“Homo Deus. Breve historia del mañana”

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Cuando Alfred Hitchcock era criticado por exponer a los espectadores a emociones crueles, se defendía diciendo que “sólo es una película”. En realidad era mucho más. Era parte de un proceso de transformación brutal en aceleración. El que mis sobrinos se rían viendo “El resplandor” a los quince años es prueba de ese cambio. La pantalla les ha inoculado los mismos anticuerpos para la violencia que me funcionaban a mí al ver una peli de terror de los años 40… e imagino que una dama victoriana caería desmayada si la metiéramos en un cine a ver “The ring”. La ficción triunfa sobre la información.

Título: “Homo Deus. Breve historia del mañana”

Autor: Yuval Noah Harari

Editorial: Debate

Dudo que seamos conscientes de nuestra debilidad ante la fuerza que ha adquirido la ficción. Los “sapiens” dominamos el mundo porque sólo nosotros somos capaces de construir de la nada y compartir redes subjetivas: Leyes, fuerzas, entidades y lugares que sólo existen en nuestra imaginación. Es posible que un depredador que acecha a su comida pueda imaginar su forma e incluso su sabor aunque no la vea. Pero, hasta donde sabemos, los otros animales sólo son capaces de imaginar cosas que existen, como ratones o peces más pequeños. No pueden imaginar cosas que nunca han visto u olido o probado, como Google o la Unión Europea. Sólo los sapiens podemos imaginar cosas que ni se tocan, ni se ven.

Durante los últimos 70.000 años, las realidades subjetivas que los sapiens inventamos se hicieron cada vez más poderosas, hasta el punto de que hoy dominan el mundo. La supervivencia en este siglo de elefantes, de la selva amazónica o de los polos depende de los deseos y las decisiones de entidades tales como la Unión Europea o el Banco Mundial, entidades que solo existen en nuestra imaginación compartida, como ocurre con el valor del papel moneda.

Esta capacidad de crear y compartir entidades subjetivas separa también las humanidades de las ciencias de la vida. Los historiadores trabajan para explicar entidades subjetivas como los dioses o las naciones, mientras que los biólogos creen que si pudiéramos descifrar el código genético y cartografiar todas y cada una de las neuronas del cerebro conoceríamos todas las claves de la humanidad. Si no tenemos alma y si los pensamientos, emociones y sensaciones son sólo algoritmos bioquímicos, ¿por qué no ha de poder llegar la biología a explicar todos los actos de las sociedades humanas? Desde esta perspectiva, los caballeros que viajaron a Tierra Santa para luchar contra Saladino no eran muy distintos de los lobos que intentan apropiarse del territorio de otra manada, y las Cruzadas fueron disputas territoriales por presiones evolutivas.

Las humanidades, en cambio, se centran en la importancia de entidades subjetivas, que no pueden explicarse con hormonas y neuronas. Pensar histórico significa dar poder real a nuestros relatos. Los historiadores consideran factores objetivos, como los cambios climáticos y las mutaciones genéticas, pero dan mucha más importancia a los relatos que la gente inventa y en los que cree. Corea del Norte y Corea del Sur son tan diferentes entre sí no porque la gente de Pyongyang tenga genes diferentes a los de la gente de Seúl, o porque el norte sea más frío y más montañoso. Lo son porque están dominados por ficciones muy distintas.

Quizás algún día los descubrimientos en Neurobiología nos permitan explicar el comunismo y las Cruzadas en términos estrictamente bioquímicos, pero aunque estemos lejos de este momento el siglo XXI está viendo como se reduce la frontera entre la Historia y la Biología. No porque descubramos explicaciones biológicas de los acontecimientos históricos, sino más bien porque las ficciones ideológicas puedan definir la reescritura de las cadenas de ADN para hombres futuros a medida, los intereses políticos y económicos dispongan de la tecnología capaz de reescribir el clima, y la geografía de montañas y ríos dé paso al ciberespacio. A medida que las ficciones humanas se puedan traducir en códigos genéticos y electrónicos, la realidad subjetiva engullirá a la realidad objetiva, y la Biología se fusionará con la Historia. En el siglo XXI, la ficción puede, por lo tanto, convertirse en la fuerza más poderosa de la Tierra, sobrepasando incluso a los asteroides caprichosos y a la selección natural. De ahí que si queremos entender nuestro futuro, en absoluto bastará con descifrar genomas y calcular números. También tenemos que descifrar las ficciones que dan sentido al mundo.

Esta idea es parte del segundo libro del historiador israelí Yuval Noah Harari, “Homo Deus. Breve historia del mañana”, editado por Debate. De principio a fin, está lleno de datos que soportan ideas inspiradoras o inquietantes. No pretende predecir lo que venga, sino indicar los caminos que aparecen por delante. Es un ensayo excelente que abre conversaciones y que explica claramente el uso de los macrodatos, a los que responsabiliza de protagonizar una revolución a la altura de la francesa. Internet no es la revolución, como se viene diciendo, sino que es la herramienta.

Carlos López-Tapia

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