"El poder del perro"

"El poder del perro"

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Thomas Savage fue vaquero y peón antes de comenzar a escribir las trece novelas que marcan su vida de escritor. Sabe de lo que escribe, al contrario que Zane Grey, que visitó el Oeste un rato en su luna de miel para no volver nunca, o de John Ford, que prefirió inventárselo para hacer películas memorables. En "El poder del perro", imagen extraída de una cita bíblica, el Oeste se masca igual que el tabaco, despacio, y dejando la boca sucia, sensible y amarga. La novela es la más autobiográfica del autor lo que, sabiéndolo, pone los pelos de punta y explica toda la verosimilitud que transmite.

Título: "El poder del perro"

Autor: Thomas Savage

Editorial: Alianza

Los vaqueros, el médico o la chica, pasan por esta historia dejando una huella realista, incómoda a menudo pero con imágenes tan verdaderas que, como señalan muchos especialistas, entre los que se cuenta Annie Proulx, autora del relato "Brokeback Mountain" y del posfacio que cierra esta edición de la novela, es tan raro como injusto que sus libros no sean más conocidos. Se debe probablemente a que prefiere la verdad a la leyenda.

La película, que acaba de presentar Jane Campion en el Festival de Venecia sobre "El poder del perro", tras casi media docena de intentos anteriores fracasados, mejorará la ausencia de Savage en nuestras librerías; su paso por Toronto y San Sebastián ha precedido a la llegada a las salas en Noviembre y a las plataformas en Diciembre.

Savage está entre esos escasos escritores capaces de meter un mundo en pocas páginas. Le bastan unos cientos de palabras para llevarnos al mundo duro, seco, solitario, de los dos hermanos, Phil y George, propietarios de un rancho de ganado con los que se abre esta historia.

"Phil siempre se encargaba de la castración. En primer lugar, cortaba la bolsa del escroto y la arrojaba a un lado; a continuación, tiraba primero de un testículo y luego del otro, hacía un tajo en la membrana color arcoíris que los rodeaba, la arrancaba y la arrojaba al fuego donde los hierros de marcar resplandecían al rojo vivo. La cantidad de sangre que despedían era sorprendentemente escasa. En pocos instantes, los testículos explotaban como inmensas palomitas de maíz. Se decía que algunos hombres los comían con un poco de sal y pimienta. «Ostras de montaña», los llamaba Phil, con su típica sonrisa traviesa, y les sugería a los peones jóvenes que, si planeaban tontear con chicas, a ellos también les vendría bien comérselos.

El hermano de Phil, George, que se encargaba de enlazar a los animales, se sonrojaba cuando oía ese comentario, especialmente porque Phil lo hacía delante de los trabajadores. George era un hombre bajo y fornido, carecía de sentido del humor, era decente y a Phil le gustaba sacarlo de quicio. ¡Oh, Señor, cómo le gustaba a Phil sacar de quicio a la gente!".

La historia transcurre en Utah, en 1924, al margen del conflicto racista con nuevas leyes de inmigración en todo el país, que favorecían a los anglosajones, cerraban el paso a negros y orientales y limitaban seriamente la llegada de latinos, eslavos y judíos. El Ku Klux Klan alcanza en ese año 4 millones de miembros pero para los ganaderos de las grandes llanuras de pastos sus problemas están en otras partes, las mujeres negras ni siquiera valen para criadas.

A las empleadas, como a las putas, se las buscaba entre las familias de pequeños agricultores o vaqueros del sur, donde las tierras eran malas: "....tierras alcalinas, tierras llenas de polvo, de plantas rodadoras y cardos. Chicas tristes, hoscas, estúpidas, que detestaban lo que les había tocado en suerte, detestaban a sus padres, detestaban saber que eran una boca más que alimentar, y así con todo. Llegaban con maletas de cartón y con el pelo ensortijado —que eran lo que se suponía que el mundo exigía—, fregaban platos, lavaban suelos, hacían camas, servían mesas y se reían y tonteaban con peones que tenían sus propios planes inmediatos. Pocas permanecían mucho tiempo en el mismo sitio. No tardaban en vislumbrar la aridez de su situación: no podían casarse con un peón, porque en una hacienda no había sitio para un hombre casado; al igual que lo que ocurre con los curas casados, esos hombres no pueden concentrarse en el trabajo, siempre salen corriendo adonde sea que esté su esposa.

Algunas se quedaban embarazadas y desaparecían; otras volvían al sitio del que habían venido y lloraban y se peleaban de nuevo con sus padres. Algunas encontraban los Dixie Rooms, donde les pagaban dos dólares por cliente y diez por toda la noche: una proposición financiera interesante. Lola, que había respondido el anuncio que había publicado George en el Recorder, llegó con un camisón en la maleta y una gran cantidad de antiguas revistas de cine que leía y volvía a leer en el pequeño cuarto que tenía en la planta superior".

La llegada de una mujer al rancho de los hermanos, un mundo cerrado, homófobo, de homosexualidad reprimida, le da a Savage la ocasión de emplear su experiencia vital, desde los años vividos en un rancho similar, a los sentimientos que sintió al estar casado y tener hijos, para separarse con 45 años por una relación con un hombre veinte años más joven, Tomie dePaola, en el futuro, exitoso escritor e ilustrador de libros infantiles, que duró solo un año. Savage regresó con su familia y solo volvería a compartir vida con un hombre tras la muerte de su esposa, ya en sus años finales.

La novela tiene el poder de la inmersión en un espacio, una época y unos sentimientos fáciles de entender e indeseables de experimentar. Una gran novela.

Carlos López-Tapia

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