“El intercambio”

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Hay historias que “saben” a cine. En este caso a cine clásico, de los 40, con personajes bamboleados por la Europa en guerra.

Título: “El intercambio”

Autor: Fernando Aleu

Editorial: Roca

El 27 de Octubre de 1943 se vivía el día 1.518 del conflicto mundial. No tuvo mucho de especial ese día, y sólo encontrareis efemérides muy menores. En Barcelona, un chico había subido al monte de los judíos, a Montjuic, llevando unos prismáticos viejos. El día anterior, la guardia civil le había impedido el paso al club de natación donde pensaba entrenar con dos amigos. Un guardia les había comentado que se debía de preparar algo importante en el puerto para el día siguiente. Y allí estaban los amigos dispuestos a enterarse.  Lo que vieron en la distancia fue un intercambio de prisioneros aliados y alemanes. Entre los intercambiados no hubo nadie lo bastante importante o popular para que el hecho dejara una huella significativa…. excepto en la memoria del chico que acababa de cumplir 14 años.

Aquel muchacho estudió Medicina y sus padres lo enviaron a Estados Unidos. Se estableció allí con su especialidad en Neurología. Practicó una decena de años y luego abandonó, atraído por el mundo de los negocios. Cuando viajó a Estados Unidos por primera vez su madre le había metido una botella de agua lavanda Puig en el equipaje; era la que usaba su hijo en Barcelona. La puso en el baño del cuarto que compartía con un compañero, que empezó a usarla. Fernando Aleu sigue contando que: “Un día, cuando estábamos desayunando en la cafetería, vi que una estudiante rubia, muy mona, llamada Nancy Sadler, clavaba sus ojos azules en los míos. Y me dijo: ‘¡Hueles bien!’”. Su madre envió más según se acababan, y el aroma acabó siendo tan popular entre los futuros médicos que una camisería le encargó un montón de botellas.

Años más tarde era “el hombre de Puig” en América, “influencer” antes de que existiera internet, que no dudó en contactar con el modista Pertegaz, triunfador en el pabellón español de la gran exposición internacional de Nueva York 1963; el Waldorf les sirvió de escenario para comenzar tomando una copa y acabar, meses después, en el primer perfume de diseñador que se hizo en España. Puig entró en el mundo del lujo con “Diagonal de Pertegaz”.

Sin Agripa, el emperador Augusto se hubiera quedado en un emprendedor saltarín de proyecto en proyecto; sin Fernando Aleu, Puig no sería la multinacional del aroma español más extendido, porque los contactos y logros de Fernando van más lejos y se salpican de nombres como Paco Rabanne o Carolina Herrera, pero el motivo de que os cuente esto es porque, ya convertido en abuelo, a su nieta le pareció que la historia de aquellos tiempos era tan interesante como para escribirlo. No pasó nada hasta que otra persona más le animó, de nuevo un mes de Octubre, exactamente 70 años después del intercambio de prisioneros. Era evidente que su historia oral reflejaba el ambiente de la Barcelona de los años 40 muy cinematográficamente, cuando muchos refugiados que huían de Hitler trataban de conseguir pasajes para irse a América. “Eran sobre todo judíos, y los buques de sus sueños eran Cabo de Hornos y el Cabo de Buena Esperanza, ambos de la compañía española Ybarra que cubría la ruta Barcelona-Buenos Aires. Además, estaban el Plus Ultra de la Transmediterránea, que navegaba a Haifa; y los italianos Saturnia y Vulcania, que iban a Nueva York. Era la Barcelona de Bernard Hilda, Bonet de San Pedro, Boyd Bachman, Martín de la Rosa y su orquesta… La Barcelona que disfrutaban en exclusiva los privilegiados que bailaban en La Parrilla del Ritz, o en el Rigat, el Bolero y que también bajaban a la calle de las Tapias para meterse en Barcelona de Noche o La Bodega Bohemia”.

Fernando se puso entonces a escribir, en inglés, la historia que cuenta en este libro que acaba de publicarse y que me ha transportado como si estuviera viendo una película clásica, con amores imposibles, opresión nacionalista, espías profesionales y accidentales, que se mueven por Alemania o Estados Unidos, para reunirse al final en diversos grados de relación, con el intercambio de prisioneros, porque uno de ellos es pieza clave de la novela. Fernando escribe con la pulcritud y economía que practican los escritores norteamericanos; consiguiendo además impregnar los diálogos y las maneras de sus personajes de cierto colorido sepia… de foto antigua.

La sinopsis la encontráis con facilidad si queréis saber más de la historia, porque he preferido comentaros parte de la vida de un hombre que escribe ¡y promociona! su primer libro no lejos ya de los 90 años. Desconozco si su especialidad de neurólogo tiene algo que ver, pero es toda una esperanza de que algunas historias que todos llevamos dentro pueden salir cuando menos se las espera. Como me comentó una colega que lo leyó antes que yo: empecé con expectativas limitadas y, suavemente, se hizo evidente que había alcanzado el punto de no retorno. Hay que terminarlo.

Carlos López-Tapia

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