“Golden Hill”

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La Real Sociedad Literaria Británica da un premio anual al mejor libro, de ficción o no, que recree «el espíritu de un lugar». “Golden Hill” lo ha ganado y me ha sumergido con sorpresa y placer en un Nueva York desconocido. Tras cinco libros de no ficción, o de ficción mezclada con no ficción, Francis Spufford, uno de los ensayistas ingleses más reconocidos, responde más que bien a la expectativa que despertó su debút como novelista.

Título: “Golden Hill”

Autor: Francis Spufford

Editorial: Alba Editorial

Hemos viajado por Nueva York de la mano de grandes directores de cine, y de la literaria de las de Tom Wolfe, Gay Talese o Edward Rutherfurd; también hemos podido disfrutar de las visiones de compatriotas como Eduardo Mendoza, Elvira Lindo o Enric González; y cada vez que hemos visitado Nueva York hemos pasado por Golden Hill. Es imposible visitar la ciudad sin pisar Golden hill, está en pleno centro, un pequeño montículo a unos pocos pasos de Wall Street. Los primeros holandeses asentados en Nueva York vieron la cuesta y, elevada como estaba por encima de marismas y arroyos, la cubrieron de trigo. Al contemplarla cuando el sol iluminaba el trigo, la cuesta parecía dorada. De ahí el nombre actual de Gold Street, y el elegido para titular la novela.

El viaje esta vez es a 1746, Nueva York tenía unos 7.000 habitantes, y desembarca en su puerto un joven procedente de Londres, en ese mismo momento con 700.000 almas. en su primera mañana, al abrir la ventana de la casa de huéspedes donde se aloja: “…Se encontró con tejados y campanarios; con un revoltijo, no muy alto, de inclinados aleros al estilo holandés y clásicas tejas inglesas, con las más prominentes iglesias asomando entre ellos con sus agujas y cúpulas y, más allá, un intrincado calado de mástiles que se mecían lentamente; el panorama entero estaba bañado por el agua vertida por las nubes de la noche anterior, que lo hacía relumbrar y emitir destellos, y Smith contó uno, dos, tres… hasta seis altísimos puntos de luz deslumbrante, que debían de ser las veletas de la ciudad de Nueva York, con sus dorados gallos reluciendo en las presurosas franjas de cielo donde el azul daba paso al blanco y de nuevo al azul. La que llamaban la Broadway, descubrió al asomarse estirando el cuerpo por su ventana, era una suerte de avenida de adoquines, no tan ancha como su nombre indicaba y bordeada por una hilera de arbolillos. Carreteros con sus carros, vendedores ambulantes con sus carretillas y transeúntes apresurados pasaban en ambas direcciones. Y en algún lugar allá abajo, casi oculto por las ramas, alguien barría las últimas hojas y cantaba despacio en una lengua africana como si tiempo atrás le hubieran destrozado el corazón y reuniera ahora los desperdigados pedazos para meterlos con desgana en un saco”.

Francis Spufford da a su escritura el aroma “antíguo” necesario para describir personajes y escribir diálogos que encajan con la idéa que tenemos de las maneras, cortesías y costumbres del XVIII. Este aire arcáico choca en las primeras páginas, como debió chocar Nueva York a Mr. Smith el primer día que abrió aquella ventana de su pensión. Dudé de su interés en un primer momento, pero el libro tenía referencias excelentes y decidí darle una oportunidad. Avancé. Medio centenar de páginas más tarde era el libro quién me estaba dando una oportunidad a mi. La trama es buena, mantiene un hilo deseable de seguir y se resuelve con coherencia y sorpresa; pero lo más valioso es la capacidad del autor para hacer realista cada detalle, desde las situaciones al ambiente moral e inmoral en calles, casas y mentalidades. Todo parece tan probable que se mantiene la sensación de estar de visita con Mr. Smith en aquel Nueva York casi recién nacido.

Spufford es un maestro de la descripción, sus metáforas suenan nuevas y se percibe que ha disfrutado mostrándonos personajes. Así nos presenta, por fuera, a la esposa del Gobernador de Nueva York: “Sus ojos eran del intenso color del lapislázuli, o del mar cálido de los trópicos en esa tierra en la que el turquesa de los bajíos solo se oscurece hasta el morado en las profundidades, y lo había resaltado pintándose los párpados y su contorno con un kohl azul, lo cual prestaba a la piel arrugada (no era una mujer joven) el efecto de una cuerda tachonada de joyas enrollada alrededor de dos gemas mayores. Pero pocos hombres en la mesa, si lo hacía alguno, centraban su atención en el resplandor de su mirada, en su nariz griega, en su cabello de un dorado rojizo, etcétera; pues la señora Tomlinson era una de esas mujeres que se ven bendecidas, o maldecidas, por la combinación de unas facciones hermosas y un cuerpo voluptuoso. No estaba gorda, eso debe dejarse bien claro; pero se curvaba hasta el punto de la exuberancia, o quizá incluso la rebasaba, en todos los aspectos en los que puede curvarse una mujer, de pantorrillas para arriba. Sus pechos tensaban el tejido del tabardo y sus muslos se bamboleaban en rolliza magnificencia mientras desfilaba sin prisa. Todos los hombres en la estancia la observaban con avidez, y sus mujeres, con ojos más entrecerrados, veían cómo la miraban. Era bien posible que la señora Tomlinson hubiera tenido antaño un encanto terso, o cándido. Ahora (a juzgar por las miradas de las mujeres tendría al menos 46 años) se estremecía, como una ciruela que ya estuviera fermentando, a punto de estallar en un desparrame de jugos”.

Y, páginas más tarde, también disfruta Spufford presentándola en una sauna, por dentro: “Desnuda y levemente humeante, la señora Tomlinson era toda curvas rosáceas. La piel lisa como la nata se veía fruncida, punteada y arrebolada por el calor, que le imprimía móviles sarpullidos y manchones de color. Su noble busto, al descubierto y sin sujeción, era más amplio que las costillas y sobresalía formando dos ubres pesadas, generosas y colgantes, cuyo rubor general se concentraba en bultitos regordetes de color frambuesa y gruesos como pulgares. Las anchas caderas, ladeadas para exagerar una turgencia ya rayana en lo improbable, surgían de la estrecha cintura como una lira. El vientre se hundía para formar un pliegue con un toque de un marrón rosado en el ombligo, y luego volvía a henchirse al descender hacia una colina de menor tamaño, y a otra más pequeña incluso, que formaba un valle de labios rojizos y con una maraña de vello mullido donde el vapor se condensaba y goteaba. ¡Cuán difícil se hace describir a una mujer deseable sin recurrir a la geografía! O a las aves de corral. O a los recursos que se hallan en un frutero. Como si la carne en sí, la desnuda y vulnerable carne de nuestra carne, no fuera suficiente, considerada meramente en sí misma, y no pudiéramos dar cuenta de su poder sin recurrir a símiles”.

Es raro encontrar novelas históricas donde los anacronismos no salten a la vista, pero cuando se encuentran el resultado es la sensación de convivir con el pasado que solo ofrecen las grandes novelas del género. Agradezco haber vivido unas pocas horas en un Nueva York que no se olvida pronto.

Carlos López-Tapia

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