“Guerras sucias”

“Guerras sucias”

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No pudieron ser muchos los espectadores que tuvieron la oportunidad, tiempo y deseo de ver el pasado Octubre “Guerras sucias”. Si muchas películas duran poco, los documentales no lo tienen mejor en el estreno, pero este es de los que merece el esfuerzo de ser buscado y recordado. El libro que lo generó es más prolijo en detalles y, por tanto, más impresionante.

Título: “Guerras sucias”

Autor: Jeremy Scahill

Editorial: Paidós

Jeremy Scahill, periodista con experiencia en el éxito literario, ha hurgado en la guerra desencadenada por la defensa norteamericana contra el terrorismo. No hay frentes ni tropas numerosas. La muerte a distancia de un semejante que siempre soñaron algunos hombres, la magia negra de todas las culturas antiguas, se ha concretado en los drones. Un fragmento del prólogo sitúa a la perfección lo que será el móvil del libro:

“El joven muchacho adolescente estaba sentado fuera, junto a sus primos, reunidos allí en torno a una barbacoa. Llevaba el pelo largo y desordenado. Su madre y sus abuelos le habían insistido en que se lo cortara. Pero el chico creía que esa era ya una de sus señas de identidad y le gustaba. Unas semanas antes, había huido de casa, pero no por un acto de rebeldía adolescente. Tenía una misión. En la nota que dejó para su madre antes de salir a hurtadillas por la ventana de la cocina rumbo a la estación de autobuses, justo al clarear el alba, confesaba haber cogido algo de dinero de su cartera (unos 30 euros) para pagar el billete del autocar, y se disculpaba por ello. También explicaba allí su misión y rogaba que le perdonaran. Decía que pronto estaría de vuelta en casa.

El chico era el mayor de los jóvenes y pequeños de su familia. Y no sólo de la más inmediata (la que formaba con sus padres y sus otros tres hermanos y hermanas), sino de toda la casa que compartían con sus tías, sus tíos, sus primos, sus primas y un abuelo y una abuela. Era el preferido de su abuela. Cuando venían visitas, él les traía té y dulces. Cuando se iban, él se encargaba de limpiar. Una vez, su abuela se torció un tobillo y fue al hospital para que se lo inmovilizaran. Cuando salió de la sala donde la curaron, allí estaba el muchacho para acompañarla y asegurarse de que llegara bien a casa. «Qué chico más dulce eres —le decía siempre su abuela—. No cambies nunca».

La misión del muchacho era muy simple: Quería encontrar a su padre. No lo veía desde hacía años y temía que, si no daba con él, lo único que le quedaría de aquella figura serían unos pocos recuerdos borrosos, recuerdos de su padre enseñándole a pescar o a montar a caballo, sorprendiéndolo con abundantes regalos por su cumpleaños, llevándoselo a él y a sus hermanos a la playa o a la tienda de caramelos.

De todos modos, hallar a su padre no iba a ser tan fácil. Aquel hombre estaba en busca y captura. Se ofrecía una recompensa por su cabeza y ya había escapado por los pelos de una muerte casi segura en más de una docena de ocasiones. Pero el hecho de que fuerzas poderosas de múltiples países quisieran ver muerto a aquel hombre no disuadió al chico. Estaba cansado de ver vídeos que presentaban a su padre como un terrorista y una figura malvada. Él sólo sabía que era su padre y que quería tener, al menos, un último momento junto a él. Pero las cosas no salieron como esperaba.

Tres semanas después de escabullirse por la ventana de la cocina, el chico estaba fuera con sus primos (adolescentes como él) preparando una cena al aire libre bajo las estrellas. Debió de ser entonces cuando oyó el sonido de los drones que se aproximaban, seguido del zumbido de los misiles. Fueron alcanzados de lleno, tanto él como sus primos volaron hechos pedazos. Lo único reconocible que quedó del muchacho fue su nuca, a la que aún seguía adherido el largo cabello que en ella le crecía. El chico había cumplido 16 años unas pocas semanas antes y acababa de ser asesinado por el Gobierno de su propio país. Era el tercer ciudadano estadounidense muerto en operaciones autorizadas por el presidente en aquellas dos últimas semanas. El primero había sido su padre”.

La guerra sucia es más barata que la convencional y provoca menos bajas en ambos bandos. Es el argumento de base de la reunión llamada en la Casa Blanca “Los martes del terror”. Tras un año en la presidencia, Obama y su equipo de antiterrorismo seleccionaban que terroristas o sospechosos de serlo debían morir. Este proceso de “nominaciones secretas” fue un invento del Gobierno de Obama que comentó abiertamente The New York Times.

El libro es generoso dando detalles y citando las fuentes que componen la historia del impacto provocado por la destrucción de dos torres en la capital icono del poder. Las ondas de aquella caída alcanzan a tantos inocentes como los asesinados en las Torres Gemelas, y rebajan la defensa de todos ante el uso de las nuevas armas.

Aquí no hay nada de teoría de la conspiración. Es la práctica de la tecnología moderna para el asesinato.

Drones.txt

Carlos López-Tapia

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