Historias víricas (VIII): Padrino

Historias víricas (VIII): Padrino

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Querido Teo:

Debemos una de las películas más importantes de la Historia a una epidemia. El niño Vito, de diez años, llega a la isla de Ellis, a la entrada de Nueva York. A pesar de que todos los embarcados han de pasar un examen médico en origen, el cólera arrasa Europa en oleadas, todos los recién llegados son sometidos a otro. Estamos en 1901 y es el último obstáculo antes de alcanzar Manhattan. Vito tiene viruela y pasará tres meses aislado en el hospital de la isla. Coppola rueda las secuencias en las que el niño mira por la ventana de la sala en la que ocupa la cama 52. Está sólo, mucho, y comienza a cantar una antigua melodía siciliana. Coppola se identificó con aquel niño porque, a su misma edad, lo había experimentado.

A sus nueve años estudiaba en una escuela pública de Nueva York, con resultados poco brillantes. No lo tenía fácil. Su familia se mudaba a menudo de una ciudad a otra, y siempre era "el nuevo" de la clase. Su nombre era de chica, además del de una mula popular de la televisión. No era atractivo, si escuálido y sin gracia, con orejas caídas y gafas. Coppola recuerda: «Entraba en el colegio sin gafas y con la cara tapada, tanto me acomplejaba mi labio inferior». En una excursión veraniega se asusta al ver que no puede ponerse en pie. Había contraído la poliomielitis.

Entonces la polio era una enfermedad con frecuencia mortal que hacía estragos. Es llevado a un hospital donde los chicos dormían en literas triples en los pasillos y en los baños. El médico le dijo: “Eres un soldado joven y tienes que comprender que ya no podrás volver a caminar".

Con buena parte del cuerpo paralizado y un brazo inútil, regresa a la casa familiar en Queens. la enfermedad le obliga a la cuarentena y un reposo casi total durante un año, la eternidad para un niño. Ninguno de sus amigos podía o quería visitarle. Su hermana recuerda que los chicos cambiaban de acera para evitarla y Francis que «todos desaparecieron». Por primera vez ve llorar a su padre que, desobedeciendo las instrucciones del médico, contratará a un fisioterapeuta que muy lentamente conseguirá resultados.

La polio le convierte en espectador cautivo de programas de televisión y su abuelo le regala una cámara de 16 mm, un proyector y un magnetófono. Se dedica horas y horas a jugar con ellos, montar historias con marionetas, o a manipular películas familiares en Super-8. Tras un largo paréntesis Francis vuelve a la escuela con una leve cojera como única secuela visible. Le ha quedado una pierna más corta que la otra y eso le dará una manera peculiar de caminar hasta hoy. La secuela más importante es la de que no podrá recuperar la agilidad para practicar deporte y eso le conduce a una decisión: «Si me metí en el cine fue en gran parte por esa sensación de aislamiento, y como ya no volví a ser el mismo en deporte, me pasé al teatro, porque el teatro, como el atletismo, es algo que se practica después de clase, donde se hacen amigos y se montan fiestas».

Entre las consecuencias de aquella decisión impulsada por la epidemia está "El padrino" (1972).

Carlos López-Tapia

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