores de oro cinematográfico, incluso en medio de algunos barros infumables, pero que lo hacen con ingenio y buen humor. Puedo poner algunos ejemplos casi cogidos al azar. En una relación de los diez mejores finales surge “La vida privada de Sherlock Holmes” un Wilder de 1970 (debo mi adoración por esta película al novelista Jonathan Coe, que publicó un artículo excelente sobre la misma en Cahiers du Cinéma). Billy Wilder y I. A. L. Diamond escribieron finales más famosos, desde “Con faldas y a lo loco” hasta “El apartamento, aunque ninguno más emocionante, creo, que el epílogo a su plagio de Holmes, una película cuyo encanto se debe ponderar con su irregularidad, con grandes trozos de la misma que inexplicablemente se perdieron…

Los motivos o las justificaciones para cada selección son muy variados y como en “Diez buenos planos con Steadicam”, se prologan con comentarios breves…. “Básicamente un soporte estabilizador que aísla el movimiento de la cámara del que pueda hacer el operador, la Steadicam permite planos en travelling que son, a la vez, fluidos y flexibles, sin la necesidad de colocar metros de vía para la grúa. En los últimos treinta años ha liberado a los cineastas, para que sean más valientes, más inventivos y más audaces en sus movimientos de cámara. Empleada por primera vez por Hal Ashby en su película de 1976 “Esta tierra es mi tierra” (aunque “Rocky” de John G. Avildsen, rodada después, se estrenó primero), en la actualidad la Steadicam es un elemento básico del cine, los programas de televisión y las retransmisiones de deportes, y el movimiento y la flexibilidad flotantes los han aprovechado con grandes resultados directores como Scorsese y De Palma. El último se puede decir que es el maestro del utensilio, y transforma sus películas, ya sean buenas, malas o regulares, en acontecimientos cinematográficos en virtud de la perspicacia técnica. Los únicos momentos inspirados en su, por otra parte, mediocre “Misión a Marte” son dos planos con Steadicam que incluyen la secuencia de títulos iniciales, y presentan al reparto principal en una pieza de narración estilísticamente eficaz. En otra parte, la Steadicam se puede desplegar para sugerir una conciencia omnisciente del director en tercera persona, o como un punto de vista en primera persona. Se trata de un dispositivo que en buenas manos puede dar resultados que son asombrosos, profundos o solo muy de moda.”

Cada seleccionador tiene sus motivos, en ocasiones relacionando el cine con sus propios momentos vitales: “Rey de reyes” (“King of kings”. EE. UU. 1961, dir. Nicholas Ray): “Imagínense, si quieren, una fila de butacas de un cine ocupada por una decena de chicas preadolescentes que han ido con la escuela a ver la nueva película sobre Jesús, en la que realmente se le ve de cerca, de lejos, y en el medio. Ya no es una visión de espaldas, ni una sombra, ni incluso un poco de luz en la montaña, no, se trata del Jesús auténtico, con un aspecto como si hubiera salido de una imprenta de catequesis.

De forma más sorprendente aún, este Jesús que camina, habla, come y hace de todo lo interpreta un actor que hasta entonces solo se le ha visto en papeles de vaquero: Jeffrey Hunter. La fila de chicas preadolescentes bosteza un poco en las primeras escenas, después de todo, conocen la historia, el pesebre, los reyes magos etcétera y etcétera. Y hay el viejo Juan Bautista que habla sobre el Mesías que ha de venir y más rollos. Y luego, ¡mira!, aparece un hombre y baja la mirada ante Juan Bautista con los ojos más azules de todo el mundo. Mucho más cerca, miramos a esos ojos, más azules de lo que es posible tener ojos azules y no ser… ¡Sí!. Es Jesús. Y las chicas estamos profundamente emocionadas en nuestra fila de butacas, y en un estado de confusión profunda, porque todas nos hemos enamorado de Jesús. ¡De Jesús!. Y es justo en ese instante que empieza un coro celestial y una música que estremece el corazón y hace mover la tierra, y nuestra fila de chicas se hunde totalmente y por completo. Todo es culpa de Miklós Rózsa que compuso la banda sonora de la película, con un entusiasmo tan sobrecogedor que no podemos quitárnosla de la cabeza. Es un sinónimo de amor y Jesús esos sentimientos extraños, desde luego nada religiosos, que se remueven en el más recóndito de nuestros lugares privados mientras vemos esos ojos azules y escuchamos esos acordes sorprendentes. Estamos en el Gaumont Cinema de South Wimbledon, que nunca ha visto nada igual. Ni nosotras. O escuchado nada igual, tampoco. De todas nosotras, Jeannette Reynolds es la única lo bastante rica para comprarse el LP con la música, así que todas pasamos muchas tardes, después de la escuela, en su casa, poniendo el disco, llorando un poco e imaginando a Jesús y Jeffrey, a Jeffrey y Jesús, con el pensamiento de: «Maestro, somos tuyas».”

Desde luego no faltan los clásicos esperados pero el mayor disfrute se obtiene de lo inesperado que abunda en las listas, porque al fin y al cabo es más afortunado encontrar oro en el barro que en la caja fuerte de un banquero tóxico.

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