“El fenotipo extendido. El largo alcance del gen”

“El fenotipo extendido. El largo alcance del gen”

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Si se nos pidiera que imagináramos cómo sonaría una “droga auditiva”, por ejemplo para la banda sonora de una película de ciencia ficción, ¿qué diríamos? ¿El ritmo incesante de un tambor africano; el sonido inquietante que emite el grillo de árbol Oecanthus, del que se ha dicho que si la luz de la luna se pudiera oír es así como sonaría; o el canto del ruiseñor? Los tres le parecen a Richard Dawkins dignos candidatos, y cree que los tres han sido en algún sentido diseñados para el mismo propósito; la manipulación de un sistema nervioso por parte de otro, de una forma que no resulta ser en principio diferente de la manipulación del sistema nervioso que hace un neurofisiólogo mediante electrodos. ¿No podría ser esta parte de una definición amplia del efecto del cine?

Título: “El fenotipo extendido. El largo alcance del gen”

Autor: Richard Dawkins

Editorial: Capitán Swing

Hay que sentirse muy seguro para titular un libro “El fenotipo extendido” y esperar que se venda. Richard Dawkins es de los pocos que pueden permitírselo desde que removió algunas bases de la biología con “El gen egoísta” hace ya muchos años. El cine está lleno de argumentos repletos de genética. Dawkins reconoce que contribuyó a convertir el gen en un mito, que se ha extendido como la pólvora hasta en el lenguaje popular. Llegó al español hace ya años en una metáfora polivalente para cualquier cosa que exprese algo esencial, repetida hasta la saciedad, “está en nuestro ADN”.

No tenemos dificultad en aceptar que si un niño ha tenido una mala nota en Matemáticas es una deficiencia que se puede remediar con unas clases extras, pero si lo que se sugiere es que la deficiencia del niño pueda ser genética tiene mucha probabilidad de ser recibida con un sentimiento cercano a la desesperación. Si está en los genes está “escrito”, está “determinado” y no se puede hacer nada, deberías dejar ya, de una vez, de intentar enseñar Matemáticas al niño.

Dawkins emplea este ejemplo para calificarlo de “disparate pernicioso a una escala casi astrológica”. ¿Qué hicieron los genes para merecer su siniestra y demoledora reputación? ¿Por qué no le adjudicamos esa misma mala fama a, por ejemplo, la educación preescolar o las clases de confirmación? ¿Por qué se supone que los genes son más inflexibles o inevitables en sus efectos que la televisión, las monjas o los libros? El lema jesuita «dadme al niño durante sus primeros siete años y os daré un hombre» puede que contenga algo de verdad.

Hay algunas falsedades, o medias verdades, que parece que engendran en nosotros un deseo de creer en ellas y las comunicamos a los demás incluso aunque las encontremos desagradables, puede que, en parte, perversamente, porque las encontramos desagradables. El fatalismo genético como obstáculo insalvable funciona muy bien en ese sentido.

Los genes, tal como muestra Dawkins, son la fuente de lo que podría ser una mitología mayor que la de los ordenadores humanoides. La creencia de que los genes son de algún modo superdeterministas, en comparación con las causas ambientales, es un mito de una tenacidad extraordinaria y puede dar lugar a una auténtica angustia emocional. El propio Dawkins apenas era consciente de esto hasta que lo comprobó durante una tanda de preguntas en una reunión de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia: “Una mujer joven le preguntó al conferenciante, un destacado sociobiólogo, si había alguna evidencia de diferencias sexuales genéticas en la psicología humana. Tan asombrado estaba por la emoción con la que la pregunta fue hecha que apenas oí la respuesta del conferenciante. Pareció que la mujer le daba mucha importancia a la respuesta y casi estaba llorando. Después de un momento de auténtico e inocente desconcierto me enteré de cuál fue la explicación. Algo o alguien, ciertamente no el eminente sociobiólogo, la había inducido al error de pensar que la determinación genética es para siempre; ella creía seriamente que la respuesta de un «sí» a su pregunta, si fuera correcta, la condenaría como individuo femenino a una vida de ocupaciones femeninas, encadenada a la guardería y al fregadero de la cocina”.

Dawkins dedica toda su capacidad como biólogo a demostrar que las causas genéticas y las causas ambientales no son, en principio, diferentes unas de otras. Algunas influencias de ambos tipos pueden ser difíciles de invertir; otras pueden ser fáciles de invertir. Algunas pueden ser habitualmente difíciles de invertir, pero fáciles si se aplica el agente correcto. El punto importante es que no hay ninguna razón general para esperar que las influencias genéticas sean más irreversibles que las ambientales.

Un libro importante para hablar con algo más de información, y no dejarnos arrastrar poe el sensacionalismo de titulares que resuelven aspectos muy complejos responsabilizando ¡a un único gen!

Carlos López-Tapia

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