“Historia descabellada de la peluca”

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La noche en que Frank Sinatra telefoneó a Ava Gardner para romper su relación, la artista, desconsolada, a quien despertó fue a su peluquero; Liz Taylor obligó a la productora de “Cleopatra” a traer a Londres al suyo, a pesar de que no pudiera pisar el plató por razones sindicales. El pelo y el cine tienen una historia común que va del glamor de centenares de melenas a, nunca mejor dicho, la horripilancia de la “mopa” electrizante en la cabeza de “La novia de Frankenstein”.

Título: “Historia descabellada de la peluca”

Autor: Luigi Amara

Editorial: Anagrama

Amara es un escritor antes que un recopilador de anécdotas y curiosidades, en un territorio donde abundan más de lo que ya podría suponerse. Escribo esto porque no faltan las metáforas, los pensamientos filosóficos o las reflexiones personales del autor, que no es un historiador sino un pensador fascinado por la parte más moldeable del ser humano, su cabello.

Así se comprende que Amara convierta la peluca en símbolo polivalente de la ambición, la vanidad, el orgullo o la economía, aunque no mencione el impacto que tuvo en la economía doméstica de las familias del Piamonte, la necesidad de pelucas para el rodaje de “Ben-Hur”, ya que eran famosas por la calidad de su pelo, y, por tanto, del buen precio que adquirió el sacrificio de sus melenas para confeccionarlas. Si nos recuerda, por ejemplo, la existencia de una obra muy peculiar, “Historia de las orgías” de Burgo Partridge (crecido en el entorno intelectual del famoso grupo de Bloomsbury, y publicado en español por Ediciones B), donde se refiere la existencia durante la segunda mitad del siglo XVIII de un extraño Club de la Peluca en Edimburgo. Licenciosos y amigos de los rituales eróticos rebuscados, “….se reunía alrededor de un postizo elaborado originalmente con el vello púbico de una mujer, ni más ni menos que la amante del rey Carlos II, monarca de reconocida afición a los postizos. En la ceremonia, en la que se leían pasajes encendidos del Cantar de los Cantares e invariablemente contaba con un par de iniciaciones, cada uno de los congregados tenía derecho a besar la peluca y a ajustársela en la cabeza por un breve tiempo. Los novicios, además, tenían la obligación de convencer a sus amantes de hacer un sacrificio piloso; así el cuerpo del postizo no sólo engrosaba sus ensortijadas fibras, sino que se renovaba continuamente”.

Dividida en capítulos “al gusto”, la lectura nos conduce por épocas y situaciones muy diversas, ya sea por una cancha de tenis del Roland Garros para ver a Agassi perder su peluquín en plena competición; o a la pantalla de un cine español en 1978, cuando Luis García Berlanga en “La escopeta nacional” nos ponía delante a la nuera furibunda del Marqués de Leguineche destrozando “….el precioso y abundante acervo (preservado en tubos de ensayo y frasquitos inventariados con la edad, nombre de la donadora y número de encuentros) lo cual lleva al borde del síncope al ya disminuido aristócrata, que ve cómo se hace añicos su registro amatorio, el pequeño altar de sus canas al aire. La escena culmina con la acotación inolvidable del hijo: «¡Pero si son pelos de coño!» Grito con el que desacraliza y devuelve al terreno de lo inmundo lo que pasaba por tesoro”.

El cine aparece en ocasiones y situaciones numerosas, como una aportación inevitable cuando se entra en la Historia del siglo XX. Es del género de libros que piden leer un párrafo a quien viva a nuestro lado, o usar como acertijo de sobremesa estos versos de Francisco de Quevedo: “Fénix soy de las molleras, renaciendo de mí mismo, que apenas en unas muero cuando en otras resucito”. La respuesta es, naturalmente, la peluca.

Carlos López-Tapia

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