“El motel del voyeur”

“El motel del voyeur”

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Hitchcock se representó a sí mismo en muchas formas, en “La ventana indiscreta” es un voyeur atado a una silla, pero en los créditos de “La ventana indiscreta” no aparece Joshua Logan, que fue esencial para la escritura de la historia. Logan coleccionaba autómatas, cajas de música suizas con muñecas francesas incorporadas. Cuando quería impresionar a una visita, daba cuerda a todas sus cajas de música y bajaba las luces. El visitante se encontraba con todas las cajas funcionando; los prestidigitadores hacían trucos de magia, la bailarina piruetas, la adivina decía la buenaventura, el payaso practicaba acrobacias, y una pequeña muñeca francesa hacía mohines con los labios cerrados y tomaba asiento, vanidosa, mientras se empolvaba la cara. Cuando Logan convalecía de una lesión en el tobillo, se lo había pasado en grande mirando por la ventana del patio de su edificio, observando a sus vecinos, “exactamente como hace [James] Stewart en La ventana indiscreta”. El cine nos convierte en voyeurs autorizados.

Título: “El motel del voyeur”

Autor: Gay Talese

Editorial: Alfaguara

“Desde hace quince años soy el propietario de un pequeño motel de veintiuna unidades situado en el área metropolitana de Denver y, al tratarse de un establecimiento de clase media, ha atraído a gente de lo más variopinto y ha tenido como huéspedes a una muestra enormemente representativa de la población estadounidense. Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de «cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio»”.

Este es un fragmento de la carta que recibió el escritor norteamericano Gay Talese, que junto a Tom Wolfe forma la pareja decana del llamado Nuevo Periodismo desde hace ya más de cinco décadas, unidos ambos también por su afición a los sombreros de lino, los chalecos y los trajes hechos a medida.

Ayudado por su esposa, el voyeur practicó agujeros en los techos de una docena de habitaciones. A continuación cubrió las aberturas con unas lamas que simulaban rejillas de ventilación, que le permitían, mientras estaba arrodillado o de pie en el suelo del desván cubierto por una gruesa moqueta, ver a los huéspedes. Estuvo observándolos durante décadas, al tiempo que llevaba un diario en el que anotaba lo que veía y oía. Y durante todos esos años, nunca lo pillaron.

Así nacieron los diarios de un pervertido, donde se detallan los encuentros sexuales de sus clientes. Recopiló cuadernos y cuadernos hasta que se puso en contacto con Talese en 1980 y le invitó a pasar tres días en su motel. Talese visitó el motel perfectamente acondicionado para el espionaje y publicó el libro. A nosotros nos llegó a primeros de este año, provocó una discusión sobre ética periodística interesante pero, al margen de ella y también de las cualidades eróticas del relato, las observaciones que aseguró anotar este personaje a lo largo de muchos años tiene otras connotaciones muy curiosas.

Aún reconociendo que el voyerismo es mi perversión favorita, y espero que sea la única cosa que comparto con Hitchcock, me ha interesado más una prueba de honradez que viene a confirmar un dato sociológico. Alrededor del 20% de las personas son delincuentes natos, un 15 por ciento son honrados hasta no tener necesidad de leyes de comportamiento, y entre unos y otros, más del 65%, depende del estímulo. El caso es que a 15 huéspedes el voyeur les sometió a su prueba siguiendo una táctica que él mismo explica:

“Comienzo colocando una pequeña maleta en el armario de la habitación 10. La maleta está asegurada con un candado pequeño y barato que cualquiera puede romper fácilmente o abrir haciendo palanca. Los huéspedes casi siempre dejan maletas pequeñas que utilizo para mi experimento. Cada vez que un huésped, cuya honestidad quiero poner a prueba, llega al motel, lo alojo en la 10. Mientras llena el impreso de registro, hago que mi esposa me telefonee desde nuestras habitaciones haciéndose pasar por un huésped que ha dejado una maleta en la habitación con 1.000 dólares dentro.

«¿Y dice que la maleta contiene 1.000 dólares?», le repito a Donna en voz alta, suponiendo que el huésped recién llegado a la recepción está escuchando. A continuación cuelgo el teléfono y le grito a mi esposa, que está en nuestro apartamento: «Donna, ¿la doncella te ha entregado una maleta pequeña con dinero dentro que alguien se ha dejado?». Y Donna me contesta gritando: «No. No he encontrado nada». Entonces cojo el teléfono y le digo a Donna por el auricular: «Lo siento, señor, no hemos encontrado nada, pero si lo encontramos, como tenemos su dirección, se lo mandaremos enseguida».

Cuando los huéspedes ven, en el estante del armario, una pequeña maleta, la sacan y la colocan sobre la cama. Tocan el pequeño candado y evalúan la situación. Ese es el momento que le encanta al voyeur; el momento en que la integridad o la deshonestidad cruza la mente de la persona.

Tras someter a 15 huéspedes a esta prueba (entre ellos un ministro de la Iglesia, un abogado, unos cuantos hombres de negocios, una pareja de trabajadores, una pareja de vacaciones, una mujer casada de clase media y un hombre sin empleo), sólo dos entre toda la lista llevaron la maleta a la recepción sin abrir. Uno era médico. La otra era la mujer casada de clase media. El ministro de la Iglesia y los demás abrieron la maleta y, al ver que solo contenía ropa, intentaron deshacerse de ella de distintas maneras. El ministro la sacó por la ventana del cuarto de baño y la arrojó entre los setos. El médico, de hecho, intentó abrirla, pero cambió de opinión. Solo la mujer no se vio tentada por la codicia”.

Talese hubiera preferido no haber escrito el libro, porque ha sufrido su prestigio profesional, pero ahora Netflix estrena un documental sobre este asunto en el que los dos implicados, voyeur y periodista, han aceptado participar.

Carlos López-Tapia

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