Historias víricas (X): Parásitos

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Querido Teo:

Hay que trabajar mucho y bien para ser el único escritor con cuyo nombre se ha bautizado a una especie de tenia, pero Carl Zimmer es uno de los divulgadores científicos más importantes de la actualidad. Además de su docena larga de ensayos, se le localiza en The New York Times, en The National Geographic, Scientific American, Science, Popular Science o Discover, y además en varios programas de radio como Radiolab y This American Life. Son especialmente populares sus charlas sobre evolución y sobre el mundo de las criaturas más pequeñas, los virus y parásitos, protagonistas de varias de sus obras.

"La sensación de estar rodeado por unos cuantos millones de parásitos es difícil de describir con palabras. Si acercas la cara a un frasco lleno de unas elegantes cintas, unas tenias extraídas de un puercoespín, no puedes dejar de admirar sus cientos de segmentos, cada uno con sus propios órganos sexuales masculino y femenino, todos ellos rebosantes de vida y atrapados en estos líquidos conservantes como en una fotografía. Entonces, sólo por un segundo, empiezas a temer que esa criatura se empiece a mover, que de repente empiece a contonearse, rompa el vidrio y se escape". Me identifico porque sentí lo mismo la primera vez que vi una en un frasco de conservante, durante el bachillerato.

Zimmer se encontró en una tesitura mucho peor cuando documentaba su libro "Parásitos" (publicado en español hace tres años) y visitó la Colección Nacional de Parásitos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. Está en una granja en Maryland y conserva un siglo de parásitos. Empezó a pasear con un parasitólogo entre los estantes, entre frascos y viales.

En un momento dado, cuando su guía le mostró un parásito más grueso que un dedo, largo como una fusta, del color de la sangre, que todavía estaba acurrucado en el interior del riñón de un zorro... no pudo evitarlo y dijo: «Repugnante». No tenía previsto asistir a un maratón del terror.

Su interlocutor, uno de los mejores parasitólogos del mundo, se sintió ofendido y le explicó que no encontrar interesante a unos seres que eran tres de cada cuatro habitantes del planeta, mejor dotados para la supervivencia que los propios insectos, es una actitud que está limitando nuevas vocaciones y los parasitólogos que se jubilan no siempre pueden ser sustituidos.

Zimmer apreció aquella consideración y también varias larvas de un parásito que deposita sus huevos en el pelo de los caballos mientras caminan por los campos, y, cuando el caballo se lo lame para limpiárselo, se los traga. El calor de su boca es una señal para eclosionar, y se abren camino, agarrándose primero a la lengua del caballo. Desde ahí llegan hasta su estómago, donde se anclan y beben su sangre. Una vez que han madurado, dejan de agarrarse y acaban siendo expelidos del tracto digestivo del caballo. Llegan al suelo y se transforman en moscas adultas.

Hace un siglo, los biólogos creían que los parásitos eran simples y monótonos. Desde los años 80 sabemos que su historia y la nuestra están relacionadas, salvo que ellos llevan aquí mucho más que el primer mamífero. Los parásitos estaban ya hace 400 millones de años. Durante esos millones de años que por ejemplo las tenias llevan vivas, la Tierra ha sufrido cuatro grandes extinciones en masa. La más reciente tuvo lugar hace 65 millones de años y fue lo suficientemente potente como para matar a los dinosaurios, al igual que al 50% de las especies de la Tierra. Pero las tenias sobrevivieron. Es incluso posible encontrar en algunas partes del mundo tenias que aún viven del mismo modo en que lo hacían cuando los dinosaurios caminaban sobre la Tierra.

En los últimos 65 millones de años, las tenias han continuado prosperando, y ahora no sólo sirven para marcar la historia de sus hospedadores. Gracias a ellas sabemos que hubo un tiempo en el que el río Amazonas fluía en dirección contraria.

Las tenias descubrieron hace un millón de años otro hospedador, un mamífero que caminaba sobre dos extremidades. En esa época, nuestros antepasados eran homínidos a los que les quedaba mucho por delante antes de llegar a la agricultura. De lo que comían, lo más parecido a una vaca o a un cerdo hubieran sido los cadáveres que mataban los leones. Lo que explica que los parientes más cercanos de nuestras tenias sean las de los leones y las hienas.

"Hay más de una forma de visualizar el amanecer de la humanidad. Se puede viajar a Etiopía y tamizar el suelo polvoriento en busca de herramientas de piedra y de huesos desgastados, o puedes ir a visitar la Colección Nacional de Parásitos, encontrar el frasco correcto y ver a un compañero de viaje".

Ni que decir tiene que "Parásitos", el libro de Zimmer, alcanza momentos memorables. Es un viaje a un mundo pequeño que realza el valor del mundo grande que percibimos con facilidad.

Si habéis llegado hasta aquí, podréis soportar un ejemplo más de parasitismo.

El candirú, también conocido como candiro azul, canero o pez cachondo, es un pez tan delgado que puede confundirse con un gusano o una lombriz. Se han llegado a ver ejemplares de hasta 22 cm y es alargado y transparente, por lo que es indetectable debajo del agua. Se ha ganado su fama por atacar a animales que orinaban al bañarse en ríos. El candirú sigue el olor de la orina y se mete por la uretra, el ano o la vagina. Una vez que ha clavado sus dientes es prácticamente imposible deshacerse de él sin cirugía. Sin embargo, solo hay un caso clínico registrado en humanos y varios investigadores han desmentido su veracidad, por lo que se considera que es un mito propio entre los nativos del Amazonas y lagunas adyacentes.

Habitualmente se alimenta de otros peces, abriéndose camino por debajo de sus branquias y sorbiendo la sangre de los delicados vasos sanguíneos que encuentra. Comprendo lo que estáis pensando algunos en este punto, pero el candirú no sobreviviría al cloro de las piscinas públicas. Deberemos seguir esperanzados en la higiene de nuestros semejantes, o desconfiando de ella, como hace ahora medio mundo.

Carlos López-Tapia

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