“Ícaro”

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Un cámara de televisión prueba un pequeño dron recién salido al mercado; comprueba la definición de la imagen en la toma de planos aéreos; lo hace en una playa desierta tras un vendaval tormentoso. El dron muestra un bulto extraño semidesenterrado… Deon Meyer espera todavía a que el buen cine oriente su objetivo hacia sus obras. Es de los pocos autores internacionales del género policiaco que no ha recibido del cine lo que se merece. Los que lo conocéis no precisáis más recordatorio que el de que ya está lista su última novela. Para el resto es una oportunidad.

Título: “Ícaro”

Autor: Deon Meyer

Editorial: Salamandra

El bulto enfocado por el dron resulta ser un cadáver  y comienza una investigación para encontrar las razones y responsables de su asesinato.

Diversos departamentos de la policía entran en funcionamiento y nos movemos con ellos en la Sudáfrica actual. Entre los agentes persisten las diferencias raciales a pesar de la modernización, tienen problemas laborales, familiares, de sobrepeso o de alcoholismo, que arrastran a través de una burocracia rígida. Por las páginas pasan una gran cantidad de personajes y situaciones muy bien definidas y ambientadas. Deon Meyer nos lleva a zonas residenciales y populares, a una empresa tecnológica que ofrece coartadas para casados infieles, tras un ladrón de bancos especializado en cajeras poco agraciadas y disfraces, o tras un asesino que emplea una pistola antigua, y también al mundo del vino sudafricano que alcanzó el éxito internacional hace ya tiempo. Vino y viñedos ocupan buena parte de la historia porque no en vano Meyer nació en la ciudad sudafricana de Paarl, en las zonas de viñedos de Western Cape.

Se aprecia que está jugando en casa más que nunca, maneja los detalles con la mayor naturalidad, y se ha centrado en la psicología y los problemas de relación entre los detectives que pueblan la trama, a los que conocemos de libros anteriores.

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Las novelas de Meyer muestran que sigue luchando por el sueño de Mandela y nos devuelve al espacio que controla desde niño, a esa zona del continente que ya fascinó a muchos de nosotros cuando leímos “El corazón del cazador” cuyo protagonista, Thobela Mpayipheli, observando los destellos de la luna en una noche fría, reflexionaba:

“La luna en lo alto era como una pequeña pelota, sin marcaje, que se dirigía a la portería occidental para meter el gol de la noche. En este continente la sangre siempre había sido derramada. Precisamente aquí, donde el hombre consiguió sobrepasar sin dificultad al mono, donde dejó impresas sus primeras huellas, erguido en el barro que luego se transformó en piedra. Ni siquiera los glaciares, aquellos enormes ríos de hielo que lograban modificar el paisaje, que dejaban a su paso un montón de rocas ignotas en grotescas formaciones, podían restañar aquel flujo de sangre. La tierra se había empapado de ella. África. No el Continente Negro, sino el Continente «Rojo». La Madre. La que ofrendaba la vida en abundancia. Y la muerte, como su contrapartida, amamantando a depredadores que mantuviesen el equilibrio del ecosistema, depredadores de todas clases, a través de miles de siglos.

Entonces, Ella dio a luz al cazador perfecto, un depredador que logró descompensar la balanza, que no podía ser maniatado por glaciaciones, las sempiternas sequías o las enfermedades, quien perpetuó la destrucción, rechazando la fuerza y potencia de Ella. Estos depredadores erguidos llevaron a cabo el Gran Golpe, el cósmico “coup d’état”, lo conquistaron todo y luego se enfrentaron entre sí, hombre blanco contra hombre blanco, el negro contra el negro, el blanco contra el negro.

Se preguntó si cabría albergar alguna esperanza para ella. Para África. Para su tierra”.

Carlos López-Tapia

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